www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Polvareda democrática

Antonio Domínguez Rey
lunes 13 de noviembre de 2017, 20:08h

Hace casi dos años, publicábamos en estas páginas, y tras las elecciones generales de diciembre de 2015, un artículo titulado “Empantanados”. Advertíamos “el desfondamiento paulatino del país”. Ortega certificó en 1921 esta tendencia centenaria de España con frase y comentario fílmico, de fina épica irónica, también citados en otro artículo nuestro precedente: “España se va deshaciendo, deshaciendo… Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo…” (España invertebrada).

A este galope se añade actualmente el gregarismo hipócrita de la política adocenada. Decía Nietzsche, resumiendo su escepticismo sobre el alcance del conocimiento y el valor de la verdad, que estamos obligados a creer en algo cuya falsedad conocemos. La verdad sería solo “una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismo, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes” (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral).

Este proceso de configuración de la realidad como relato y discurso retórico cuadra con lo vivido hoy en parte de Cataluña. Una retórica desfondada del auténtico nervio poético, constructivo y revelador de la realidad encubierta por el oropel de ideas y palabras manidas, a sueldo, mercenarias. El uso de la metáfora retórica, vigente y al galope de huestes políticas y mediáticas, desluce y falsea el valor de la imagen e intuición poética anidada en un proceso verdaderamente creador. Por eso no convence y se desmorona el discurso independentista de ciertos políticos catalanes. El uso de la poesía como adorno de la realidad traiciona el intento de alcanzar algo válido. Y en esta mentira estamos empantanados desde hace tiempo. Solo acceden al poder y representación social espectros de vida auténtica, “la increíble y continuada perversión” de valores que la realeza y política española mantiene, según Ortega y Gasset, al elegir representantes. Prefieren “los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables”. Vivimos en mentidad permanente, valga la palabra. La impostura por oficio, reclamo y espejismo de verdad inducida por este uso retórico de los valores constituyentes. Prefieren “lo ruin a lo selecto”.

El punto cumbre de la elaboración del relato y paroxismo independentista fue el amago de referéndum celebrado el 1 de octubre del año en curso. El acto retórico de proclamación de independencia del 27 de octubre en el Parlamento catalán era consecuencia obligada del fenómeno imaginario promovido en las urnas: “el mandat que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república”, anunció el presidente electo Carles Puigdemont días antes, el 10 de octubre, subscribiendo el título de sujeto jurídico de la voluntad manifestada por un tercio escaso del pueblo catalán. Un atentado frontal contra España, en cuyo nombre recibieron, conjurados, la ‘autoritas’ que los instituyó como representantes de la Comunidad Autónoma de Cataluña. Y este supuesto es el subvertido por el referéndum.

Las autoridades del Estado español esperaban con expectación ingenua una declaración firme de independencia en la boca del presidente Puigdemont. Daría lugar a inhabilitarlo legalmente y a proceder contra él ante la justicia. No calcularon la sagaz evasión del mandatario catalán. Dijo simplemente: “assumeixo en presentar-los els resultats del referéndum davant del Parlament i dels nostres conciutatants, el mandat…”. Asumió los acontecimientos, no declaró nada en primera persona y presente de indicativo. La declaración la hizo el pueblo. Hábil y fino esguince retórico para eludir la expectativa creada y tomarle el pelo a todo un Estado carente de previsión tanto jurídica como de tesón político.

Efectivamente, el mandato venía de las urnas. No haber impedido el acto simbólico del 1 de octubre, significaba refrendar implícitamente la elaboración del relato y discurso virtual de un Estado catalán independiente. Por eso Puigdemont usa el verbo “esdevenir” en presente de subjuntivo: se haga, devenga, se convierta. Es un deseo del pueblo más que una declaración efectiva de realidad constituyente. Esta se efectúa luego en el Parlamento, cuyos representantes declaran en indicativo y primera persona de plural (“nosaltres, representants democràtics del poble de Catalunya”), es decir, como legados del mandato popular, y ante la ausencia de músculo democrático de España, que: “CONSTITUÏM la República catalana, com a Estat independent i sobirà, de dret, democràtic i social”. Todos los atributos de un Estado de Derecho.

En técnica textual, el acto ilocutivo -la fuerza verbal, declarativa, que convierte en hecho la palabra-, lo realizó el pueblo catalán asomado a las urnas. Sus representantes constitucionales hasta ese momento se creen entonces legítimos adalides de Cataluña con argumento implícito. La perlocución consentida, esto es, los efectos de actos y declaraciones de independencia realizadas durante años, desde 2011 y 2012 con logística previsora, y en escalada estatuaria desde el 29 de diciembre de 2016, 28 de agosto de 2017, en concreto 6 y 8 de septiembre de este mismo año (Leyes respectivas del Referéndum de autodeterminación y de Transitoriedad jurídica), legitiman la voluntad de quienes votaron el 1 de octubre en condiciones incluso adversas. Violentas según los promotores. Y esto hincha el pecho rebelde. La confusión intencionada de represión violenta con la defensa legal de la Constitución al dispersar con fuerza a los votantes, formaba parte del discurso previsto. La obligación de acatar el Estado de Derecho una vez constituido legalmente es un deber básico del ciudadano. A nadie se le hace injusticia por ello, subraya Kant.

El relato construido con la fuerza mediática de un discurso recurrente convirtió los efectos en causa y fundamento: somos un pueblo autonómico cuya realización efectiva lo convierte en soberano. Y en ese tránsito textual cupo todo tipo de metamorfosis y engaño histórico, cultural y jurídico. Se forzó una subversión consciente de valores legales modulando con paciencia el fondo de los acontecimientos: una corrupción suprema de Estado en Cataluña, la cual remueve otras del resto del país.

Los independentistas quieren forzar ahora un colapso constitucional que motive una amnistía o una peligrosa escalada de enfrentamiento civil. Las elecciones convocadas por el Gobierno central en Cataluña para el 21 de diciembre reflejarán las vibraciones de la tensión existente. Son elecciones amparadas en el artículo 155 de la Constitución española, que, de momento, ha evitado el asalto de las calles por los comités de defensa republicana. Esperan órdenes que difícilmente llegarán con la espantada y huida de Puigdemont a Bruselas y sus comilitones recluidos. Mal ambiente, en todo caso, para nuevas elecciones. De su resultado puede derivarse una situación rocambolesca, como que presida la Generalitat un presidente recluso o que se refuerce la declaración de independencia del 26 de octubre.

El mandato que valida la voluntad democrática, opuesta a la tiranía, presupone un discurso anterior al discurso legal, dice Emmanuel Levinas reflexionando sobre la República de Platón (Liberté et commandement). Es la relación de particular a particular, individuo a individuo, previa a la constitución de la ley refrendada por los parlamentos. Antecede una asunción latente de mandato, la aceptación del otro antes de que nadie lo sustituya o represente. La expresión previa al signo, código, símbolo, ley, norma, reglamento. El sentido del rostro: la presencia sin máscara del hombre.

La retórica del masaje discursivo –el masaje del mensaje– oculta y tapa con su representación –el discurso del relato– la realidad subyacente. Y este proceso es otra forma de violencia. La realidad española está sometida ahora mismo a un maquillaje hipócrita de tufo empantanado.

El olor aumentó en los preámbulos del proceso. El apestado era el presidente del Gobierno, fuera y dentro de buena parte de su propio partido. Si Rajoy desaparecía, el problema de Cataluña quedaba resuelto. Hubo intentos mediáticos de banalizarlo. Tuvo que comparecer ante el Parlamento como sospechoso de corrupción política. Intentaron después forzarlo a tomar decisiones al margen de instancias jurídicas para comprometerlo luego ante los tribunales. Bastaba oír cierta cadena de radio a la hora del desayuno o abrir la primera página de un reciente diario digital para percatarse del acoso mediático al Gobierno en plena rebelión social y política de Cataluña. Casi toda la prensa trataba el problema como asunto de relato ajeno. Un fenómeno más del espectáculo a que nos tiene acostumbrados. Como si ella no fuera también parte implicada. Aprovechaba el mercado abierto por el impacto de imagen. Atenta antes que nada al producto. Al comercio generado por la revuelta.

Bastó que hablara el Rey el 3 de octubre, dos días después del referéndum, y entonces cambió el foco de los titulares. El problema de Cataluña ya no era asunto de Gobierno, ni solo de Rajoy, sino de Estado. Giró incluso la brújula del representante de la oposición, Pedro Sánchez. Hasta ese momento caracoleaba con declaraciones oportunistas en busca de pescado a río revuelto. Tuvo que llamar Susana Díaz, presidenta de la comunidad andaluza, a Rajoy y ofrecerle sus diputados en razón de Estado, para que el caracoleo cambiara de estilo, y aun así renuente. Algo semejante sucedía con otros rastreadores de lonja en los partidos constitucionales. Se llegó a especular con un gobierno de transición que apartara de sus funciones, no al sedicioso Puigdemont, sino al presidente de España. Y el Rey no dijo nada que no dijera antes el Gobierno. Pero funcionó, por fin, la expresión. La presencia del rostro dio sentido a los significados de los signos previos, cuya fuerza de locución quedaba oculta en el maremágnum comercial del logro mediático y político. “El ser que se presenta en la expresión, piensa Levinas, nos compromete ya en sociedad, nos obliga a entrar en sociedad con él”. Los interlocutores se subordinan unos a otros en virtud del rostro que los resplandece. Y esto es lo que funciona al parecer, y de momento, en España.

Hasta una institución devaluada como la del Senado recuperó el sentido de su fundamento al aprobar la demanda del Gobierno de aplicar el artículo 155 de la Constitución a Cataluña y rescatarla así del golpe de Estado cometido contra ella. Y esta medida refuerza la Norma máxima del Estado español al paralizar el movimiento secesionista. Los partidos políticos, estimulados por la ocasión, se comprometieron mientras tanto a una reforma constitucional una vez repuesta la normalidad democrática. Este acuerdo parece hoy más bien caución solapada para insistir en el acoso al Gobierno. Lo más sustancioso corregible, y urgente, fuera del estilo, de la semántica de algunos artículos, es dejar claro el concepto de Nación aplicado solo a España, no extrapolable a ninguna comunidad autónoma, todas ellas adjetivadas, si quieren, de nacionales en razón de aquel nombre propio. Conviene blindar con ello competencias específicas de Nación-Estado en áreas de justicia, sanidad, educación, trabajo y seguridad ciudadana. Bastantes Comunidades Autónomas son agencias administrativas dadas a extorsiones del gran capital. Y otras, solapados sucedáneos de ambición política de Estado. Por eso conviene desarrollar artículos constitucionales que permitan anticiparse a los acontecimientos. España llega casi siempre tarde en previsión y defensa. El difícil equilibrio de las funciones democráticas.

La reforma constitucional será también precaria si antes no superamos lo que Ortega denominó particularismo histórico: “las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte”. Frente al particular acomodo del país vasco, el pretendido de Cataluña y el posible de Galicia, está el central de Castilla y el ampuloso de Andalucía. Si no aceptamos la diferencia del otro en el conjunto nacional, estamos perdidos. Y este horizonte requiere una vida cultural profunda, armónica. Las diferencias lingüísticas no son razones suficientes que justifiquen distingos nacionales o de Estado. Menos aún al tratarse de lenguas hispanas cuyo tronco común, el latín, y koiné –iberomania, legado árabe–, aún es visible en las estructuras jurídicas, religiosas, territoriales y culturales. Hay que reforzar el estudio del latín y el área romanística como horizonte de convivencia. El idioma vasco está también latinizado, si no es otra evolución singular latina en contacto con restos históricos de otras lenguas. Este legado incrementa la imagen de España en el mundo. Sobre todo en Europa, África y América.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios