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TRIBUNA

La Era del Porno

jueves 14 de diciembre de 2017, 20:43h

Hace unas semanas un famoso futbolista, que lo fuera del Real Madrid, fue condenado a nueve años de prisión por la violación en grupo de una menor. La prensa española ha atendido con detalle al juicio contra cinco jóvenes por un acto semejante, ocurrido durante las últimas fiestas de San Fermín. Esta misma semana hemos conocido que otro grupo de jóvenes futbolistas han sido acusados del mismo delito, nuevamente contra una menor. No son los únicos casos que han aparecido en los últimos años, pero su alarmante secuencia los destaca. Enteramente al margen de su consideración penal, pudieran juzgarse signo de hundimiento del sustrato profundo de nuestra vida personal. Acaso señale simples correlaciones, sin nexo causal alguno. Acaso.

Se sabe que el consumo masivo de pornografía alcanza cotas crecientes año tras año, hasta arrojar datos que resultan desoladores. Se trata de unos índices de “consumo” de pornografía que permiten hablar de pandemia. Los Estados Unidos de América y el Reino Unido ocupan la vanguardia estadística, mientras España se sitúa decimotercera en esta clasificación. La pornografía se ha divulgado masivamente. El acceso anónimo e inmediato a estos contenidos los ha convertido en parte de la vida cotidiana de enormes masas de población. Pero la industria pornográfica se nutre del humus de una explotación comercial de la sexualidad que limita con un erotismo sicalíptico e infame. Los medios de comunicación, la industria musical, lasprácticas publicitarias se sirven constantemente de sugestiones sexuales – más o menos explícitas – orientadas a inducir el consumo de uno u otro producto: una canción, una película, un yogurt, un automóvil o un perfume… Me atrevería a señalar su presencia, incluso, en contenidos presuntamente inocentes, por pretendidamente infantiles. La sexualización de la infancia, especialmente femenina, es una invisible evidencia.

Hablamos, con una distancia falsamente técnica,de “consumo” de pornografía, asumiendo así la perfecta mercantilización del deseo o su indudable constitución comercial, es decir, pornográfica (porno, del gr. pérnimi: vender). La tolerante aceptación de esos productos pornográficos resulta prácticamente unánime y la crítica atiende únicamente a las relaciones asimétricas entre los sexos o a las estructuras de dominación subyacentes. Apenas atiendea su oscura raíz: la reducción – de hecho una auténtica supresión – de la relación personal que envolviera la comunicación íntima en la unión de los sexos. En el lugar de la pornografía industrial dominante, se proponen pornografías feministas o alternativas. Un conocido filósofo incluye entre los principios de una sociedad contrasexual la consideración delictiva de toda relación sexual no mediada por el contrato. Sin duda, permitiría discernir si hubo o no consentimiento en actos de violación grupal como los que recoge la prensa en estos días. En ausencia de contrato, toda relación sexual sería delictiva. Se trata de un, indudablemente progresista,salto hacia adelante. Pero es mucho más: anuncia la completa neutralización del elemento de toda comunidad tradicional. Me refiero al vínculo amoroso entre dos personas, a la vieja célula conyugal que sirviera de núcleo generador de la unidad comunitaria por excelencia: la unidad del parentesco, que conocimos como familia. En efecto, el sexo prospera en la medida en que su práctica se distancia, de uno u otro modo, de sus consecuencias reproductivas. Siendo así, la célula conyugal de la comunidad no es, precisamente, el lugar del sexo. La sexualidad florece en la vida social, lejos del núcleo genético de la vieja comunidad humana.

La violencia descarnada envuelve el trato mutuo en la vida social hasta alcanzar la raíz genética de la persona, la comunión esencial. El carácter gregario de la agresión y la naturaleza de las prácticas señalan la atmósfera de las representaciones pornográficas: una instrumentalización completa del cuerpo propio y ajeno o su reducción mecánica a medio de fruición y excitación. Definitivamente lejos del misterio de la comunión genética, la sexualidad adquiere una definición miserablemente socioeconómica, es decir, porno. Algunos quieren constantes y universales estas prácticas. Por el contrario, podría tratarse del último paso en la superación de la vieja condición humana.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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