Con los versos del “canto V”, que conmueven y enternecen, merecedores del genio de Dante Alighieri, sobre un escenario del pueblo que fue concebida la Divina Comedia, y que luego por indignas razones políticas condenaron al artífice a un indigno ostracismo, Vittorio Gassman, uno de los grandes trágicos del siglo XX, arrastrando su voz sonora, debidamente impostada e impecable, en un italiano clásico, empezaba su espectáculo unipersonal en el colmado Teatro della Pergola, de Florencia:
Così discesi del cerchio primaio
giù nel secondo, che men loco cinghia
e tanto più dolor, che punge a guaio…
Vittorio vestía una camisa color morada y ante un atril (que ni siquiera miró y casi eludió durante todo el recital, pues se sabía de memoria el exuberante poema de Alighieri), ante un lleno total, bajo un tenso silencio, siguió adelante infundiendo más emoción a su recital:
Sempre dinanzi a lui ne stanno molte:
vanno a vicenda ciascuna al giudizio,
dicono e odono e poi son giù volte.
“O tu che vieni al doloroso ospizio”,
disse Minòs a me quando mi vide,
lasciando l’atto di cotanto offizio,
“guarda com’entri e di cui tu ti fide;
non t’inganni l’ampiezza de l’intrare!”.
E ’l duca mio a lui: “Perché pur gride?
Non impedir lo suo fatale andaré…
Pero el momento más emotivo del recital fue, sin duda, cuando nuestro entrañable actor recitó, con tono trémulo, los tercetos dedicados a Francesca y Paolo:
Amor, ch'al cor gentil ratto s'apprende,
prese costui de la bella persona
che mi fu tolta; e 'l modo ancor m'offende.
Amor, ch’a nullo amato amar perdona,
mi prese del costui piacer sì forte,
che, come vedi, ancor non m’abbandona…
Poi mi rivolsi a loro e parla’ io,
e cominciai: "Francesca, i tuoi martìri
a lagrimar mi fanno tristo e pio.
Ma dimmi: al tempo d’i dolci sospiri,
a che e come concedette amore
che conosceste i dubbiosi disiri?".
Vendría después ese final único, incomparable del “canto V”. Un final donde el portentoso Gassman parece morir con Francesca y Paolo:
Mentre che l'uno spirto questo disse,
l'altro piangëa; sì che di pietade
io venni men così com'io morisse.
E caddi come corpo morto cade.
Corrían los años 80’ y con Antonio Carrizo, memorable periodista y locutor argentino, asistíamos invitados a la famosa Feria di Milano, donde yo, como encargado de arte, monté una exposición de “Humor Argentino”, que engalanaron Quino, Oski, Sábat, Landrú, Lino Palacio, Fontanarrosa, Basurto, Broccoli, Viuti, Caloi, Geno Díaz y otros no menos prestigiosos.
Pero la noche de Florencia fue maravillosa y memorable para mí; también para mi recordado amigo Antonio y para su hijo que lo acompañaba. Como es clásico en esos acontecimientos, los más cercanos, fuimos a cenar con el protagonista en un restaurante ubicado frente a la Piazza della Signoría, donde nos acompañó Diletta, Rubino Rubini, el productor, Alessandro Gassman, su hijo, y el escritor chileno Alejandro Jodoroswki, también cercano amigo de Vittorio. Fue algo honrosamente familiar y definitivamente cálido.
Algunos años después, hacia fines de la década del 90’, en una de las habituales visitas que Vittorio Gassman hacía a la Argentina (“Mi segunda patria”, como él repetía) montamos un idéntico espectáculo en la Biblioteca Nacional, que dirigía el escritor Oscar Sbarra Mitre. Como siempre, el gran Vittorio estuvo impecable. Pero después de la lectura de Dante, nuestro amigo se descompensó y hubo que internarlo de urgencia.
Partió pocos días después y tuve la misteriosa fortuna de coincidir en el mismo viaje a Roma. Lo afectaba un enfisema de pulmón como consecuencia de su compulsiva adicción al cigarrillo. Viajaba un par de asientos delante de mí, pero casi no hablamos. Pasó una noche espantosa durante el vuelo. Nos despedimos en el aeropuerto y me pidió que lo visitara, pero una de sus crisis de depresión lo aquejaba y el encuentro no se dio.
Casi un año después de aquel suceso, el 29 de junio de 2000, el inmenso dramático del teatro y del cine italiano, moría de un paro cardíaco mientras dormía en su casa de Roma. Tenía 78 años. Sorprendida y preocupada de que Vittorio no despertara, siendo un empecinado madrugador, Diletta D'Andrea entró a la habitación de su marido alrededor de las diez de la mañana. Lo vio recostado de lado y por unos minutos pensó que estaba dormido. Sintió un mal presentimiento y le habló, pero Vittorio no respondió. Así, sin estridencias, sumergido en su silencio de poeta y trágico, uno de los grandes actores de la historia daba por finalizada su última escena.
El día de su funeral, sus amigos declararon con menos humor que tristeza que “la primera cana, lo había asesinado”. Cierto, Vittorio Gassman, “il matatore”, el coleccionista de mujeres, como también lo había catalogado el periodismo décadas atrás, tenía un solo anhelo, que lo angustiaba y lo sacaba de quicio: no envejecer y, si era posible, convertirse en un hombre inmortal. “La morte e un fato stadístico, caro Roberto –reflexionó una tarde que tomábamos un café frente a la Piazza del Popolo-. ¿Quién te dice que tú y yo no podemos ser inmortales?”. Como Borges, uno de sus escritores favoritos, Vittorio le tenía terror a la muerte. “Quisiera ser embalsamado, que me ubicaran en un comedor para seguir sintiendo el aroma de los manjares, o mejor en un salón con un pequeño sistema de grabadoras en mi ataúd para seguir jugando con los disparates que me entretienen”, concluyó. No dejaba de dar instrucciones a sus amigos para el momento de su muerte, y hasta llegó a dictar su epitafio que reza en su tumba: “No se dejó nunca enterrar ni en el escenario ni en la vida”.