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ENSAYO

Mario Vargas Llosa: La llamada de la tribu

domingo 15 de abril de 2018, 19:32h
Mario Vargas Llosa: La llamada de la tribu
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Alfaguara. Barcelona, 2018. 311 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El Premio Nobel de Literatura aborda, en esta autobiografía intelectual, su evolución ideológica desde el marxismo hasta el liberalismo que hoy defiende con pasión pero sin sectarismo. En ese viaje le acompañaron una serie de autores –Hayek, Ortega, Popper…-, que analiza en las páginas de este ensayo tan sólido como lúcido. Por Adrián Sanmartín

En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa nos ofreció uno más que interesante libro de carácter autobiográfico en la que el Premio Nivel de Literatura compartía con los lectores sus más decisivas vivencias en dos épocas. Así, por un lado, los años que recorren su infancia y adolescencia hasta que deja su Arequipa (Perú) natal, donde nació en 1936, para trasladarse a Europa, y, por otro, el momento en que decide presentarse como candidato a la presidencia de su país. Ahora, nos brinda un volumen que viene a completar aquel desde otro punto de vista, que resulta, si cabe, incluso más atractivo.

La llamada de la tribu es lo que podríamos denominar una autobiografía intelectual, o quizá mejor una autobiografía ideológica que nos ayuda a comprender mejor la actual posición política del autor de Conversación en La Catedral, y cómo se fue fraguando su cambio ideológico desde el marxismo hasta llegar al liberalismo que hoy defiende y por el que aboga, al considerar que “la doctrina liberal ha representado desde sus orígenes las formas más avanzadas de la cultura democrática”. Una doctrina que muestra una cualidad esencial, que Vargas Llosa destaca desde el principio de su ensayo: “El liberalismo es una doctrina que no tiene respuestas para todo, como pretende el marxismo, y admite en su seno la divergencia y la crítica, a partir de un cuerpo pequeño pero inequívoco de convicciones”. Por ejemplo, tener como eje la libertad, como también recalca desde el comienzo el escritor hispano-peruano: “La libertad es el valor supremo y no es divisible y fragmentaria, es una sola y debe manifestarse en todos los dominios -el económico, el político, el social, el cultural- en una sociedad genuinamente democrática”.

A la vez que subraya uno de sus mayores atributos: “El liberalismo no es dogmático, sabe que la realidad es compleja y que a menudo las ideas y los programas políticos deben adaptarse a ella si quieren tener éxito, en vez de intentar sujetarla dentro de esquemas rígidos, lo que suele hacerlos fracasar y desencadena la violencia política […] Un Gobierno liberal debe enfrentar a la realidad social e histórica de manera flexible, sin creer que se puede encasillar a todas las sociedades en un solo esquema teórico, actitud contraproducente que provoca fracasos y frustraciones”.

La asunción del liberalismo no se produjo en Vargas Llosa de buenas a primeras, sino que es algo perfectamente meditado. El primer capítulo del libro se centra en explicar su primitiva adscripción juvenil al marxismo, trufado poco después con el existencialismo sartreano. Una adscripción que le condujo, como a no pocos intelectuales, a saludar con alborozo el castrismo, viajando en varias ocasiones a Cuba y ampliando sus lecturas de teóricos y practicantes del marxismo, o próximos a él, como Lukács, Gramsci, Goldmann, Frantz Fanon, Régis Debray, el Che Guevara o Louis Althusser.

Su vinculación marxista se fue cuarteando por diversos motivos, entre otros la creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en la isla caribeña, que facilitó los campos de concentración donde se confinaba no solo a cualquiera que mostrara la menor disidencia, sino a homosexuales y delincuentes comunes, o un viaje a la URSS a finales de los años sesenta donde comprueba que el supuesto “paraíso” no es tal y que a los escritores, creadores e intelectuales se les exige una absoluta sumisión, como le confirma un ruso parlanchín bajo cuerda, confesándole que los más privilegiados son “los escritores sumisos. Tienen dachas para pasar las vacaciones y pueden viajar al extranjero. Eso los pone muy por encima de los hombres y mujeres del común”. Entre los últimos trabajos aparecidos en nuestro país, resulta muy recomendable en La palabra arrestada, de Vitali Shentalinski (Galaxia Gutenberg), centrado en el asunto del acoso y derribo en la URSS hacia los intelectuales que no se plegaran de manera absoluta. Igualmente, para la represión en general del sistema comunista, es provechoso Memoria del comunismo (La Esfera de los Libros), de Federico Jiménez Losantos.

El punto de inflexión de su ruptura con el castrismo, y “en cierto sentido, con el socialismo”, tuvo lugar a raíz del célebre caso Padilla, en el que el poeta Heberto Padilla, que había participado activamente en la Revolución cubana, fue vilipendiado, objeto de acusaciones absurdas, como ser agente de la CIA, y encarcelado, por el “delito” de criticar al régimen. El distanciamiento y ruptura de Vargas Llosa con el marxismo no le arrastra, sin embargo, a abrazar de inmediato el liberalismo. Como el propio Vargas Llosa aclara también, fue un proceso de varios años, donde va comprendiendo que las llamadas “libertades formales” de la “democracia burguesa” no eran una simple y engañosa apariencia, sino “la frontera entre los derechos humanos, la libertad de expresión, la diversidad política, y un sistema autoritario y represivo, donde, en nombre de la verdad única representada por el partido comunista y sus jerarcas, se podía silenciar toda forma de crítica, imponer consignas dogmáticas y sepultar a los disidentes en campos de concentración e, incluso, desaparecerlos”.

En ese viaje de Mario Vargas Llosa desde el marxismo hasta el liberalismo desempeñan un enorme papel sus lecturas y relecturas de siete autores que irá comentando y analizando en sucesivos capítulos: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich August van Hayek, sir Karl Popper, Raymond Aron, sir Isaiah Berlin y Jean-François Revel. Como no podía ser menos en una figura de las características y talla de Vargas Llosa, el acercamiento a todo ellos es brillante y nos descubre aspectos nuevos. Y, pese a formar su santoral, no deja de matizar algunas cuestiones, e incluso, señalarles ciertas zonas de sombra. Al igual que hace con el liberalismo en general, pues su defensa no se reviste del atolondrado y completamente acrítico entusiasmo del converso. Denuncia y rechaza, por ejemplo, el hechizo que ejerce en ciertos economistas el mercado libre “como una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales”, y aclara puntos y confusiones como dejar diáfano que “los liberales no somos anarquistas y no queremos suprimir el Estado”.

Un ensayo de más que provechosa lectura, incluso para aquellos que no estén de acuerdo con sus presupuestos. Advertencia y perfecto antídoto contra esa “llamada de la tribu”, es decir, contra ese irracionalismo primitivo al que se refirió Popper que anida en todo hombre y que busca su subordinación al brujo, al cacique, todopoderosos -líder carismático como los gerifaltes de los regímenes comunistas-, abdicando de su responsabilidad.

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