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Alejandro Magno

miércoles 09 de julio de 2008, 22:27h
A mediados del siglo IV A.C., el imperio persa era el gran dominador de la escena política internacional. Vivían algo de las rentas, es verdad; reyes de la talla de Nabucodonosor o Jerjes I hicieron historia, pero esa misma historia había puesto ya fecha a la caída de la todopoderosa dinastía aqueméndia. Quien protagonizaría tal gesta fue uno de los hombres más extraordinarios que ha habido: Alejandro Magno. Cuesta destacar una faceta en la que sobresaliera más: militar, política o personal, pero lo cierto es que en cualquiera de las 3 su impronta fue indeleble. Educado por el mismísimo Aristóteles, entre una larga lista de preceptores ilustres, pronto el joven príncipe comenzó a destacarse sobre los demás. Retórica, equitación y lucha eran disciplinas que no tenían secretos para el. Su padre, Filipo, cuyo carácter volcánico heredaría Alejandro, le regaló un caballo prácticamente salvaje: Bucéfalo. Alejandro lograría domarlo con facilidad, y desde entonces caballo y hombre serían una perfecta simbiosis, hasta la muerte del equino en Taxila -Pakistán-, en una escaramuza con tribus del Indo.

Las dimensiones de su imperio fueron enormes: desde la actual Grecia hasta Afganistán, una enorme franja de Asia y Europa mediterránea sucumbió al mayor genio militar de la época. Viajaba siempre con una auténtica legión de ingenieros, cuyas máquinas de asedio -torres que arrojaban fuego griego, sobre todo- le dieron la victoria en lugares que nadie había osado sitiar antes. Supo integrar a sus conquistados, acogiendo en su ejército a los vencidos e incluso adoptando costumbres e indumentaria, como tras la conquista de Babilonia. Su habilidad diplomática quedó también patente en Egipto -el grabado que protagoniza en uno de los pilonos del templo de Karnak da fe de ello-, aunque su pragmatismo también fue famoso. Como famoso es el episodio del “nudo gordiano”, un nudo prácticamente imposible de deshacer, y que le fue presentado como reto en la corte del rey Gordio -Turquía-, descendiente del no menos conocido rey Midas. Alejandro, sin inmutarse, cortó de un tajo el nudo con su espada frigia, dejando patente su determinación.

Pero sería en la batalla de Issos -331 A.C.- donde lograría su mayor triunfo, derrotando al ejército persa de Darío III Codomano. La escena ha llegado a nosotros gracias a un mosaico hallado en Pompeya, hoy conservado en el museo de Nápoles, donde se puede ver a los Hetairoi -los amigos de Alejandro, a caballo-, cargando por el flanco derecho, mientras la disciplinada falange macedonia rompía las líneas persas. Darío huyo, siendo asesinado poco después a manos de un sátrapa traidor, del que Alejandro daría buena cuenta. Respetaba a su rival, al igual que a su familia, a la que dispensó un trato acorde con su rango. Fruto de una vida de excesos y batallas, murió en las estribaciones del Indo, en el 323 A.C. Aquel vasto imperio se lo repartirían sus generales -los diadocos-, algunos de los cuales fundarían dinastías legendarias: Ptolomeo en Egipto -cuya última reina fue Cleopatra- y Seleuco en Siria -los seleúcidas-. Su huella aún perdura en el cine, desde la lamentable Alexander, de Oliver Stone , hasta la deliciosa El hombre que pudo reinar, de John Huston, basada en un relato de Kipling y protagonizada por Michael Caine y Sean Connery.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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