www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TEATRO

Pedro Muñoz Seca: La venganza de don Mendo

domingo 08 de abril de 2018, 19:36h
Pedro Muñoz Seca: La venganza de don Mendo

Edición y estudio introductorio de Alberto Romero Ferrer. Espuela de Plata. Sevilla, 2018. 184 pág. 15,11 €.

Por Inmaculada Lergo

El 20 de diciembre de 1918, en el Teatro de la Comedia de Madrid, a cargo de la compañía de Irene Alba y Juan Bonafé, con un éxito rotundo se estrenaba La venganza de don Mendo. Caricatura de tragedia en cuatro jornadas, original, escrita en verso, con algún ripio., obra del ya entonces afamado Pedro Muñoz Seca (Puerto de Santa María, Cádiz, 1879-Paracuellos del Jarama, Madrid, 1936). Pronto se cumplirán, pues, cien años de una trayectoria continuada de reestrenos -en los más diversos teatros y montajes para televisión y cine- así como de publicaciones. Con motivo de este centenario vuelve a editarse bajo el sello de Renacimiento (Espuela de Plata, colección «Teatro Moderno») esta comedia genial e hilarante de principio a fin.

Muñoz Seca, al igual que Federico García Lorca, fue fusilado en 1936 -aunque por el otro bando- y fue otro de los muchos intelectuales de esa época, la más rica de las letras y las artes en España, de que nos privó el golpe de Estado militar y la Guerra Civil. Porque Muñoz Seca, pese a su imagen controvertida y a ese cuestionamiento que parte de la intelectualidad del momento, y posterior (cuyo análisis, desde la autoridad que le da su trayectoria investigadora en el género, hace Alberto Romero Ferrer en un estudio introductorio de interés), merece el reconocimiento de la crítica igual que lo tuvo del público. Dice Romero Ferrer que hay una serie de obras, «pocas», que «han merecido la atención indiscriminada de todo tipo de públicos, y su fama ha trascendido los límites estacionales de la cronología que las han visto nacer», y que entre ellas se encuentra La venganza de don Mendo. Una afirmación fácil de ratificar, pues la obra se ha seguido representando sin solución de continuidad hasta nuestros días, un siglo después. Y ello a pesar del menosprecio que lo «bufo», lo cómico, suele suscitar -y lo ha hecho especialmente, a pesar de su calidad, con la copiosa y exitosa producción de Muñoz Seca- en algunos sectores de la crítica. Así ocurrió con las opiniones vertidas en su momento por Enrique Díez-Canedo, Pérez de Ayala o Luis Araquistáin, frente a otros defensores como Cansinos-Assens que valoraba muy positivamente lo lúdico dentro del mundo del teatro; Manuel Machado, para quien no debe existir el prejuicio de juzgar una obra atendiendo a su discurso ético o didáctico o a su dramaticidad; o el mismísimo Valle-Inclán, para quien Muñoz Seca era «un monumental autor de teatro».

Pedro Muñoz Seca creó el denominado «astracán» -al que pertenece esta obra- cuya finalidad última, clara y legítima es hacer reír. Un género basado en la exageración y el disparate, y en juegos continuos con el lenguaje; pero no solo, sino bebiendo de un nutrido y considerable elenco de obras clásicas, a las que parodia. Especialmente las románticas, como el Don Juan Tenorio de Zorrilla, Don Álvaro o la fuerza del sino y Traidor, inconfeso y mártir del Duque de Rivas, Los amantes de Teruel de Hartzenbusch, etc.; y del mejor teatro clásico de Góngora, Lope o Shakespeare. Obras que todos tenemos en nuestro imaginario cultural, de ahí que la caricatura, si está bien escrita como es el caso, funcione de inmediato. Por otra parte, sigue el astracán una tradición muy arraigada en el teatro español desde el Barroco-con los entremeses y otras piezas cómicas breves- que no ha dejado de estar presente en la escena, derivando en el siglo XX en tipos de obras pensadas para el entretenimiento, acompañadas de música en algunos casos; y de tono sicalíptico en otros muchos (La corte de Faraón, por poner un solo ejemplo), aunque alejadas del prestigio del teatro «culto».

Comienza la obra: al levantarse el telón, un trovador termina su canto en la sala del castillo medieval de don Nuño, quien «muy campanudamente» dice: «Ese canto, juglar, es un encanto. / Hame gustado desde el principio, / y es prodigioso que entre tanto canto / no exista ningún ripio». Pues desde este primer ripio, una continua explosión de juegos y burlas jocosas con la historia, el teatro y el lenguaje se sucede sin parar a base de deformaciones («porque es tan grande la insidia, / la perfidia y la falsidia / del mundo que casi envidio / al que apelando al suicidio / toma un arma y se suicidia»); expresiones supuestamente medievales («Y don Pero hablome / y afable y rendido tu mano pidiome, / y yo que era suya al fin contestelle; / y él agradecido besome, abrazome; / y al ver el agrado con yo mirelle / en la mano diestra cuatro besos diome»); mezcla de registros («Pues lo mandan, es razón / que sea muda, ciega y sorda / pero me da el corazón / que aquí se va a armar la gorda»); remedos románticos («¿Tú triste? ¿Tú apenado? ¿Tú sufriendo? / ¿Pero qué estoy oyendo? / Relátame tus cuitas, ¡oh, don Mendo!»); la parodia continua; y puyas de actualidad («¿Cuándo viose acción tan doble? / Nunca ha de faltar un noble / que robe más de la cuenta»).

Comprenderán, y me disculparán, el haberme contagiado con todo ello y no haber podido remediar el haber rimado al uso la conclusión a estas líneas:

Ciertas cabezas sesudas / de pluma muy refinada / y estupidez consumada / dicen que esta obra es menuda / en la ciencia literaria. / Afirmación temeraria, / pues si alguien fuera capaz / de ser tan buen cocinero, / que lo demuestre primero / y así estaremos en paz. // Así que lectores todos, / altos, bajos, flacos, gordos… / óiganme bien el consejo / y no hagan el pendejo: / si se quedan con las ganas / de leer este Don Mendo / que vale su peso en plata / -con el corazón lo digo- / habrán hecho cosa mala. // Ser felices un buen rato // y reírse sin parar // a mandíbula batiente // habrán dejado escapar.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
0 comentarios