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TRIBUNA

La verdad y el pasado

jueves 08 de marzo de 2018, 20:08h

Hace ya algunos años pude oír denigrar – disculpen la palabra – la obra de Platón por no ser demócrata. Era una joven aspirante a una plaza de profesora de secundaria y, sin duda, una de esas “demócratas ante todo” que describiera Ortega. Comenté, con reservas, que apelar a semejantes “razones” para expulsar a Platón del canon de la filosofía occidental implicaría suprimir la práctica totalidad de sus figuras. Quizás aquella joven simplemente creía congraciarse con el tribunal que la examinaba suponiendo la vigencia universal de la corrección política. Esta semana se ha retirado la estatua del primer marqués de Comillas – Antonio López y López – de las calles de Barcelona para depositarla en el recinto bien protegido de un museo. La dimensión de la figura alcanza a buena parte de la élite desde luego económica, pero también cultural y política, de la sociedad catalana de los dos últimos siglos. Con la caída del marqués se viene abajo de un modo u otro – en eso que llaman imaginario – la práctica totalidad de la alta burguesía que incluye la minoría selecta de la cultura catalana.

El afán de renombrar es sucedáneo de un programa revolucionario. Aunque no es cierto que nada cambie con el cambio de nombre, y de ahí que sea importante llamar a las cosas por su nombre. El actual dar nombre a las cosas constituye una operación de reasignación ejecutada desde un presente que se juzga absoluto y definitivo. Desde el pedestal ideológico de este presunto final de la historia se busca borrar todo aquello que en el pasado resulta inconveniente o incompatible con la luminosa verdad de nuestro tiempo, de este tiempo de revelación y apocatástasis. Apelando a costumbres, actitudes o valores presuntamente superados por nuestro presente sin mácula puede defenestrarse al marqués de Comillas o al revolucionario Voltaire, al liberal John Locke o al mismo Aristóteles entre tantos otros: todos ellos defensores de la esclavitud o directamente comerciantes negreros. Y en la misma línea de una corrección o verdad política, cuya norma son los valores hegemónicos de una democracia sustantivada y biempensante, algún progresista centro superior de estudios ha querido suprimir de su currículo a los varones blancos (Why is my curriculum white?) que ocupaban, sin respeto alguno de cuota, las páginas de los manuales de historia del pensamiento. El fenómeno es solidario del remilgado puritanismo que acompaña la degradación de costumbres de nuestra sociedad pornográfica. Se esconden representaciones femeninas en grandes obras de nuestra pintura (la Manchester Art Gallery retiró “Hilas y las ninfas” de John William Waterhouse) o se censura la exhibición de notables obras de Egon Schiele en Reino Unido o Alemania. El mismo Reino Unido o Alemania que ocupan puestos de cabeza en las estadísticas de visitantes de pornohub.

En este tiempo del final de los tiempos, en este presente sin trascendencia que se pretende realización del Reino de Dios, apenas quedaría más que someter a los recalcitrantes, empeñados en no ver la luminosa verdad de la democracia realizada, contumaces agentes del pasado, ciegos todavía empeñados en negar que la historia ha terminado, en sostener que no ha comenzado la Era de la Razón y que el mundo mantiene su pulso histórico, contradictorio y brutal. Pasará dolorosamente este espejismo de verdad rotunda, expresada en el manual de las ideas correctas: igualdad, libertad, democracia, sociedad universal de individuos, mercado mundial, diálogo sin verdad, tolerancia sin principios, maneras grotescas y deseos inflamados, papanatismo y pornografía… Será desechado por la historia y las cosas volverán a tener su nombre y con su nombre ocuparán su lugar propio, porque las cosas tienen lugares propios y no todas son del mismo modo aptas para ocupar lugares determinados. El espacio histórico no es relativo a las posiciones variables de los cuerpos. Hay posiciones centrales que han de ser habitadas por realidades nucleares y hay posiciones marginales a las que está destinada la quincalla histórica. Tampoco es relativo el tiempo histórico de suerte que pudiéramos hacer el pasado estricta función de nuestro presente. Sólo el futuro permite esas operaciones irrisorias de reasignación, pero precisamente porque el futuro no es y, por tanto, puede ser cualquier cosa. El pasado, como el presente en que desemboca, no es homogéneo y luminoso sino que incluye luces y sombras, y unas no pueden ser sin las otras. Determinar la magnitud de ambas desde un presente, asimismo diverso y contradictorio, es la labor de la historia. Pero los héroes de la reasignación conciben una ficción histórica, signo de su impotencia actual, y sueñan así un futuro sin continuidad con el presente que deploran. Son hombres y mujeres del futuro. Decía el maestro alegre:

“Puedo hacer el futuro tan estrecho como yo mismo; el pasado está obligado a ser tan ancho y turbulento como la humanidad. Y el resultado de esta moderna actitud es realmente el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica viejos ideales. Miran hacia delante con entusiasmo porque les da miedo mirar hacia atrás” (G. K. Chesterton)

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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