Homenaje mínimo a Ingrid Betancourt
viernes 11 de julio de 2008, 21:33h
Es un tópico decir que los periódicos nunca traen buenas noticias. Pero nadie discutirá que la semana pasada todos los diarios de Occidente dieron a sus lectores una no ya buena sino excelente: la liberación de Ingrid Betancourt junto con otros catorce rehenes. Y siendo ya esta la buena noticia, lo es aún más la lucidez moral que revela la ex candidata en sus primeras declaraciones, al subrayar su agradecimiento al presidente Uribe y al ejército colombiano por haber sido liberada mediante una operación militar y no por medio de una transacción (negociación/ negocio/ intercambio... vaya Vd. a saber) con los terroristas a través de una de esas innombrables sociedades anónimas del Bien, que siempre terminan trabajando para el mal. Ese elogio equivale a toda una declaración de principios de muchas páginas acerca del mundo en que ella, Ingrid, prefiere vivir, un mundo de hombres y mujeres libres, que creen los bastante en su estilo de vida como para arriesgar la vida por él. Decía Ortega que había que someter las ideas y los valores a un tribunal de náufragos para contrastar su verdad. La experiencia del secuestro por el que ha pasado Ingrid la convierte en la superviviente de un inmenso naufragio que da a sus palabras una profundidad y una veracidad que nos obliga a escucharlas con toda atención. ¿Y qué dice? Dice que la libertad personal es el don que no se puede negociar, que no se puede condicionar, ni siquiera por el don supuestamente más preciado de la vida.
Habría que ponerse de acuerdo acerca de una obviedad: la vida no es un valor sino un hecho bruto a partir del cual empieza la historia de un ser humano, cuyo sentido depende de la libertad, aunque como bien sabemos, ésta se presenta siempre limitada, condicionada. Pero si se ciega ésta se ciega lo humano de la vida, quedando ésta reducida a una sucesión de funciones y descargas biológicas, como adivinaron los totalitarismos y pusieron en práctica en los campos de exterminio. Esto es probablemente lo que habrá pensado la Señora Betancourt en sus innumerables noches y en sus no menos innumerables horas de vigilia, preguntándose -porque estoy seguro de que lo haría- si tenía algo que dar a sus carceleros, algo para que la liberaran, algo con que negociar. Y contestarse con asombro ante su propia determinación: no. Si está en mi mano, esto sólo debe terminar con la derrota humillante de estos canallas.
En fin, así ha sido y por una vez la historia termina felizmente. No es pequeña lección ésta de la resistencia y entereza de Ingrid Betancourt para unas sociedades azotadas por un terrorismo, cuya enorme potencial de destrucción no reside tanto en los muertos que pueden causar, como en el miedo que difunden en el ambiente.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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