“Rey de las tres religiones”
Martín-Miguel Rubio Esteban
martes 15 de julio de 2008, 21:45h
La intervención que el Rey ha tenido a propósito de la inauguración de la Casa Árabe, en la que ha recalcado su propósito personal de “combatir conjuntamente prejuicios y concepciones excluyentes” nos hace recordar grandes monarcas españoles anteriores de la tolerancia entre las religiones abrahamíticas, como Fernando III el Santo, que se autodenominó “Rey de las Tres Religiones”, o el melancólico Borbón Fernando VI, que habló paladinamente de la deuda inmensa que España tenía con “sus judíos”.
España ha sido el crisol y el cruce, alternativamente pacífico y sangriento, de las tres religiones abrahamíticas, y es lógico que el actual Rey apoye y sostenga el diálogo de España con el mundo árabe, que es un diálogo de España con una parte de su propia alma. Durante casi ocho siglos muchos españoles vivieron entre borrosas fronteras religiosas y políticas, y nuestro propio romancero habla de quienes fueron siete veces buenos moros y siete malos cristianos en esa vida de frontera, de ida y vuelta sempiterna y religiosa. Después los Reyes Católicos bañaron a los españoles en el río Leteo con una eficacia y proficua contundencia que pocos gobernantes en el mundo han sabido practicar.
Es así que hace bien Don Juan Carlos en inaugurar con toda la parafernalia de la monarquía la Casa Árabe, porque los aparentemente superados prejuicios pueden asaltarnos por la espalda, siendo así que el pasado nunca está superado del todo. Enormes dosis de semitismo alberga nuestro código genético, y hace bien Manuel Machado en su autorretrato, no peor literariamente hablando que el de su hermano, cuando afirma poseer “el alma de nardo del árabe español”. La religión, qué duda cabe, es uno de los principales medios con los que formar la razón individual al servicio de la comunidad. Pero para que la religión pueda cumplir su papel esencial en la educación humana debe ser domesticada, desfanatizada. Y en esto judíos y cristianos llevamos algo de ventaja -gracias a la política laica y liberal- sobre los musulmanes.
Y ahora que España ha sido sede de la Conferencia Internacional sobre Religiones, a propuesta del Rey Abdalá de Arabia Saudí, la lectura de libros como Natán el sabio, de Gotthold Ephraim Lessing, debería volver a hacerse inevitable. Además es un placer leerlo en la espléndida traducción del gran teólogo valenciano Agustín Andreu. A la vida hay que salvarla de los falsos dilemas que traen los elativos gestores de las religiones. De otra suerte queda entregada en manos de la intolerancia y la violencia, que diría Swift en Los viajes de Gulliver.
Después de la civilización grecorromana, las gestas más señeras del espíritu humano se dieron en el marco de la civilización árabe, perfecta heredera del Mundo Clásico, bajo la generosa protección de los grandes califas, capaces de hacer una guerra por rescatar un filósofo. Hasta el Renacimiento la antorcha del humanismo se albergó en la civilización árabe, y es justo reconocerlo así. El peligroso integrismo musulmán actual sólo se puede explicar por siglos de antipática humillación que nace con Napoleón, principalmente.
La religión sigue siendo importante, a pesar del Gobierno. Ingrid Betancourt, durante su largísimo cautiverio criminal, se hizo un rosario con botones como cuentas, y lo rezaba todos los días. Eso debió ayudarla probablemente a sobrevivir. ¿A qué no se atreverá ningún representante de los católicos en esa Conferencia de religiones a aludir al rosario de Betancourt?
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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