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ENSAYO

Ramón González Férriz: 1968. El nacimiento de mundo nuevo

domingo 11 de marzo de 2018, 16:41h
Ramón González Férriz: 1968. El nacimiento de mundo nuevo

Debate. Barcelona, 2018. 272 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Ramón González Férriz nos presenta una obra en la que aborda un tema, tan mítico como mitificado, sobre el que ya había escrito con anterioridad el libro titulado La revolución divertida (Debate, 2012). En consecuencia, está familiarizado con el objeto de estudio y lo conoce sobradamente.

Este hecho tiene una primera manifestación que estimamos fundamental: no cae en la tentación de idolatrar la mencionada y emblemática fecha de 1968. En efecto, como subraya en el último capítulo: Las revueltas de 1968 no tuvieron un éxito político inmediato. Aunque la sensación de vivir en el caos y al borde de la debacle fue constante, ningún Gobierno cambió de manera tajante sus políticas ni perdió el poder debido a su efecto” (p. 241).

La afirmación anterior no está reñida con otra premisa que defiende González Férriz: buena parte de las reivindicaciones de 1968 fueron asumidas posteriormente, sin prisa pero sin pausa, por el liberalismo. En este sentido, cabe dar un paso más y el autor lo da, ¿qué destino corrieron después sus protagonistas, esto es, quienes lideraron “el 68”? Sin pretender generalizar, muchos de ellos se cobijaron en la universidad, otros formaron partidos políticos (Daniel Cohn-Bendit) y algunos se decantaron por el terrorismo como herramienta para llevar a cabo la revolución.

Al respecto, dentro de esta última categoría sobresalieron las Banderas Rojas (de orientación maoísta), los Wheathermen en Estados Unidos, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania o las Brigadas Rojas en Italia. Todos ellos desplegaron su actividad liberticida durante los años/décadas siguientes, dejando un legado de numerosos asesinatos, robos y secuestros que no condujeron a su tan cacareada y demagógica transformación social.

La obra tiene la virtud de no considerar el “68” como algo homogéneo, puesto que las protestas y revueltas se produjeron en varios centros geográficos operativos, distantes y distintos entre sí. En efecto, desde los más conocidos como Francia, Alemania, Estados Unidos o Italia, hasta algunos otros que probablemente sorprenderán al lector (México o Japón). Tal heterogeneidad generó como resultado que cada uno de los “68” tuviera su propia agenda de reivindicaciones, si bien podemos señalar que existían algunos temas comunes que tendían a crear una suerte de hermanamiento (por ejemplo, la oposición a la guerra de Vietnam).

Asimismo, hallamos en el libro otro “68” de diferente naturaleza, como el que se produjo en Checoslovaquia. En el entonces país comunista, el liderazgo en la propuesta de cambios corrió a cargo del Gobierno de Dubcek que desafió la hegemonía de la URSS, logrando en tal empresa importantes niveles de adhesión entre sus compatriotas. Estos “checos rebeldes” fracasaron en su deseo de crear un nuevo socialismo (vinculado al establecimiento de libertades de prensa, creación de partidos políticos…) pero legaron una consecuencia probablemente no buscada inicialmente: el descrédito de Moscú ante buena parte de los partidos comunistas occidentales. Además, pusieron de manifiesto que en el “telón de acero” existían a algunas grietas notables, como refrendó la actuación durante los acontecimientos de Praga de la Yugoslavia de Tito o la Rumania de Ceaucescu.

Como hemos indicado, el autor está sobradamente familiarizado con el tema que aborda en la obra, de ahí una afirmación fundamental que realiza y que resulta determinante para entender el contenido de aquélla: 1968 no surgió de la nada ni fue un acontecimiento súbito, sino la continuación de una tendencia que se había ido formando a lo largo de, por lo menos, la década de los sesenta” (p. 51). Esta aseveración le sirve para hacer una sobresaliente contextualización de los años que precedieron al que él estudia, explicando por ejemplo las complejas relaciones raciales que había en Estados Unidos, los enfrentamientos entre demócratas y republicanos en Norteamérica, la figura del general De Gaulle en Francia, el consenso entre democristianos y socialdemócratas en Alemania, así como las características sociológicas de quienes orquestaron las protestas de forma no siempre pacífica.

Estos últimos eran, generalmente, jóvenes pertenecientes a las clases medias acomodadas que rechazaron los logros materiales (paz, prosperidad, seguridad…) de la generación de sus padres (de ahí que el apelativo de “niños de papá” con el que muchas veces se les identifique, se halle justificado). Estos “revolucionarios” practicaron una suerte de mesianismo despótico y muchas veces violento, arrogándose la representación de intereses tan dispares como los de las clases trabajadoras o los de los países del Tercer Mundo, sin haber tenido contacto previo con los supuestos beneficiarios de su retórico altruismo.

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