www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

Posverdad. Un término manoseado

Marcos Marín Amezcua
jueves 18 de enero de 2018, 20:18h

A manera de un simple y primer acercamiento y no olvidándonos de que se trata este espacio de una columna de opinión, expreso que la palabreja 'posverdad', la rechazo y acorde al significado atribuido, la considero mal estructurada desde el punto de vista gramatical. Queda sosa, algo boba, incompleta, insípida y difusa. Irradia una idea diferente a lo que nos anticipa su existencia.

Porque…un poco de todo eso hay. Porque me parece imprecisa y una mala, una burda copia del inglés, para variar. Porque incluso en esa lengua no han atinado a expresar lo que deseaban. Seamos sinceros: un post-thruth es vago. Que sí: que ya se ha aclarado que no es lo que prosigue a la verdad. Menos mal. Muy bien y qué bueno que se aclare. Excelente me resulta que la Real Academia ya la defina como una “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

El sustantivo ya tiene mis reparos, sin atender a si ya apareció en 2003 o 2004 en nuestra lengua. El director de la Rae, Darío Villanueva, la ha casado recién con la mentira, pero sujeta a matices acordes a tema y disciplina científica que la aborde y ligada a la demagogia y a que va de la mano de la profusión informativa en que vivimos, derivada de la multiplicidad de medios para difundir y propalar una idea; que es una información equivocada pero admitida, conveniente, acorde con nuestro sentir; pero además, que nace tal creencia propagada “de la sustitución de la realidad por otra cosa que cae sobre nosotros continuamente”. A modo, pues. Y nos incita emociones. Esto último es clave y me parece sumamente subjetivo y muy poco medible.

Magnífico lo dicho. Empero, entre que son peras o son manzanas –porque persiste la indefinición certera del vocablo posverdad– caben, se cuelan ideas divagantes como es que sinónimo de fake news. ¡Cuidado! No revolvamos. Porque la confusa entrada da para creer eso y lo propicia. Porque luego también dicen que las fake news son simples falsedades, olvidándose de su inseparable impulso mediático y lo peor, confundiendo que un medio no le agrade a su parecer político –tildándolo de mentiroso y de divulgador de tales– y no como lo que es: uno con el cual no congenian. Son cosas bien diferentes. Es como tachar a un comunicador de subjetivo y de parcial cuando está diciendo verdades que no nos gustan y por esa simple razón. Podrán no gustarnos, pero no son bulos. Pero rechazan al medio porque es contrario a su postura política y no porque cuente mentiras. Comodina y convenencieramente estamos revolviendo conceptos.

En medio de este revoltijo afloran en un abrir y cerrar de ojos, la maraña de conceptos neutralizando significados en torno a la posverdad, en tanto se finge salidos de doctas mentes y de sobrevalorados ponentes. A estas alturas del partido en el mundo académico ya se propaló su uso –muy manoseado, pues– y como suele pasar, sabiondos elevan sus cristalinas voces intelectuales, muestra irrefutable de sus apodícticos cerebros, adoctrinando ya sobre su sapientísima naturaleza, pontificando sin pudor alguno. Van muy aprisa. Si los viera. ¡Cómo emplean el neologismo que pinta para palabro, parsimoniosos develando orondos sus múltiples consecuencias, entendidas solo por los exquisitos, desde luego, sancochando sus expresiones con engoladas voces que denotan un pelín de petulancia disfrazada de perezoso entendimiento, porque ellos sí han entendido ese terminajo llamado (aquí hay que hincarse al decirlo, tal parece) como posverdad.

A mí no me da envidia cochina que lo consigan, porque apelo a regresar al origen, a lo elemental para no extraviarnos. No les concedo que hayan logrado comprender el concepto a cabalidad. Reclamo en cambio, la cautela en su uso y evitar su abuso. ¿Queremos decir que algo no es verdad? llamémosle mentira. ¿Queremos decir que la nota no está confirmada? pues eso: no lo está. ¿Qué es falsa? dígase. Pues lo es y así se dice. No sea que hasta se nos haya colado el patoso ser políticamente correcto y lo de posverdad sirva de muletilla, como aparenta serlo, también.

Poseedora de reflectores, la palabra posverdad se repite bajo la máxima “¿a dónde va Vicente? a dónde va la gente”. ¿Qué nutre a la opinión pública? Pues entonces no olvidemos lo veleidosa que es la opinión pública. A mí me sigue pareciendo más una locución de pose y de falsa sofisticación enarbolada sin posibilidades de ser más clara en su significado, olvidándose de que el idioma es una herramienta que apuesta a la claridad o no funcionará y de tal claridad carece el conducente vocablo posverdad, aunque se lo invoque a diestra y siniestra tan aplaudido en apariencia. La voz carece hasta el momento, de un concluyente posicionamiento. Considero que sigue en construcción. Todos la quieren meter en todo con calzador y no, no cabe en todos los ámbitos. Me va usted a perdonar mucho pero no, no cabe. Lo siento, conmigo no cuente. Paso de la expresión.

Ahora bien, rebuscando en la red me topé con las prontas y apropiadas explicaciones de Arturo Torres, quien en una página (https://psicologiaymente.net) apunta sobre la llamarla mentira emotiva. ¡Excelso! Sí, porque con ella se despiertan ciertas reacciones y de allí se determinarán puntuales conductas. Empero, considero que aún no estamos dando al clavo con la definición al completo. Acusa la existencia de la posverdad a la renuncia a la honestidad intelectual, con lo cual se manifiesta la posverdad en pleno y aun todo vale en el nombre de su propia presencia, elaborada de manera compleja para legitimarla. Y en efecto, no es que se crea que me atacas a mí y no a mis ideas como intenta evitarlo el discurso que justifica la posverdad Y digo yo: es que sí me atacas a mí sosteniendo aquella. Así de sencillo y dejémonos de falsos pudores, negándolo.

Torres advierte que con la posverdad “la contrastación empírica y la búsqueda de la objetividad son menos relevantes que la creencia en sí misma y las emociones que genera a la hora de crear corrientes de opinión pública”. Supone la tendencia creadora de argumentos que parten de que “la objetividad importa mucho menos que el modo en el que lo que se afirma encaja con el sistema de creencias que sentimos nuestro y que nos hace sentir bien” conduciéndonos así al “emborronamiento de la frontera entre la verdad y la mentira, y crea una tercera categoría distinta a las dos anteriores. Una en la que un hecho, ficticio o no, es aceptado de antemano por el simple hecho de encajar con nuestros esquemas mentales”. Es demoledora la postura de este autor, ¿no es cierto?

Arturo Torres pone el acento con acierto en que no nos olvidemos que soportando y nutriendo a la posverdad, existen los llamados también alternativa facts, los hechos alternativos, que están recargados en un potente aparato mediático y propagandístico, dejando entrever que a lo más están caminando en paralelo a la posverdad, cuando no alimentándola y dotándola de su verdadero significado, que no es el de una simple mentira. No son lo mismo.

Yo no puedo sino plantearme que el término parece pulular sin límite ni orden. No me entusiasma y no lo difundo como el gran hallazgo y el 'curatodo' que pretenden que lo sea. Creo que debe de madurar todavía y de nutrirse con una tesis más elaborada, más contundente. Me resta esperar y observarlo. Cuando lo oigo mentar bostezo hastiado y me digo en mi mente a su difusor: estás de #aquíteespero. Porque…yo no me animo a redactar un posible significado persuasivo, aún. No, todavía.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+

0 comentarios