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NOVELA

Luis Mateo Díez: El hijo de las cosas

domingo 29 de abril de 2018, 18:50h
Luis Mateo Díez: El hijo de las cosas

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018. 340 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 13,99 €. El escritor y académico nos propone una novela desternillante, en torno a un díscolo personaje que amarga la vida a sus dos hermanas, donde Luis Mateo Díez se muestra de nuevo como un extraordinario orfebre de la lengua española. Por Francisco Estévez

El sonoro aldabonazo que significó la irrupción de la magnífica novela La fuente de la edad (1986) destacó a Luis Mateo Díez como uno de nuestros más seguros valores narrativos en la época. Un reguero de muy buenas novelas (léase el acercamiento propuesto en una antigua columna) y algunas excelentes composiciones como Camino de perfección (1995), la trilogía de El reino de Celama o las novelas cortas recopiladas en Fábulas del sentimiento, donde el genio del maestro se descuelga con multitud de virguerías, validan a su autor ya hoy mismo como un clásico moderno que ejerce, igual que su propia literatura, con discreción, elegancia y laborada sencillez su magisterio.

El hijo de las cosas explora a carcajada batiente las vicisitudes de un curioso desorden familiar configurado por tres hermanos, trasunto de otros males sociales, desde un hilarante costumbrismo abstracto y un derroche lingüístico sin tasa. Un juez envuelto en su propia lengua de mazo y balanza, unas hermanas tan tiernas como impenitentes en el error y un hermano calavera que zascandilea a su caprichoso aire son la antesala de una sucesión de personajes ilustres o misteriosos en situaciones inverosímiles, que por acumulación o por intensificación confiere al texto una especial contextura con diabólico in crescendo.

La raigambre clásica, labrada de Luis Mateo Díez, dota de una modernidad clásica a su escritura cargada de fino lirismo, aliento metaficcional y laboriosa reflexión de lengua. Por ejemplo, el arcaísmo burocrático con que personaliza psicológicamente a un personaje o la alusión sexual con juego pleno del Eros y Thanatos con remate genial: “Toda negra, toda oscura, hasta de luto la lencería -pensó Lamo Beraza, aspirando el perfume del que obtenía un aliento embriagador, que aunaba la imaginación y el instinto, mientas iba tras ella como un perro de aguas”. Así, a caballo entre la greguería y la micronarrativa un talentoso despliegue de figuras retóricas incide en esta novela en la reiteración enfática ya comentada.

Basten tres párrafos del arrebatado inicio para que el olfato literario del buen lector sepa que delante de sus antiparras se extiende un bocado de sabroso cartílago literario. Puede suscitar interés en primeras páginas la atenta selección léxica, remarcada en adjetivos, en giros lingüísticos, en frases hechas, retruécanos y otros juegos malabaristas del ducho autor, una aparente enumeración caótica (Leo Spitzer a la zaga), un uso del refinado arcaísmo de “contener” o una rima interna milimétricamente calzada. Pero más allá lo que azuza esta desternillante novela es esa trenzada suerte hilada a menudo con el equivocado, la insistencia en el error, la responsabilidad vista como pesada carga del destino... La poliédrica obra del leonés (incluida su desconocida poesía en los tiempos de la revista Claraboya) apunta siempre a un núcleo sustancial.

Y compone en este vertiginoso relato una de esas fábulas tan queridas por el autor, aquí con la nota y énfasis particular del humor expresionista, como acuña el propio Luis Mateo Díez, cercano algún momento a despeñarse en el absurdo desconcertante. Los bellísimos títulos de capítulos podrían referirse de igual modo a una novela de aventuras ambientada en el armario clásico de nuestra cultura de donde Luis Mateo Díez toma sus mejores galas con cierto regusto cervantino, entiéndase: “1. Las hermanas encantadas, 2. La mazmorra del cautivo, 3. El ardid ortopédico, 4. Pesquisas y componendas, 5. La jaula de oro”. Y, sin embargo, dan la talla exacta del núcleo de cada capítulo a la par que envuelve todo de un aliento intemporal fértil en matices literarios.

En definitiva, por decirlo de una vez por todas, en El hijo de las cosas el juego constante del lenguaje paladea un recreo sin fin con el magistral estilo de Luis Mateo Díez. Otra novela de altura y comenzamos a perder el número de tales, que a la chita callando, sin alharaca y con buena pluma vuelve a mostrarnos a uno de los mejores orfebres a la hora de tallar la noble lengua española.

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