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ENSAYO

María Teresa Largo Alonso: La revolución rusa. La fábrica de una nueva sociedad

domingo 31 de diciembre de 2017, 13:09h
María Teresa Largo Alonso: La revolución rusa. La fábrica de una nueva sociedad

Catarata. Madrid, 2017. 191 páginas. 16,50 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En 2017 se ha cumplido el centenario de la revolución bolchevique, es decir, aquélla que llevó al poder a Lenin, iniciándose de esta manera una dictadura comunista que se prolongó hasta 1991 cuando tuvo lugar la implosión de la URSS. Octubre de 1917 supuso un acontecimiento cuyas repercusiones se incrementaron conforme transcurrieron los años y no afectaron únicamente al ámbito geográfico soviético.

Por tanto, un suceso de esta magnitud bien merece el trabajo hecho con perspectiva académica que hallamos en esta obra, en la cual su autora efectúa una meticulosa exposición en orden cronológico, empleando abundante bibliografía y fuentes. El resultado cabe calificarlo de sobresaliente pues combina análisis con opinión bien fundamentada. Al respecto, resulta muy útil el apartado de valoraciones que aparecen en el capítulo de conclusiones, donde puede apreciarse como la historiografía marxista (E.H Carr o Hill) reivindicaron el legado de la revolución rusa, definiéndola como “proceso social”, “ataque al capitalismo” y justificando la violencia empleada por Lenin.

Largo Alonso disecciona las razones que dieron lugar a la revolución bolchevique de 1917 para lo cual dedica los primeros capítulos a explicar cómo era la Rusia zarista. Ahí hallamos un país con tangibles diferencias sociales y que muestra un atraso político e industrial con respecto a otras potencias europeas. Asimismo, esta Rusia autocrática presenta en su interior un clima de violencia exacerbado que hunde sus raíces en los populistas y anarquistas del siglo XIX.

Además, es un país con la autoestima nacional baja, consecuencia de las derrotas en las últimas que libró (la de Crimea en el siglo XIX o la que le enfrentó a Japón a inicios del siglo XX) pese a lo cual, no renunció a tomar parte en la Primera Guerra Mundial. Desde el punto de vista de las ideas, encontramos en esa Rusia pre-revolucionaria una notable recepción e interpretación de los postulados marxistas (Lenin, Trotsky, Plejanov…).

Es precisamente la decisión gubernamental de entrar en la Primera Guerra Mundial el fenómeno que va a precipitar la sucesión de acontecimientos que acontecen entre febrero y octubre de 1917. La destitución del Zar Nicolás II dio paso inicialmente a un gobierno provisional (Lvov) y posteriormente a la revolución de octubre liderada por Lenin: Frente al punto de vista aceptado por la historiografía rusa más ortodoxa, la Revolución de Octubre no fue un hecho espontáneo como la de febrero, sino un movimiento cuidadosamente calculado y preparado en el que el disciplinado Partido bolchevique jugaría un papel decisivo. Su carácter altamente jerarquizado y centralizado, con un liderazgo incuestionable, proporcionaba una cohesión muy útil al infiltrar las instituciones por miembros de dicho partido. Su eficacia al construir el nuevo Estado soviético fue decisiva” (p. 113).

El bolchevismo en el poder trató de implementar el “paraíso en la tierra” que venía pregonando décadas atrás. Esto se tradujo en represión, asesinatos no sólo de la oposición y un desprecio flagrante por la democracia y sus mecanismos e instituciones. Debe recordarse que los bolcheviques cerraron la Asamblea Constituyente al no ser mayoría en la misma: “La arbitrariedad en el ejercicio de la represión se dirigió contra la burguesía, ampliándose poco después contra cualquier disidente (…) Los bolcheviques más moderados, ante el temor de ser ellos mismos objeto de persecución, optaron por el silencio y el sometimiento” (p.117).

No obstante, el “nuevo mundo comunista” hubo de esperar pues entre 1918-1921 se libró en el interior del país una guerra civil, mientras que en el exterior Lenin pactaba la humillante paz con Alemania. La autora detalla adecuadamente el modus operandi de los bolcheviques durante la guerra civil, sus estrategias para lograr el apoyo de los más escépticos (por ejemplo, el recurso al derecho de autodeterminación) o la importancia de Trostky a la hora de organizar al Ejército Rojo.

En este punto encontramos una de las principales virtudes de la obra. En efecto, María Teresa Largo Alonso no se conforma sólo con analizar minuciosamente las tres fases que encierra el periodo 1917-1921, sino que va más allá para centrarse en el funcionamiento del nuevo régimen. Ahí emerge la personalidad de Lenin, un político tan populista como cínico, que ante los primeros síntomas de fracaso de su proyecto político (hambre, carestía y pobreza de la población), no vacilará a la hora de introducir medidas de económicas contradictorias con la doctrina marxista, como la NEP que permitía ciertos márgenes a la propiedad privada.

Asimismo, Lenin tampoco dudará a la hora de renegar de la revolución mundial, calificando de reaccionarios a aquellos partidos comunistas de otros países que no se “amoldaran” a la recién creada III Internacional liderada por él: “Poco importaba que la República de Weimar estuviese presidida por Friedrich Ebert, un socialista. Las acusaciones comunistas contra la socialdemocracia alemana y contra la II Internacional los equiparaban a políticos reaccionarios. Ante los intentos reconstrucción de la II Internacional en Berna en febrero de ese año (…) Lenin reclamaba una III Internacional bolchevizada” (p. 156).

En definitiva, una obra que nos muestra el modus operandi que siguió el comunismo para llegar al poder en Rusia, susceptible de resumirse en el tópico de “el fin justifica los medios”, es decir, el fin avaló la violencia indiscriminada. Como señala el historiador Antonio Fernández: “La revolución es un levantamiento contra la autocracia zarista que continuará en la autocracia soviética del régimen de partido único, caracterizado por la falta de libertad” (p.175).

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