“He leído el texto. Me ha costado mucho entenderlo. ¿Y el lector? No sería de extrañar que mis memorias fueran incomprensibles para él. ¿Es posible comprender los recuerdos de otro, una vida ajena? Podría parecer que yo debería saber qué digo. ¡Ca! ¿Puede uno comprender sus propios recuerdos?” Janus Korczak reflexionaba así al releer lo que había escrito durante ese verano, el verano de 1942, poco antes de su camino a las cámaras de gas de Treblinka. El doctor escogía la primera luz de la mañana para escribir o la noche, cuando las gotas de la botella de vodka que guardaba bajo la cama le permitían elevar un poco el ánimo e imaginarse cómo sería su vida si él, como muchos otros judíos, no hubiera nacido en el Este, si no vivieran aislados en un gueto de Varsovia en plena Segunda Guerra Mundial.
Esta obra resulta un testimonio autobiográfico singular. Lo inundan las reflexiones de un hombre sobre su propio pasado y futuro, así como sus preocupaciones del día a día en su labor como director de uno de los muchos orfanatos judíos. Diario del gueto nace de la necesidad de desahogo y orden mental que se adueñaba de Janus Korczak, pediatra y pedagogo de renombre y mártir del Holocausto que ha pasado a la historia por su dedicación a los niños en la guerra. Tras una carrera como médico en Polonia y experiencia en el frente ruso contra los japoneses, Korczak decide presentarse como candidato a director de un orfanato de Varsovia. Apenas unos años más tarde comenzó la Segunda Guerra Mundial y el mantenimiento de orfanato y el bienestar de sus niños se convirtió en su única misión vital.
Cuando uno lee la obra tiene la sensación de que el diario era el lugar al que recurría Korczak para escapar de las realidades de la vida presente en el gueto, más que para dejar una memoria realista de lo que allí ocurría. Si bien aquellos que busquen saciar su curiosidad con una crónica sobre cómo era la vida en el gueto pueden llegar a sentirse frustrados por la falta de respuestas, el diario es una memoria subjetiva e introspectiva, una muestra que resalta el papel fundamental que suponía la escritura para el autor. Para él la escritura era su refugio, una manera de escapar, de catarsis, de supervivencia.
Esta edición, la primera en la que se traduce al castellano su diario, guarda también otras gratas sorpresas. En su interior el lector encuentra cientos de anotaciones a pie de página y numerosas fotografías a lo largo de la primera y segunda parte del volumen. Así como otros escritos del doctor, el manuscrito del diario y otros documentos originales, y una biografía escrita con mimo y detalle.
Lo más fascinante es cómo el diario refleja la forma de resistencia espiritual de Korczak, como se aferró a sus principios, a su deber primordial de mantener el orden y las buenas prácticas cotidianas en el orfanato, pasara lo que pasara. Con estrategia militar anotaba casi todos los días las llamadas por hacer, las cartas por escribir, los proveedores que buscar. A veces hacia un análisis de cómo había transcurrido la jornada con sus victorias y sus derrotas. Nunca pestañeó, nunca se dio por vencido. Su misión le mantuvo hasta el momento en que su cuerpo dejó de obedecer.
En su conjunto, Diario del gueto constituye, más que un emotivo testimonio autobiográfico o un documental de incalculable valor histórico, una ventana indiscreta a la esencia de la conciencia humana, a la supervivencia como deber, a la esperanza. Las palabras de Janusz Korczak hacen que uno se le revuelva el alma: “Nacer y aprender a vivir es un trabajo difícil. Me queda por delante otra tarea mucho más fácil: morir. Después de la muerte, las cosas pueden volver a ponerse peliagudas, pero no pienso en ello. ¿Es mi último año, mi último mes, mi última hora?”.