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TRIBUNA

Divorcio permanente: España y Portugal (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 31 de marzo de 2018, 19:37h

Entre las múltiples consecuencias felices nacidas del estrecho entendimiento –heraldo o anticipo del logro del sueño de su Unión- entre las dos naciones de la Península Ibérica figuraría en primer plano el deslumbrante ejemplo, cara a la Comunidad Europea, de la fusión respetuosa y condigna de su noble y esplendente identidad de dos de los más grandes y civilizadoramente creativos y fecundos pueblos de los anales de la Historia. Tras ella, todos los obstáculos que frustran aún la materialización real de la empresa imaginada por los sabios y experimentados padres de la Unión Europea no tardarían en desmoronarse y dar paso a un capítulo del Viejo Continente y del entero planeta Tierra que solo los poetas, los espíritus proféticos y las almas en incandescencia pueden visualizar...

Mas ni siquiera en los inicios de un año nuevo, periodo propenso a las ilusiones y también a las fantasmagorías, es dable o permitido entregarse a tales ensueños. Hoy más que nunca se impone el realismo más descarnado a la hora de reflexionar acerca de una situación por entero desapacible y estéril como es la que presenta “el diálogo peninsular”. Ni aun en la mesa de los contactos y negociaciones entre las diplomacias de ambos países cabe observar su vigencia más allá de fórmulas manidas y lenguaje estereotipados de cancillerías y embajadas. De todos –y son muchos- los ministros de Asuntos Exteriores de la democracia ninguno se ha distinguido, en verdad, por su lusofilia y el afán acezante por convertir el “diálogo peninsular” en clave esencial de la actividad del Palacio de Santa Cruz. Ciertamente ha colaborado a ello, entre otros factores, la asincronía del tempo político. Desde la recuperación de las libertades por ambos Estados, rara vez han coincidido en su calendario político las mismas fuerzas; sin que, por lo demás, las infrecuentes coyunturas del mismo signo político en Madrid y Lisboa hayan ofrecido un panorama distinto. A las veces, algún responsable de la diplomacia española –los hubo incluso con experiencia y servicios en el país lusitano- pergeñó una sucinta hoja de ruta para hacer del convencional “diálogo peninsular” un instrumento operativo, pero apenas si se anduvieron sus kilómetros preliminares.

No es, sin embargo, el momento de establecer responsabilidades. Pero la historia semeja enseñar aquí, como en tantos otros extremos de la política internacional de los viejos Estados europeos, que sin un protagonismo destacado de sus sociedades, sin la presencia y presión, llegado el caso, de sus círculos más aptos y sensibilizados los gobiernos se descubren, en el mejor de los supuestos, ineficientes y tardígrados en la adopción de las medidas indispensables para alcanzar metas ambiciosas en terrenos como el que ahora transitamos. Unas colectividades galvanizadas por el logro de una rica y fraternal convivencia a una y otra orilla del Duero, el Tajo y el Guadiana constituirían el medio más expedito para que sus respectivos gobernantes priorizasen poner término al triste y estéril divorcio efectivo que a la fecha existe en la realidad cuotidiana lusitana y española.

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