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TRIBUNA

Extremadura, la grande

Natalia K. Denisova
sábado 30 de diciembre de 2017, 19:56h

No es fácil hablar de una de las regiones más ricas de España. Lo impiden dos cosas: la cantidad de lugares comunes acumulados en torno a esta tierra y el asombro que provoca, cuando la visitas por primera vez. El tópico pasa con facilidad, mas la admiración nos acompaña toda la vida. Es mejor no intentar abordar Extremadura sin el estudio previo de la historia, la geografía y la agricultura. Yo misma caí en el tópico de “extrema y dura”… Un sinnúmero de historias pululan por todas partes sobre la pobreza, dureza y su escaso atractivo. Lo único escaso, la verdad, es el aprecio que se tiene a ella y, a veces, de mejores carreteras o de trenes más veloces.

Nada de enigmas. Extremadura ofrece sólo soluciones al rompecabezas que es la historia de España y la historia mundial. Este último apunte no debe considerarse fruto de exaltación de un bisoño, lo que le sucedió a muchos estudiosos, especialmente a los “metecos". Esta tierra es el reflejo de la realidad de España del XVI y XVII, de esa España que ocupaba buena parte del mundo; desde esta perspectiva todo empieza a cuadrar y entenderse. Sin Extremadura no se entiende España, ni América, ni las Filipinas. Si reconocemos, siguiendo el sentido común, que la conquista no podría ser una mera destrucción o guerra cruenta, nos damos cuenta de que el hombre de Extremadura fue idóneo para esta labor de establecimiento y construcción de la nueva sociedad. Ni Valdivia, ni Hernán Cortés y menos Francisco Pizarro fueron los hambrientos y analfabetos hidalgos que nos dibujó la historiografía del romanticismo. Igual a alguno de ellos le fallaban las letras, pero nunca el sentido común: en poco tiempo llenaron los barcos y nuevas tierras de ganado, artesanos y obras pías como colegios, conventos y hospitales. ¿Quién sabrá mejor que un extremeño cultivar las tierras ásperas y montañosas? ¿Quién sabrá mejor cómo sacar el mejor provecho a los valles apacibles y fértiles? Con ciencia y paciencia los productos como el jamón, el queso y el vino elaborados aquí han ganado el renombre en concursos y ferias internacionales. ¡Qué decir sobre el consumidor de a pie! Los cuchillos jamoneros no descansan en estas fechas, agrupando varias generaciones en torno a la preparación de envíos a todas partes de Europa.

¡Y qué decir de Guadalupe! Si uno se equivoca, como es mi caso, y en vez de elegir el camino fácil, opta por el más difícil para ir al monasterio de Guadalupe se ve abocado no sólo al cansancio por las vueltas de la carretera, pero también a unas vistas majestuosas y espléndidas. La sierra de Guadalupe en diciembre es mucho más que la afamada Suiza: los montes están cubiertos de tafetán verde profundo de las encinas o de terciopelo plateado de los olivos, que se rompe a veces por un pueblo blanco, lleno de naranjas, limones y flores llamativas. Un vergel. Mas no basta con la naturaleza. La riqueza del monasterio de Guadalupe es inmensa. La basílica, única en el mundo, desde hace siglos es uno de los más significativos centros de peregrinación. Sólo con nombres de los personajes históricos que vinieron a darle gracias a la Virgen ya tenemos escrita la historia de España e Hispanoamérica. Los museos de bordado, pintura y escultura, de libros miniados, las pinturas de El Greco y esculturas de su hijo, Jorge Manuel Theotocópuli, la antesala del cielo o el Camarín de la Virgen… Todo es arte. La visita guiada te cuenta cosas, pero oculta más que cuenta. Por ejemplo, no se presta atención a un hecho importante: la Virgen de Guadalupe no es sólo la patrona de Extremadura y de la Hispanidad, sino que fue la patrona de Nueva España y ahora lo es de México.

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