Tuve ocasión de ser parte del jurado en la última convocatoria, la XXI, del ya muy consolidado y reconocido Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado en Baeza”, que concede el Ayuntamiento de la ciudad -con el patrocinio de la Diputación de Jaén- y que publica posteriormente Ediciones Hiperión. Y creo que merece la pena traer hoy aquí el poemario ganador de 2017, De la mano, de Reinaldo Jiménez Morales (El Cerval, Almuñécar, Granada, 1969) para una difusión que desde luego es de justicia.
Es De la mano un poemario que, paradójicamente –pues su intención está alejada de una búsqueda de lo llamativo o inesperado–, sorprende al lector, precisamente por su carácter de sereno clasicismo en medio de una actualidad literaria en la que dicha vía poética ha caído en desuso -incluso en desprestigio- y de un imaginario vital muy alejado de lo que es soporte y fundamento de los poemas que nos ofrece: el campo, el paisaje, la vida sencilla… De ahí que destaque el hecho de cómo en sus páginas, frente a la visión “feísta”, urbana, derrotada y desesperanzada de mucha de la poesía actual, sus reflexiones retomen el tono horaciano, utilizando elementos de la naturaleza: la piedra, los pájaros, los árboles, los bancales, la floración, el injerto, la lluvia… Todo se observa y se metaforiza, con un tono muy machadiano (“Aquí se puede oír / la fragorosa dispersión / de marzo. […] Una aguada de luz / primordial y recóndita / impera entre las cosas. / Es el dolor, el cántico / de los alumbramientos”). A ello hay que unir el hecho de encontrarnos ante un libro muy bien construido y en el que hallamos una gran variedad métrica que se ejerce con claro dominio de la técnica.
Un poema de apertura y otro de cierre, ambos muy poderosos, acotan en varios capítulos una reflexión profunda, a veces dolorida y a veces gozosa, pero siempre serena, de la vida. En el primer poema, que da título al libro, el autor camina de la mano de su hija; y en él se comprueba ya cómo Reinaldo Jiménez valora en su poesía aquello que él mismo valora en la vida y aconseja a su hija: “El amor sobre todo, lo sencillo, aprender humildad en aquello que miras, sentirte en el caudal de este mundo que fluye”. Y entiende la poesía del modo que anuncian las acertadas citas que ha elegido para encabezar su libro, entre ellas la de Kathleen Raine: “No era palabras escritas en una página, sino pájaros en el aire, en el crepúsculo, contra el viento […]; era árboles, era piedras y materiales, una faz mudable de cosas que comunicaban un conocimiento que las palabras sólo pueden representar o evocar remotamente”; todo eso que Reinaldo Jiménez ha conseguido metaforizar con tanto acierto en De la mano. Así, mientras un día de enero se dispone a injertar unos almendros, recuerda cuando lo hacía su padre junto a él y le enseñaba; y también cuando más tarde…: “Yo lavé su cuerpo ya mermado. / Pero al lavar su cuerpo, ¿qué lavaba? / Qué tránsito de amores y de savias / en aquel ritual de la dura rutina /entre el viejo y el joven / de entonces, que hoy enjerta, ya pasados los años, / con los ojos repletos de verdor y de lágrimas, / pudorosos, abrumado, al saber que en aquello / hubo tanta ganancia”.
Al leer estos poemas, uno siente que en ellos la vida está en su sitio, y se reencuentra con lo que de verdad importa, más allá de lo que habitualmente, en el “ahora” de nuestras cada vez más aceleradas y ocupadas vidas, colocamos en la parrilla de salida cada mañana al plantear la agenda del día que comienza, tachando el anterior como si fuera ya materia ajena, inexistente o ya muerta. Por el contrario, para Reinaldo Jiménez, el tiempo se asemeja a los surcos abiertos en la tierra para la siembra, que “demandan a la vez que ofrecen”; y al caminar sobre ellos, comprende que no hay edades, sino que tenemos la misma “que enero en los almendros; / la edad del chamariz, tan repentino, / sobre las ramas del escaramujo; / del robusto alcornoque, tan hermoso, / sin tiempo”.
Reinaldo Jiménez es un poeta ya consumado, con varios libros en su haber, que ha puesto sin embargo su impulso -dejando de lado el afán del reconocimiento y la fama- únicamente en gozar con la escritura y especialmente con el sentimiento poético cuando le invade. Y es porque sabe, desde el conocimiento que da lo sentido, no lo aprendido, que las sencillas piedras de los arriates, con igual dignidad y belleza que las de un templo, “edifican, entre las cañas, / y las malvarrosas, / de sencillez un ámbito / de púlvida belleza”. Alabado sea.