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TRIBUNA

El perro y el Rey

lunes 25 de diciembre de 2017, 19:59h

Noche Buena. En torno a las ocho de la noche, antes del discurso de Felipe VI, di un paseo por mi barrio. Pocas tiendas estaban abiertas. El Corte Inglés cerró a las tres de la tarde. No había mucha gente por la calle. La falta de bullicio en esta plaza siempre me desasosiega. Podía pasear sin agobios por la Puerta de El Sol. De repente una irreprimible tristeza invadió mi alma. Una gracia del amigo que me acompaña me saca de la melancolía: mi perro gira la cabeza y da un salto de alegría al oír su nombre; también yo giro el torso y saludo a un vecino que acaricia a mi can, se lo dejo algunas veces para que me lo cuide, cuando no hay nadie en casa; mi amigo no soporta fácilmente la soledad, sospecho que tampoco mi vecino, porque se pone muy contento cuando lo ve corretear entre los muebles de su piso.

Mi filósofo de cabecera siempre repite que algunos perros son más listos que ciertas personas. ¡Quién se atrevería a poner en duda las palabras de Schopenhauer! Yo no; por eso, seguramente, guardó como oro en paño las pastillas que me dio el veterinario para que se las administres si se queda solo. Una vez lo encontré empapado de lágrimas y solo había faltado de casa media hora. Me prometí no hacerle sufrir. La farmacopea lo cura todo, incluida la soledad de mi perro. Ojalá tuviéramos unas pastillitas para la melancolía de Cataluña, o sea de España.

Mientras le doy vueltas a la soledad de mi perro y a la tristeza de mi espíritu, recibo unas cuantas llamadas, leo otros tantos wathppsas o cómo se diga, felicito a un par de vecinos, y me aborda un antiguo alumno, Ignacio, me recuerda con exactitud el año y la asignatura que le daba y, sobre todo, recalca que se lo pasaba muy bien en las clases. Magnífico. Es el mejor regalo que me podría traer Papá Noel. Llegó en el momento más oportuno. Le di un abrazo y quedamos para vernos otro día. De vuelta de los jardines del Palacio Real, paso al lado del Oso y el Madroño, y a los pocos metros mi perro se desahoga en la puerta del Ministerio de Hacienda. Me río. ¡Justicia poética! Recojo su mandado, lo tiro en una papelera cercana, y regreso a escuchar el discurso de Noche Buena.

Felipe VI estuvo correcto y habló con fluidez (la nieta de mi amigo Paco, que en gloria esté, la reina doña Leticia, hace muy bien su trabajo). Imagino que, detrás de las palabras correctas del rey, iría la procesión. Ya nunca superará Felipe VI los seis minutos de su famoso discurso contra los golpistas catalanes. Dejemos, pues, tranquilo algún tiempo al Jefe del Estado. Es lo poco que nos queda después del 21-D. Renuncio a escribir sobre el discurso del Felipe VI, pero sí tengo unas ganas irrefrenables de insultar a sus relamidos comentaristas. Los editoriales vertidos por los periódicos de papel provocan nauseas, algunos de ellos son tan cursis como idiotas, he aquí un ejemplo: “Eligió un tono deliberadamente positivo, un discurso de afirmación que transmitía el sereno orgullo a que debe invitar la madurez de nuestra democracia.” Ni nuestra democracia es madura ni nadie se siente orgulloso de la derrota de España en Cataluña. El personal está peor que molesto. Derrotado.

Y el rey, sencillamente, está avergonzado, como cualquier ciudadano de bien, por lo sucedido en Cataluña y, sobre todo, porque el pésimo presidente del Gobierno de España, y mira que los hemos tenido nefastos, aún no ha reconocido lo evidente: todo le ha salido muy mal y tiene que dimitir, entre otros motivos, porque se jugó la Nación española a los dados. La dimisión es la única cura que tiene la ludopatía de Rajoy. Este hombre tiene que aceptar su derrota. El fracaso de este Gobierno es total. Y, además, no tomó nota de lo que dijo el rey. Convocó unas elecciones para no asumir su responsabilidad de castigar a los golpistas del 1de Octubre y perdió. Rajoy supeditó la Nación a una consulta popular. O sea, Rajoy hizo exactamente lo contrario que le pidió el rey en el discurso de los 6 minutos… En fin, me callo y me voy con mi perro a dar otro paseo por el Madrid borbónico.

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