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TRIBUNA

Vademécum coyuntural

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 26 de abril de 2018, 20:24h

No sé cómo llamar a este artículo que escribo el día de la dimisión de Cristina Cifuentes. Vademécum era la lista de medicinas que los galenos aplicaban a los enfermos teniendo presente los síntomas que éstos presentaban. Algo así se me ocurre este día que no será inolvidable, o histórico, calificativos que se emplean en las crónicas periodísticas hasta que surja el siguiente acontecimiento, por ejemplo, lo que sucederá mañana, cuando se conozca la sentencia sobre “la Manada”, que enervará nuestra ya débil moral pública, pero será un imán para la atención de millones de ¿espectadores?, ¿electores?, ¿ciudadanos?

Leyendo con atención el artículo 6 de la Constitución, el que trata de los partidos políticos, creo que éstos están enfermos de obesidad, y sus síntomas más preocupantes son que sus sentidos padecen de desorientación. A ver, la señora Cifuentes, cuando se supo que su master era dudoso, no quiso dar una explicación lógica, y ante eso, su partido político, sus miles de militantes, en lugar de activar sus cometidos democráticos, esos cometidos que la Constitución basa en que “Su estructura y funcionamiento deberán ser democráticos”, los máximos representantes del partido, y de las instituciones del Estado, en la Convención partidaria, se rompieron las manos a aplaudir a una señora Cifuentes que, unas horas antes, se había dedicado a congelar su imagen repitiendo el eslogan de “¡no me voy, me quedo!”.

Su partido político la aplaudió, algunos susurraron a sus periodistas de cabecera su opinión menos complaciente, y unos y otros, desde Cristina Cifuentes, a los dirigentes ungidos del poder partidario, señalaron que se haría lo que el doblemente presidente Rajoy decidiera. Es decir, los afiliados populares de Madrid, aquellos diputados que la votaron para hacerla presidente de la Comunidad de Madrid, no tenían nada que decidir sobre el destino de Cifuentes. Sin que a nadie le alterase el ánimo, su alma democrática, todos, y buena parte de la opinión publicada -la opinión pública está por ver-, encontraron lógico que sólo Rajoy tenía el poder de ¿cesarla?, ¿dimitirla? (Los verbos mutan para ajustarse a unas palabras que no significan ya lo mismo).

El PP se ha convertido en una monarquía, monarquía absoluta, parecido a aquellos reyes de siglos atrás que tenían que pactar con una nobleza ilustrada, y cuando llegaba la decadencia, o la crisis, estaban obligados a pactar con camarillas avarientas de poder, o instaladas en el “sálvese quien pueda”. Esta metáfora no refleja sólo a ese partido, sino a todos los demás del sistema, pero lo que me causa preocupación es que el PP ostente el Gobierno nacional.

Pero atención, como ocurría en esos tiempos pretéritos, cuando el tiempo pasaba lentamente, el monarca, en este caso Rajoy, no parece haber movido a Cristina Cifuentes de su cargo. Mientras el presidente del PP mantenía un silencio sobre su futuro, las redacciones de los medios de comunicación, los consejos de administración de grandes empresas, recibían dossiers sobre la vida y andanzas de Cifuentes. Yo no los he visto, pero los que los han conocido salen temblando, a poco que tengan escrúpulos. Después de días y días debatiendo del master de Cifuentes, y del mal que ha causado al prestigio interno e internacional de la universidad española, un vídeo de hace siete años, sobre un presunto hurto de Cifuentes, produce la dimisión de la presidenta de Madrid.

El poder único del partido no tuvo que hacer nada. Es más, Rajoy manifestó: “Cifuentes ha hecho lo que tenía que hacer”. Los demás hacen cosas. El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, también las hace. Pacta con el PNV unos presupuestos que serán una riada de millones para la Comunidad Vasca, pero el pacto se perfeccionará cuando haya gobierno en Cataluña, y se levante el 155 de la Constitución. A partir de las disposiciones del magistrado Llarena, que se ha visto forzado a establecer el voto delegado, ¿qué hará finalmente el Gobierno con esa novedad? Mi modesta opinión, aceptar la delegación de voto alterará nuestro parlamentarismo, y convendría meditar con el artículo 1.3 de la Constitución cuando establece, nada menos, que “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”.

José Ortega y Gasset, describiendo una España que se pasaba por alto la Constitución de 1876, encontraba las causas del malestar en que la política era “acción directa, e improvisación”. Con ello denunciaba el nulo respeto a la ley de los actores políticos.

Viendo que la definición de Ortega puede aplicarse a estos tiempos nuestros, ¿no sería necesario ir a unas elecciones que pongan fin a otra legislatura fallida? ¿Diagnóstico de la coyuntura?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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