La vicepresidenta del gobierno, tras ver una puntita de la programación infantil de TV3, ha reclamado el derecho de los niños a su infancia. Revolucionaria exigencia para los tiempos que corren. No me cabe duda del grueso sesgo con que TV3 ofrece sus contenidos, pero la cuestión de la educación y la infancia trasciende esta circunstancia. Entiendo que la vicepresidenta buscaba eludir la acusación de pasividad ante una propaganda infame, orientada a un público que se juzga inerme. Pero los contenidos – infantiles o no – que cualquier medio de comunicación – por no hablar de la misma educación formal – ofrece, podrían haber suscitado hace tiempo su alarma. Una alarma impostada, sin duda, puesto que el gobernante tiene alguna responsabilidad directa sobre dicha educación (y comunicación). Añadiremos que su responsabilidad no deja de ser muy limitada ante un proceso de larga duración que remite al nervio mismo de la visión moderna del hombre, la sociedad y la historia.
La infancia fue siempre la edad del asombro y la inocencia. Esa misma inocencia que tan difícil de conservar resulta, a medida que crece en nosotros un conocimiento cuya fría luz puede abrasar toda bondad ingenua. Preservar la inocencia a lo largo de la vida, disfrutando en la vejez de las simples maravillas de lo cotidiano, estuvo siempre únicamente al alcance de los mejores. El conocimiento – tal como se desarrolla en este mundo nuestro – esconde una desoladora potencia de fuego, una atroz capacidad de desencantamiento que nos conduce a identificar inteligencia y melancolía. El conocimiento es hoy un bagaje que nos aporta recursos técnicos al precio de secar las fuentes de toda alegría de vivir. El experto es hoy un desengañado que ha visto el paisaje homogéneo y frío de la presunta realidad. No en vano ese conocimiento – cuyo arquetipo son las ciencias estrictas – se ha levantado sobre las ruinas de viejas ilusiones metafísicas y religiosas, reducidas a su condición de simple auxilio psicológico, formas oscuras de autoengaño y de consuelo. El viejo Nietzsche señalaba como criterio de la fuerza de un hombre la cantidad de verdad que es capaz de soportar. Pero la verdad tendría ese efecto destructivo precisamente porque la verdad es – diría el profeta del superhombre – que no existe la verdad.
Nada nos resultaría más ajeno que una sabiduría que se extendiera abriendo un horizonte de luz cálida y profunda alegría. Una sabiduría abarcadora de todas las dimensiones de la vida humana. Momentos o dimensiones de una vida que, no ciegamente instrumentales o técnicas, franquearían el paso a una realidad más rica. Por el contrario, nuestro conocimiento tecno-económico – asentado en una estrecha visión racionalista del mundo – lo reduce a la desértica homogeneidad del espacio vacío. Las relaciones “patriarcales e idílicas (…) el sagrado paroxismo del idealismo religioso, del entusiasmo caballeresco se hundieron en las aguas frías del cálculo egoísta”, escribió K. Marx. La crítica racionalista redujo el orden abundante de fenómenos estéticos, morales o religiosos a vana superestructura o mero epifenómeno de una nuda realidad económica o técnica. Acaso se le reconocerá a ese orden de fenómenos el valor del divertimento apto para diletantes que, en el tiempo que deja la seriedad del trabajo productivo, se ofrecen como contenidos de un consumo vulgarizado. Ensoñaciones de recreo no exentas de ciertos peligros. En el cartel de una asociación feminista, presente en una hipercrítica facultad universitaria, he podido leer una notable advertencia: “si me idealizas, te rajo”. La “idealización” escondería una intención de dominación y explotación merecedora no sólo de precauciones, sino de rotundas amenazas. Las relaciones personales han de medirse en términos de contrato, al punto de que el conocido manifiesto (contrasexual) de una filosofía hipercrítica criminaliza toda relación sexual no mediada por contrato. ¡Puta vida!, exclamaría un clásico. Y cuanto antes lo sepan los niños, tanto mejor. El desengaño, la ausencia de verdad, el vacío es la atmósfera en la que habrán de respirar.
No dudo de la carga ideológica de los contenidos infantiles de la programación de la TV3. Pero hace tiempo que se oscureció la distinción entre información y opinión. Hace tiempo que los contenidos de la programación (educativa y comunicativa) congelan la mirada del niño cegándole para la contemplación de una realidad plena. Porque el niño, lejos de sufrir una distorsión cognitiva, contempla el mundo en su asombrosa realidad. Pero esa inocente sabiduría del niño se concibe hoy como sospechosa idealización. Y así el rostro del joven muestra los signos eficaces del desengaño: “La sabiduría de este siglo se reduce a observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un adolescente depravado”. (Nicolás Gómez Dávila)