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TRIBUNA

De Turull y el atulluramiento

miércoles 28 de marzo de 2018, 20:30h

La política española, en general (en ella incluyo intencionadamente la autonómica y la municipal), ha llegado a un punto en el que aburre soberanamente al respetable. Aburre y no cesa. Y, lamentablemente, amenaza con seguir por donde solía. El tedio que hoy despierta la vida pública con su decadente imagen solo es comparable con la enorme preocupación de otros por las consecuencias y destino de su deriva.

Golpistas, mangantes, hipócritas, rufianes, macarras, vagos, horteras, acomplejados, desharrapados, y un interminable repertorio de epítetos para el que ni el diccionario de uso del español sirve suficientemente de catálogo, se dan cita en lo que, sin duda, es visto como una suerte de feria de oportunidades para sus portadores, infiltrados de ocasión en el ejercicio de la cosa pública. Y entre ese personal, eso sí, algunas buenas, honradas y respetables personas; gente válida y con verdadera vocación de servicio, que también las hay, pero que, según parece por los síntomas, tendría que venir Diógenes con su linterna a pleno día para encontrarlas. A esos pocos, o muchos, que ya ni se sabe, habría que pedirles perdón por la impresión que tenemos del conjunto por culpa de la imagen que proyectan algunos compañeros de escaño.

Porque lo cierto es que no deberíamos permitir que la parte consiga impregnar al todo y adueñarse de él. Salta a la vista que es un fenómeno generalizado el hecho de que minorías intenten imponer, o hacer comulgar al resto con su estilo, su criterio, y hasta sus programas. Y lo peor es que tal situación no solo no es gratis, sino que nos está costando lo inimaginable, cuando hay capítulos en los que frente a ese derroche se escatima para poder cumplir con ese techo, tan necesario como perverso, que es el objetivo de déficit. Uno se pregunta, inevitablemente, qué habremos hecho los perplejos ciudadanos para merecer esto. O qué hemos dejado de hacer; que esa es otra.

Pero, si hay aspecto que, entre todos, se lleve la palma en aburrimiento, es el incombustible asunto catalán. Por hacer un símil fallero, y que todos nos entendamos, parece que no se les terminara la pólvora por mucho que la gasten en salvas. Es de sopor. Los sufridos ciudadanos, cual pacientes espectadores de fuegos de artificio, aún estamos esperando a la mascletá y hoguera final para ver si los bomberos de la justicia acaban de una vez por todas con una fiesta que ya viene pasada de todo, especialmente, de fecha. Ahora, amigos, toca madrugar y ponerse a trabajar en serio, que ya está bien de comilona política a costa del sufrido contribuyente, y de esa orgía y borrachera, que a los demás y años hastía y nos aburre.

Los Puigdemont, Junqueras, Forcadell, o Jordis, con su distorsionada y cateta concepción de una ya también distorsionada idea de la democracia, hicieron de figuras estelares (o más propiamente, esteladas) en el primer acto de una tragicomedia cuyo final ya adivinábamos mejor los espectadores que los propios actores. En el segundo, han cambiado los papeles, pero se repite la trama, aburrida de solemnidad.

Ahora son los Rull o Turull -muy propio apellido este, por cierto, para quien toma el relevo en el papel estelar de provocador del atulluramiento- quienes salen al escenario para exhibir una vez más la tozudez por convertir su comunidad en un parque temático del despropósito y de la ignominia. Menos mal que esta vez el papel ha sido breve y se les ha dado raudo el pase a los bastidores de Estremera. Fin del segundo acto. Pero, cuidado, que nadie aplauda todavía, que la función aún no ha terminado. Toca ahora exprimir nuestra paciencia porque entramos en el tercer acto. Es el de la sublimación del referido aturullamiento. Turull, aturullamiento, trullo... todo parece un trabalenguas; ¿presos políticos o políticos presos? Tururú; delincuentes en su sitio, sin más historias. La noria sigue girando. La historia de nunca acabar, que constantemente se repite. Todo vuelve a ser previsible. Aviso para sufridores. Porque, de nuevo, el espectáculo se vislumbra tremendamente aburrido. Otra vez intentarán, en vano, confundir al personal y volver al punto de partida. Es el atulluramiento.

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