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TRIBUNA

El sueño

domingo 10 de diciembre de 2017, 20:42h

¡Despierta Alemania! fue el grito de los nazis en el 33. ¡Despierta Europa! han gritado los nazis en Bruselas. Así no hay quien pegue ojo. Un fantasma vuelve a recorrer Europa: el nazionalismo. Otro corre huyendo por Bélgica. Al arrastrar sus cadenas, los viejos fantasmas provocan mucho ruido y pocas nueces. Como un perro ladrador y poco mordedor. A pesar de su simbolismo, ni la corrosiva inquietud ni la insistente monserga que producen, nos permiten conciliar el sueño.

Antes del siglo XX nunca pudo edificarse una Europa unida. Quienes lo intentaron, Luis XIV, Napoleón, Hitler, fracasaron al basarse en el predominio de una potencia y la subordinación de las demás naciones. La actual Unión Europea está concebida sobre una coordinación entre los diversos Estados que la integran. Y esta es la gran revolución del siglo XX: Hacer realidad el sueño de organizar el Viejo continente suprimiendo los arcaicos principios confederados sobre los que se asentaban unos anárquicos nacionalismos maquiavélicos, los mismos que ahora unos excéntricos pretenden resucitar en el corazón de Europa. Tras la II GM los soviéticos se apresuraron a excitar el señuelo nacionalista de los pueblos europeos ante la necesaria cooperación económica que el Plan Marshall suponía entre EE.UU. y Europa. Dicho Plan, que propugnaba la unidad de las naciones europeas sobre bases económicas, fue visto siempre con temor y rechazo por la URSS. Bien sabían los comunistas que si cada singularidad cultural europea pretendiese un Estado propio, Europa se disgregaría. A ello se aplicaron. Y es que el comunismo y el nacionalismo han sido la cizaña en los trigales europeos del siglo XX. La pesadilla que ha provocado terror y horror. El antídoto siempre ha sido y será el mismo: democracia y cristianismo. O sea, libertad.

La herencia común del continente europeo está fundada en los principios de la libertad individual y el imperio de la ley. Y como dice el sociólogo Dominique Wolton, el único factor de unidad relevante capaz de aglutinar a los pueblos europeos es el cristianismo frente a las fuertes identidades nacionales. El nacionalismo termina por erigirse en virtud suprema que relega a la sombra los valores espirituales. Las iglesias se nacionalizan pero no se cristianizan las naciones. El nacionalismo excesivo y excluyente ha sido uno de los más grandes pecados del mundo moderno. Cuando se trata de organizar una convivencia en el mundo globalizado de hoy, de hacer efectiva la prosperidad económica y articular un sólido sistema de seguridad exterior, la etapa de los Estados nacionales soberanos ha sido sobrepasada por la historia, por la tecnología y por la psicología humana. El nacionalismo estático se ha convertido objetivamente en un anacronismo. Ha llegado el momento de soñar y proyectar hacia el futuro un patriotismo entendido como sentimiento de solidaridad entre la diversidad étnica, como conciencia de una misión común y como intimidad familiar de una ciudadanía unida por su historia, por sus afanes y por sus esperanzas.

raulmayoral.es

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