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ENSAYO

Javier Rodrigo: Una historia de violencia

domingo 28 de enero de 2018, 18:06h
Javier Rodrigo: Una historia de violencia

Anthropos. Barcelona, 2017. 192 páginas. 14 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Javier Rodrigo nos presenta en Una historia de violencia. Historiografías del terror en la Europa del siglo XX, una obra vertebrada a través de tres conceptos fundamentales: violencia, víctimas y recuperación de la memoria, si bien el primero de ellos permea sobre el resto y lo condiciona. Para ello, estructura su ensayo en cinco capítulos a los que debe sumarse la introducción, el epílogo y el abundante apartado bibliográfico.

El autor combina teoría con opiniones personales sólidamente argumentadas, cuestionando algunas tesis imperantes acerca de su objeto de estudio. El resultado es un trabajo de referencia a la hora de estudiar el fenómeno de la violencia, sus perpetradores y sus manifestaciones.

La obra tiene un notable valor terapéutico puesto que Javier Rodrigo nos recuerda ciertas verdades reales que corren el riesgo de quedar en un lugar marginal o incluso desaparecer. La principal de todas ellas, la caracterización del siglo XX como una centuria marcada por la violencia y el terror en Europa. Frente a esta afirmación que no debería admitir dudas, el autor discrepa con el hecho de limitar el ejercicio de la violencia solo al periodo comprendido entre 1914-1949. Por el contrario, él sostiene que “la imagen generalizada de una Europa sumida en el terror hasta 1945 y redimida de la violencia en la segunda mitad del siglo XX es equívoca y, sobre todo, extremadamente complaciente. Pensar que la heterofobia y su vehiculación en políticas de la violencia habían finalizado se demostró, con la perspectiva que dan los años, de una irresponsable ingenuidad” (p.37).

En íntima relación con la idea anterior, también rebate la tendencia a atribuir en exclusiva al Estado la implementación del terror, puesto que “es necesario entender tanto los mecanismos como el proceso: no el gran proceso, sino su concreción en pequeños procesos que desembocan, sumados, en la gran aniquilación colectiva” (p. 13). Sobre esta tesis particulariza un poco más con el fin de subrayar que no solo era precisa la existencia de un Hitler o un Eichmann sino también de un entramado concreto de actores (el chivato, el miembro de las SS que encerraba a la víctima en un vagón…), lo que le permite concluir que la responsabilidad, aunque fuese compartida, no queda diluida en un magma sin rostro.

Alemania, Italia y la URSS fueron los escenarios donde la violencia adquirió mayores dosis de brutalidad. Javier Rodrigo profundiza más en los dos primeros países pero en ningún caso exculpa o justifica el modus operandi de Lenin y sus continuadores: “La dureza de la explotación laboral soviética superó con creces a la de los campos fascistas […]. El Gulag funcionó más y mejor en tiempo de paz que de guerra, y se trató de un mecanismo paralelo al de la represión política, social y nacional de las repúblicas integradas en la URSS” (p. 105).

Finalmente, el autor se ocupa de un aspecto fundamental como es la recuperación de la memoria y de las víctimas. Sobre este complejo asunto no se conforma con ofrecer únicamente cifras y hechos sino que busca explicaciones para cada caso concreto (Italia, Alemania, España…). En este sentido, podemos encontrar una suerte de teoría general: cada nación ha tendido de manera voluntaria a crear una historia (relato) oficial “cómoda” y que no le avergüence, es decir, que no le haga cuestionarse aspectos sombríos de su reciente pasado, lo que se traduce en desplazar la responsabilidad de la práctica de la violencia hacia actores poco tangibles y que difícilmente podrán expresarse.

A modo de ejemplo de la anterior afirmación, Javier Rodrigo sentencia lo siguiente: “Mientras que no existen demasiadas dudas en la caracterización del nacionalsocialismo como un régimen en extremo violento, como el estado genocida por excelencia, la calificación (y por tanto, también su memoria) del fascismo italiano ha seguido caminos menos unánimes […]. El Holocausto requiere poca introducción histórica y algo más de contextualización. En el caso de Italia, como regla general, hablar de memoria ha sido y sigue siendo hacerlo de un determinado relato nacional, base de la legitimación institucional republicana” (p.138).

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