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TRIBUNA

Sin justicia no puede haber país

sábado 18 de noviembre de 2017, 19:33h

Menudo tema es el de la Justicia para una Nación, ese valor determinado como bien común que controla y rige el destino de las sociedades. Si fracasa, si no cumple con su cometido, falla todo. Su fundamento se basa en un consenso amplio entre los individuos sobre lo bueno y lo malo, y otros aspectos prácticos de cómo deben establecerse las relaciones entre personas. Se supone que en toda sociedad humana, la mayoría de sus miembros tienen una concepción de lo justo, y se considera una virtud social el actuar de acuerdo con ese mandato.

El concepto de justicia puede explicitarse desde diversos puntos de vista: el ético, el moral, el filosófico, el religioso, el del derecho y varios más. Para los griegos era una de las cuatro virtudes esenciales (las otras eran el coraje, la templanza y la prudencia). Se la definía como la virtud cardinal que reside en la voluntad y está inclinada a dar a cada uno lo suyo, ya sea de manera individual, o como grupos de personas; es decir, como miembros de la sociedad. Para comprender mejor esta definición, quizá es necesario hacer algunas aclaraciones: dijimos que la justicia es una virtud y, por consiguiente, lo propio de toda virtud y hábito es ser una disposición que inclina de un modo firme y permanente a cumplir con sus leyes. Y así, la justicia, como señalamos, es la virtud principal, ya que sobre ella gira la armonía moral de la persona y del cuerpo social.​

En su República, Platón describe a la justicia como la virtud fundante y preservante (“Porque solo cuando alguien comprenda la justicia puede conseguir las otras tres virtudes”) y propone para la organización de su ciudad ideal, a través del diálogo de Sócrates, que los gobernantes se transformen en los individuos más justos y sabios, o sea en filósofos; o bien que los individuos más justos y sabios de la comunidad; es decir, los filósofos, se transformen en gobernantes. Luego Aristóteles reflexiona sobre la justicia como igualdad proporcional; esto es, dar a cada uno lo que es suyo, exigiendo lo que corresponde devolver, y dice: “lo que se da a cada ciudadano tiene que estar en proporción con su contribución a la sociedad, sus necesidades y sus méritos personales”.

La justicia es, por otro lado, un bien que debe residir en la voluntad y en el apetito racional como indica Tomás de Aquino: “No es justo quien conoce lo que es recto sino quien, además, obra rectamente”; es decir, que la considera como forma moral y natural de la voluntad del hombre.

¿Qué sucede en una sociedad donde falla esa virtud fundamental y se carece de la lógica que la sustenta? Sin duda, falla todo y se produce la distorsión y la caída de la propia sociedad y de los individuos que la componen. Ahora bien, como tratamos un caso concreto, esto nos lleva a preguntarnos si en la Argentina existe la Justicia.

La historia de corrupción e inmoralidad de los últimos años ya hace imposible justificar u ocultar esta carencia. La cantidad de delitos es insoslayable, para entender, porqué la ciudadanía descree de este Poder decisivo del país. En primer lugar, creemos que por su mal comportamiento, por los abusos y por una actuación cada vez más dudosa, que nos muestran que dejó de ser independiente y se puso al servicio del Poder Político para asumirlo y justificarlo; hecho que, en alguna medida, la lleva a ser cómplice del dinero corrupto que llena las arcas de delincuentes, entre los que se cuentan demasiados ex funcionario, y donde los amiguismos y las complicidades inyectan la inmoralidad que la afecta directa e indirectamente. Ese accionar conduce al ejercicio de una dualidad, a la anulación, prolongación, confusión y falsa interpretación de las sentencias y de los juicios; todo esto sumado a los casos que prescriben con el tiempo, en forma demasiado sospechosa y hasta extraña.

Vemos así que la Justicia de la República Argentina, se encuentra sumida en una severa crisis. Quizá la más importante, que ha llevado a un callejón de difícil salida. Y así, todos coincidimos en que habitamos un país donde hay Poder Judicial, pero se carece de Justicia. No dudamos, por lo tanto, en afirmar que uno de los principales problemas de la Argentina es la ausencia de justicia. A esa situación se pueden remitir muchas de las faltas y contingencias que a diario sufren los ciudadanos y que, en algunos casos, adquieren verdadero dramatismo, tales como el de la inseguridad, que cada día se cobra más víctimas.

Si bien la corrupción es una realidad mundial que afecta a las naciones desarrolladas y a las que no lo son; pone en evidencia el grado de tolerancia de una sociedad. Vemos así que la Argentina es uno de los países más corruptos del mundo, y que para salir de esta patética situación se necesita un inmediato cambio estructural.

“De cada mil personas que hoy están cometiendo un delito, sólo tres van a ir a la cárcel”, denunció el ingeniero Mauricio Macri durante su campaña presidencial, y prometió enfáticamente: “Eso no sucederá cuando nosotros estemos en el Gobierno”. Es lamentable, pero hasta ahora todo quedó en un mero enunciado. A más veintidós meses de su mandato, muy poco o nada se ha hecho en esta compleja dirección. Los jueces y todo el Poder Judicial siguen cobrando sueldos fabulosos, no pagan impuestos y gozan de toda clase de privilegios constituyéndose en una suerte de nobleza de la Argentina.

Para dar los primeros pasos de una genuina y decidida acción de cambios, se necesita en primer lugar, todos sabemos, la regeneración institucional. ¿Querrá encararla el Gobierno? Los antecedentes no ayudan demasiado y el pasado aún menos. Según las evidencias, el menemismo creó el monstruo, que perfeccionaron los Kirchner y ha resignado a los actuales gobernantes. Digámoslo con todas las letras: “tenemos una Justicia Federal devenida en dudosa organización, colonizada por espías y opacos agentes para todo servicio, que obliga a negociar -a cambio de favores, por supuesto-, siempre con ese Poder. Hasta ahora, los pasos del oficialismo han resultado ambiguos para enfrentar ese enojoso asunto. Al parecer sigue siendo tentador beneficiarse de la dualidad de los jueces.

¿Pero, a qué se debe que muy pocos de lo que delinquen vayan entre rejas, sobre todo en los irritantes casos de corrupción? Creemos que a uno en particular: las corporaciones forman en el la Argentina un entramado de complicidades que no permiten avanzar a fondo en ese sentido y hace que todo se quede en meras denuncias y en proclamas de campañas políticas. Si me embarras te embarro es la amenaza que se cierne.

Otro tema puntual y deleznable es el de los estafadores disfrazados de empresarios que vienen arruinando a la Argentina desde hace varias décadas; la mayoría enriquecido en negociados hechos con el Estado. Hay casos en que al amparo de la justicia, una parte de los más conocidos han crecido eludiendo millones de dólares de impuestos y usando ese dinero para comprar más empresas o sacar el dinero al exterior; en tanto que la Oficina de Ingresos Públicos cae sobre un pobre individuo que se atrasó en el pago de un modesto monotributo.

La Justicia, como pensaba Anaxágoras es un todo que tiene que ver con todos. De tal manera que el trabajo, la educación, las relaciones personales y, sobre todo, el sistema de valores que rigen la convivencia están indisolublemente adheridos a esa virtud cardinal. Nuestro sistema judicial es viejo, venal y corrupto. Un juez puede condenar a un detenido sin haberlo visto jamás, o puede venderle su libertad a sola firma. Y eso sucede a menudo en la Argentina. Es más, permanentemente.

Nos hallamos en una encrucijada que cada día desconfía más del futuro y no a la inversa. Hubo cambio de gobierno, el voto ciudadano ha sido una forma de condena a un pasado de doce años inconcebibles de decadencia moral y económica, que fueron poderosos en una corrupción que llevó a la Argentina a ocupar uno de los primeros sitios en el mundo. ¿Podrá aceptar el presidente Macri que no sólo triunfó por sí mismo sino como símbolo de un cambio del estado de cosas, y que todos estamos aun esperando que el nuevo Gobierno haga de una vez por todas los cambios estructurales que necesita la Argentina para ponerse en marcha. El caso de la Justicia, sin duda, es prioritario, ya que se aplica en el presente, pero es la esencial garantía del futuro.

Cada ciudadano desea firmemente que baje la inflación y que se recupere el empleo, que lleguen inversiones y, ojalá, que se terminen los robos y asesinatos; en fin, que la Argentina comience a ser un país normal, vivible y estable. Pero ojo, sin Justicia no hay avance posible.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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