www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Vivir la misma vida

miércoles 31 de enero de 2018, 20:22h

Con frecuencia pregunto a las personas de mi edad (74) si les gustaría volver a vivir y, en ese caso, si les gustaría volver a vivir la misma vida. Hay un número respetable de interlocutores que me responden que no les gustaría volver a vivir, algo así como lo que dijo la pintora mexicana Frida Kahlo, en su lecho de muerte: “Me voy y espero no volver nunca jamás”.

Otros afirman que sí, que les gustaría volver a vivir, pero por supuesto una vida diferente. Levantan los brazos a lo alto y exclaman: “¡Una vida mejor, no nos gustaría repetir esta tan horrible…!”. Y hay muy pocas personas, quizá las he contado con los dedos de una mano, que con una enorme paz y seguridad me han contestado: “Sí, nos gustaría volver a vivir esta misma vida, con sus alegrías y con sus tristezas, con la salud y con nuestras enfermedades”.

Dentro de este tercer grupo, lector querido me encuentro yo. Pienso que mi vida ha sido muy rica, muy variada, y he sido un afortunado fundamentalmente porque he tenido unos padres maravillosos que nos han querido con locura…, y es de esa infancia ya lejana donde me viene ese deseo de volver a vivir. Una infancia tan mágica, tan rica que de ella emana como de un reactor nuclear toda mi obra literaria, tanto teatral como narrativa, y de esa obra sale también ese calor originario, como si fuera el Big Bang del que nos habla magistralmente Stephen Hawking.

Y ahora sí, lector, ahora puedo definirte con seguridad lo que es la felicidad, pero no te euforices, porque la felicidad: ES UN MISTERIO.

El dinero ayuda, pero no da la felicidad; la sabiduría también, pero tampoco la da; hay quienes dicen que la felicidad es algo momentáneo.

Mirad, yo he estado profundamente enfermo de niño, escayolado, tumbado sobre un lecho de escayola, inmóvil, en un cochecito de ruedas hasta los cinco años de edad en que sufrí dos operaciones inverosímiles para aquella época (1947), con diferencia de un mes entre ellas y con cloroformo. Aprendí a caminar con un corsé ortopédico que me cogía de la barbilla al pubis a eso de los siete años, no he podido jugar ni embarrarme como los otros niños.

En pleno éxito literario, hacia 1975, sufrí una depresión endógena que me dejó inservible durante 18 años, sin poder escribir. De ambas enfermedades sobreviví. De la primera recuerdo que era inmensamente feliz, mi mundo inmóvil era de una armonía indescriptible, además desarrollé una imaginación que todos conocéis.

De la segunda solo recuerdo que mi fe religiosa y el amor tremendo de mis padres, evitó lo peor, pues de un cáncer no suele suicidarse nadie o casi nadie, pero sí de una depresión endógena de ese calibre.

Bien, pues a pesar de todo, queridos lectores, soy del pequeño grupo final de las personas que responden sonrientes y seguras que desearían volver a vivir esa misma vida.

Podéis comprender que el éxito literario, los aplausos en los escenarios de los teatros nacionales, presenciar el rodaje de mis Series en Televisión con aquellos grandísimos actores, viajar por 32 países de la tierra, tocar el piano - ese placer reservado a muy pocos -, haber sido padre, conocer lo que eso supone, creer con firmeza que vamos a vivir más allá de la muerte, compensa sobradamente los malos ratos, las penas de la vida como llamaba Buero a los trances adversos.

Éstos no han conseguido palidecer una vida que considero sobradamente maravillosa, y le pediría a Dios volverla a vivir antes de partir hacia ese otro mundo del que como dice Machado y también en música de Serrat “jamás has de tornar.”

Creo que de las cosas más bonitas que pueden ocurrirte en este mundo es “desear volver a vivir” cuando llegas a viejo. Pero esto, claro, no está en nuestras manos, hay alguien detrás de todo que así lo dispone.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios