www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

Stalingrado

Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 18 de febrero de 2018, 19:39h

En el Centro Ruso de Ciencia y Cultura de Madrid se puede visitar una interesantísima exposición fotográfica con el título “La nieve ardiente de Stalingrado” cedida por el Museo Central de la Gran Guerra Patria 1941-1945. Es, desde luego, una cita obligada para los estudiosos de la historia militar, pero creo que, en general, todos podemos aprender mucho de Rusia y del pueblo ruso contemplando estas fotografías que muestran el martirio de la actual Volgogrado, que los nazis no pudieron doblegar. Sin ellos, la II Guerra Mundial podría haber terminado de forma muy diferente.

En efecto, entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, en la ciudad de Stalingrado, se decidió el curso de la guerra y, por lo tanto, el destino de Europa. Si los nazis hubiesen vencido, el Frente Oriental hubiera podido hundirse. Lo advirtió el mariscal Konstantin K. Rokossovski (1896-1968) en su libro de memorias “El deber de un soldado” al analizar el curso de la guerra en 1942: “El mando alemán comprendió que, después de la derrota en las afueras de Moscú, la guerra adquiría un carácter prolongado. Ya no estaban en condiciones de llevar a cabo simultáneamente la ofensiva en todas las direcciones estratégicas como sucedió en el verano de 1941. Como objetivo principal para el verano de 1942 se les planteó a las tropas alemanas: aniquilar a nuestras fuerzas al oeste del río Don y, en lo sucesivo, ocupar las zonas petrolíferas del Cáucaso, y también los pasos a través de la cordillera principal caucasiana. Con la salida al Volga en la zona de Stalingrado, trataron de asegurar esta operación. ¡Un plan astuto! Su realización hubiera puesto a nuestro país en una situación extremadamente difícil”.

La invasión de la Unión Soviética había ocupado la mayor parte de los recursos de la Wehrmacht, la Luftwaffe y los aliados del Reich. Detenido su avance ante Leningrado y Moscú, el verano de 1942 exigía un esfuerzo que devolviese al Eje el impulso perdido frente a la defensa y los contraataques del Ejército Rojo. A medida que penetraban en territorio soviético, la resistencia era cada vez más firme. La naturaleza les oponía obstáculos insuperables, como la “rasputitsa”, ese mar de lodo que provenía de las filtraciones de agua al suelo y que impedía a los tanques moverse y a la infantería avanzar con rapidez. Al igual que le sucedió a Napoleón, el Estado Mayor alemán estaba descubriendo que Rusia no podía ser invadida.

Junto a esa primera lección, los nazis estaban aprendiendo otra: la inquebrantable capacidad de sacrificio del pueblo ruso. Se ha escrito mucho sobre la severidad de los oficiales con los soldados del Ejército Rojo y la dureza de las órdenes que recibían. La célebre consigna de Stalin - “¡Ni un paso atrás!”- resumía la Orden 227 de 28 de julio de 1942: “Cada posición, cada metro de territorio soviético debe ser tenazmente defendido hasta la última gota de sangre”. Se trataba de evitar las desbandadas. Se organizaron batallones de castigo para los que se retirasen sin permiso, y se dispusieron unidades para impedir las retiradas en desorden, incluso disparando contra los que escapaban. Sin embargo, como advierte Richard Overy en “La guerra de Rusia”, “es fácil defender que desde el verano de 1942 el ejército soviético luchó porque fue forzado a hacerlo. Sin embargo, el impacto de la Orden 227 puede estar exagerado. Se dirigía, principalmente, a los oficiales y comisarios políticos más que a la tropa y se aplicaba a las retiradas no autorizadas, no a las retiradas en general”. En esta misma línea, Catherine Merridale subraya cómo se recibió la orden 227 entre los soldados: “en 1942, la mayoría de los soldados lo interpretaron como una afirmación de las normas vigentes. Los desertores y los cobardes siempre habían sido candidatos a recibir una bala con o sin el beneficio de un tribunal”.

Así, los alemanes se encontraron en Stalingrado con una resistencia que no lograban comprender. Meridale cita una carta de un piloto de la Luftwaffe a su familia: “no logro entender cómo los hombres pueden sobrevivir a este infierno. Pero los rusos se mantienen firmes entre las ruinas, en agujeros y sótanos, y en el caos de esqueletos de acero que antes eran fábricas”. En la exposición pueden verse fotografías de muchos de esos “esqueletos de acero” que la infantería soviética defendía como fortines. Hay que ver, por ejemplo, las fotos de la fábrica Octubre Rojo, donde se combatió cuerpo a cuerpo y a golpe de granada entre los escombros. En uno de esos combates entre ruinas, destacó el famoso francotirador Vasili Záitsev, que aparece también en alguna de las fotos y es uno de los héroes de mi infancia. En 2014, Crítica tradujo sus “Memorias de un francotirador en Stalingrado”, y en ellas el cazador de los Urales narra una escena casi romántica con una enfermera. Él llega a que le vean una herida en la pierna cuyo vendaje se ha aflojado. La enfermera Dora le espeta: “Usted nunca se da por vencido, ¿no? -dijo Dora con tono fingidamente severo mirándome con sus hermosos ojos pardos- ¿Ha vuelto a engancharse con alambre de espino?” Zaitsev lo niega y entonces ella le pregunta: “¿por qué viene a molestarme?” y entonces el francotirador le lanza un dardo que no hace sino arrancarnos una sonrisa: “el amor es el amor”.

Esos mismos jóvenes presenciaban a diario escenas dantescas como la que nos describe Vasili Grossman en su reportaje “Stalingrado”: “Y verdaderamente fue terrible cuando toda una división de la Guardia, fuerte como Iliá Múromets, no pudo prestar ayuda a los veinte heridos que se tragaba el agua”. En esta exposición, uno ve los rostros de esos hombres de los que dice Grossman: “Unos dicen que la valentía es el olvido de sí mismo y que esto sobreviene con el combate. Otros, con toda franqueza, cuentan que al realizar hazañas heroicas sintieron un miedo inenarrable y que solamente la fuerza de voluntad y su capacidad para saber dominarse les conminó a levantar la cabeza, a cumplir con su deber e ir al encuentro de la muerte. Los terceros sostienen: «soy valiente porque tengo la convicción de que no me matarán»”. Así eran estos rusos cuyas caras vemos aquí a través del tiempo.

A esta resistencia invencible, se sumó la división de los aliados del eje. Lo cuenta Otto Preston Chaney citando al mariscal Zhukov: “El Estado Mayor Central -basándose en la información de los frentes- estudió los lados fuertes y débiles de las tropas germanas, húngaras, italianas y rumanas. En comparación con los germanos, sus satélites estaban menos bien equipados, eran menos experimentados y menos eficientes incluso a la defensiva. Y más importante: sus soldados e incluso muchos de sus oficiales no querían morir por intereses ajenos a ellos en los lejanos campos de Rusia, adonde habían sido lanzados por voluntad de Hitler, Mussolini, Antonescu, Horthy y otros caudillos fascistas”. En Stalingrado, la victoria militar fue precedida por una victoria moral sobre los invasores. Frente a quienes defendían su patria, combatían miles que no sabían bien por qué luchaban.

Al final, la derrota del Reich frente a Stalingrado agotó las capacidades de la Wehrmacht que, en lo sucesivo, iría perdiendo su capacidad ofensiva en el Este. Desde entonces, una vez más, los invasores de Rusia terminaron retrocediendo derrotados. En esta exposición podemos ver los rostros y las acciones de quienes vencieron en aquella batalla que cambió el curso de la Historia.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
1 comentarios