El apoyo del PSOE al Gobierno en la aplicación del artículo 155 para desmontar el golpe de Estado secesionista no ha sido más que un espejismo. El secretario general del PSOE sigue atrapado en la ambigüedad política, fruto de su inconsistencia intelectual, agravada por la depresión que sufre por haberse visto obligado a apoyar a Rajoy.
Todas las encuestas sobre las elecciones autonómicas del 21-D coinciden en un empate técnico entre los partidos separatistas y los constitucionalistas, lo que dejaría en manos de Ada Colau la investidura del presidente de la Generalidad. Sin embargo, aunque la tendencia todavía no se refleja en los sondeos, muchos expertos aseguran que las formaciones secesionistas sufrirán en las urnas las mentiras de unos y las cobardías de otros.
Podría ocurrir que la suma de los escaños de Ciudadanos, el PSC y el PP fuera suficiente para gobernar la Generalidad y espantar los fantasmas de la rebelión, la inestabilidad, el enfrentamiento entre catalanes y la ruina económica. Sin duda, pese a que cada día se llevan peor, Rajoy y Rivera apostarán por lograr un Gobierno entre estas formaciones. Pero Pedro Sánchez ha vuelto a las andadas al afirmar que nunca apoyará a Arrimadas, pese a que el partido naranja será el más votado de los tres y, por lógica, su candidata debería ser apoyada para ocupar la presidencia de la Generalidad. El secretario general del PSOE ya se ha debido olvidar que el PSOE gobierna en Andalucía gracias al apoyo de Ciudadanos.
Aún peor: Sánchez pretende que Iceta sea nombrado presidente de la Generalidad, sin aclarar con qué partidos estaría dispuesto a pactar para lograrlo. Hay quien sospecha que sueña con reeditar un tripartito con ERC y el mejunje político de Colau y su monaguillo Pablo Iglesias; de ahí, que Junqueras se haya mostrado dispuesto a renunciar a la unilateralidad. Pero tampoco parece probable que ERC renuncie a la presidencia si obtiene, como parece seguro, el doble de votos que el PSC.
¿Qué pasa, entonces, por la cabeza de Pedro Sánchez? ¿Vive en otra galaxia? ¿O prefiere que vuelvan a gobernar los partidos separatistas antes que apoyar “a la derecha”? Como le ha advertido Alfonso Guerra, los socialistas no se lo perdonarían.
Quizás la única explicación a los torpes malabarismos de Sánchez en Cataluña se limita a su vieja aspiración de asaltar La Moncloa con el apoyo de Podemos y los separatistas. Su progresismo tontorrón y el síndrome de Estocolmo que siempre ha sufrido con Pablo Iglesias pueden estar en el fondo de esta postura que aparenta ser equidistante. Ya se le ha escapado lo de que “hay que romper con los dos bloques”. Pero a nadie se le oculta el bloque en el que se encuentra más cómodo. Cualquiera en el que no esté Rajoy. El de siempre.