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RELATOS

Joaquín Campos: Veinte brotes

domingo 31 de diciembre de 2017, 13:12h
Joaquín Campos: Veinte brotes

Espuela de Plata. Sevilla, 2017. 240 páginas. 17,90 €.

Por Joseph Gazzano

Veinte brotes, como veinte asaltos a tumba abierta. Perdiendo unos, arañando gloriosas gotas de rocío en otros, aunque siempre dirimiendo el resultado a los puntos. Apenas es perceptible la diferencia entre ambos finales. Porque no hay knockout posible en las historias de las que Joaquín Campos, con trazo de forense, nos hace partícipes. Ni de un lado ni del otro, y es que la única distinción entre acabar victorioso o hacerlo derrotado apenas reside en alguna que otra herida de más, la profundidad de los cortes, el tamaño del ojo morado o, a lo sumo, el siempre definitorio segundo ansiolítico. Porque del universo de Campos jamás se sale indemne, se sufren daños: visibles y notorios. Pero se sale muy vivo. Tocado, que nunca hundido. Al contrario, con la verticalidad a flor de piel y la dignidad como calificación vital. Porque el autor nos invita a vivir nuestros días con la pasión como única brújula. Como un Zorba revuelto y trasnochado.

Lo que en este conjunto de narraciones nos escupe en pleno rostro no es más que literatura sin corte, regada con generosas dosis de alcoholismo, ansiedades varias, mujeres de todo pelaje, paseos arrítmicos, viajes al fin de la noche, sexo a contrapié, vértigos ganados a pulso, justas venéreas, burócratas y perros, gatas y calles, cocos verdes con regusto a Jäger, palpitaciones desbocadas, sudores que bien pudieran parecer los últimos, diazepanes salvadores bajo el chorro del aire acondicionado, productos frescos, botellas de agua mineral importadas y manipuladas, travelos express... Todo bajo el manto de neones de la Asia más sombría y húmeda. La que huele a salsa de ostras, glutamato monosódico y desinfectante barato. La que no imposta y es.

Y amor. Porque todos necesitamos amor. Del auténtico. Del que deja marcas y señales. Sólo por La muñones bien merece la pena este libro. Y es que no existe mayor pureza que aferrarse a las cicatrices y besarlas hasta poder volver a la realidad.

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