La fonación protestante del cristianismo nació hace cinco siglos. La irrupción del movimiento reformador de la Iglesia católica inició aquel 31 de octubre de 1517, con la fijación a martillazos en las puertas abatibles de la catedral de Wittemberg, de las 95 tesis de un rebelde monje agustino, Martín Lutero. Idolatrado por sus seguidores, inmortalizado su nombre con su apellido en infinidad de adeptos y discípulos, su obra en retrospectiva reconozco que me despierta un leve bostezo, irremediablemente. No niego su trascendencia, pero no me pasma ni me admira.
¿La causa de mi espiración desganada? La carencia de autocrítica honda desde las iglesias de tradición evangélica a su fundador, en este quinto centenario. Esperaba más mea culpa, sí. Habrían sido oportunos y honestos. ¿Todo fue correcto? ¿Es que las premisas de 1517 siguen vigentes? La respuesta es: no todo ni todas.
El clamor luterano cundió y pronto Roma la soberbia respondió excomulgando al clérigo que desencadenó la fractura del catolicismo romano. Lutero quemó la bula de León X, el mismo pontífice que extendió el título de Defensor de la fe a Enrique VIII (frente al dogma luterano). El vocablo “protestante” nacería mucho después y acogido en el idioma español, pareció ser una palabra maldita circunscrita al halito de apostasía, blasfemia y perjurio que representaban los fundamentos reformistas, evitándola para aludir al reclamo. Diremos “protestón”. Y me resulta curiosa la expresión que reza: “es como dejar la Iglesia en manos de Lutero”. Tiene su guasa.
Vistos con los ojos de mi tiempo, con el pensar de mi época y de mi propia formación religiosa –escasa o profusa, que la juzgue Dios– es que no me dejan boquiabierto los 95 razonamientos del teólogo alemán. En la anticlerical historiografía mexicana siempre se plantea la reforma luterana como incontestable, luminosa, certera. Yo no comulgo con esa postura, pues sí hubo respuestas y errores. Y contundente contestación desde el catolicismo. Y por cinco centurias es aflictiva la ausencia de reparos desde el luteranismo, porque habría enriquecido su planteamiento mostrando mejor honestidad intelectual en medio de la dignidad y la legítima búsqueda de verdad y de reconocimiento que prodiga, forjando mejores estadios espirituales. No creo en un luteranismo impoluto, pues una mirada cuidadosa revelará que no lo es, cual obra humana. De los crímenes en su nombre se habla poco desde sí. Se prima el victimismo. No es ello ni bueno ni malo, solo es así. Empero, estamos ante la oportunidad formidable de pronunciar apasionados señalamientos cuestionadores emanados de sus filas, abrevando de su historia.
Sí se adujera desde el luteranismo que sí ha existido criticismo y no una constante complacencia regalona, lo dudaría mucho. Porque no descuella. En eso el catolicismo le sacó ventaja y el debate no lo ha terminado –entre teólogos, concilios– como fue católica la iniciativa de dialogar en este quingentésimo aniversario. No me desagrada el acercamiento de ambas creencias, pero que sea genuino y auténtico, sin imprecaciones. Que sea aperturista y sincero, sin acomodaticios prejuicios mutuos, descalificadores y carentes de aportación, si es que prevaleciere la franqueza.
Resulta significativo que sea un Papa jesuita quien impulsara encontrarse, lo cual dice mucho y ahonda en la tradición contestataria jesuítica. Es gratificante. La Compañía de Jesús siempre respondió uno a uno los planteamientos luteranos y protestantes en general. No perdonó ni una, lo cual explica porqué los puritanos de Nueva Inglaterra no podían verla ni en pintura, pues no la embaucaban. Los tenía a dos fuegos entre Nueva España y Nueva Francia, atestadas de jesuitas y en una comunicación dificultosa, pero constante. Fue una batalla intelectual y a espadazos parejos con espadachines católicos diestros y el luteranismo más plantado no siempre pudo contra la resplandeciente y centelleante palabra jesuita, pues para eso eran aquellos los soldados del Papa aspirando a ser los mejores intelectuales de la Iglesia católica, consiguiéndolo sin concesiones para nadie.
Tal vez los criterios rupturistas enarbolados por Lutero se han superado en mucho. 2017 no es 1517 o no debería de. El mundo cambió. Ya no es lo mismo. La actual conmemoración resalta el diálogo interreligioso. ¡Qué bien! aunque se avance poco. No obstante, es un logro, puesto que hubo épocas en que ni diálogo existió o de plano se verificó la confrontación abierta entre religiones. La vehemencia de Trento no estuvo exenta de crudeza al replicar a Lutero, objetándolo. Se prefirió la exaltación a la displicencia, rebatiendo lo requerido. Las plumas flamígeras de Loyola y Borromeo sentaron las bases de cuestionamientos de introspección católica que removieron herrumbrosas posturas. Sí, la modernidad no ha sido plena ni constante en el catolicismo, pero ¿acaso el luteranismo ha reformulado sus principios y procederes? Porque…es innegable que palabras como persecución, tortura, exilio, exterminio o muerte también se hallan en las denominaciones protestantes, empezando por el actuar luterano. Intolerancia pura.
El luteranismo es una corriente estructurada, sin duda. Su proceder evangélico y su cegadora luz también transcurren por tales vocablos. No todo fue luminosidad y escuela dominical, infortunadamente. El recalcitrante Nathaliel Ward execraba en la Nueva Inglaterra puritana: “que los católicos sepan que tienen derecho a estar lejos de nosotros”. Ya se anticipa una piedad cristiana de órdago, sin duda. Sí. Reconozcámoslo: en ambas corrientes, católica y de tradición protestante, se registran hechos bochornosos y no pocos. Como en ambas hay mentes resplandecientes.
Desde luego que las 95 tesis solo fueron el inicio y el sectarismo no nació allí ni al primer envite. Considero que de las disquisiciones de Wittemberg, dos terceras partes han mutado dentro y fuera del luteranismo. Muchas fueron atendidas por el catolicismo al paso de medio milenio y no solo por concesión ni claudicación, sino por la evolución de la propia doctrina católica. Lo que desconocemos es qué hizo el luteranismo para adaptarse y evolucionar para no quedarse solo en las 95 tesis. ¿O es que se petrificó concentrado en 1517? Y probablemente la otra tercera parte de aquellos postulados fuera coyuntural, perdiéndose en el discurrir del tiempo. Por supuesto que tal discernimiento es absolutamente subjetivo.
Esta rememoración me era muy sugestiva por el previsible intercambio de posicionamientos, que condujeran a rectificar posturas, incisivo el luteranismo en sus afanes evocadores de los defectos de otros. Y no ha podido ser. Un silencio campea al respecto marcando esta onomástica, restándole por recorrer mucho trecho al luteranismo en el autoanálisis vivificante y conveniente. Sí creo que le vendría bien un sínodo, un concilio revisor. Dicho con una humildad no sin aspiraciones evangélicas. Confío en que lo haga y elevo mis plegarias al Altísimo para que consigan encontrar caminos renovados de fe, enjuiciándose, y alcancen la autocompasión fraternal de su legado, primordial en la evocación cristiana. Usted puede detectar el mismo tono empleado desde aquella confesión clamando por siglos que el catolicismo enmendara. Y que ambas religiones se dejen de irredentas poses y analicen introspectivamente las oportunidades de inconmensurable aproximación y de cambio que ambas tendencias bien podrían ejercitar y ejecutar en su seno. Será la mejor manera de responder al escabroso pasado. Suponer que el catolicisimo es errático y el luteranismo acertivo, es un equívoco absoluto que merece evitarse al avocarse al estudio de ambas manifestaciones de la fe.
Me quedo con estas palabras de Lutero cuando disertó acerca la libertad del cristiano (1520): “Aunque este muy bien escribir y predicar sobre el arrepentimiento, la confesión y la satisfacción, si no se llega a la fe, no cabrá duda de que se trata de doctrinas sencillamente diabólicas y seductoras. No hay que predicar solo un aspecto de la palabra de Dios, sino ambos. Se tiene que predicar la fe, para que, atemorizados los pecadores y descubiertos los pecados, se llegue al arrepentimiento y a la conversión. Pero no hay que limitarse a eso: hay que predicar también la otra parte de la palabra de Dios, la promesa de la gracia, la doctrina de la fe, sin la cual resultan inútiles los preceptos, el arrepentimiento y todo lo demás”.