Todos recordamos, de modo turbio y desolador, el comienzo mismo de
El extranjero de Camus, la historia de un amoral que no recuerda lo hecho con su pobre vida: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. Luis Antonio de Villena, mucho más moral de lo que tantos suponen, búho de la noche, erudito de la bohemia y el dandismo, mezcla relato y oración, amor y daño, lirismo y fervor, plegaria y maldición en
Mamá (Cabaret Voltaire).
Nadie le ha perdonado aquí jamás a Villena su vida de lujo: salir los siete días de la semana, no conocer el metro/bus de Madrid, gastar dinero con alegría, no trabajar, llegar a casa a las claritas del alba, levantarse para comer, escribir cuatro horas por la tarde y volver a las zanjas de la noche, donde reír es otra música y las coplas áulicas aflojan cualquier turgencia. Cuenta algo en Mamá, mucho más en Dorados días de sol y noche (Pre-textos); éste último sus memorias adolescentes, sexuales, ya salido a la vida sin ningún freno ni dogal, al son de la moda y sus altas castañuelas.
Cuenta una vida de encuentros y desencuentros, de soledades y viviendas aparte (barrio de Salamanca), de novios de ella (pocos, dos), viajes y el final, descorazonador, un poco orgiástico, en el Casino de Torrelodones, ludopatías por el medio con las rentas mermadas. Solo concibo dos ramas de la literatura: una literatura de la propia literatura (Borges) y aquélla otra marcada por la vida (Baudelaire), de donde sale siempre un texto en estado de rapto que es también, sin pedantería alguna, puro golpe de vida. En esta última, quitando estudios, están el ciento de libros largos de Villena: “vivir” ahí es lo crucial y, sí, el consiguiente “verse vivir” como origen textual.
Mamá es purga pero también oración, es letanía y también la indefensión propia de quien no sabe vivir, completamente desorientado, inútil para la vida práctica, sin el ala encima de su protectora. Mucho le debe la cultura española a Luis Antonio de Villena: sus estudios de Álvaro Retana, Hoyos y Vinent, Aníbal Turena, Wilde… todo el hervidero, la hoguera mayúscula que conformaron Fin de Siglo, Modernismo y Generación del 98, en sus nombres menores y a deshora, la mayoría olvidados o apolillados, hasta llegar al grupo Cántico y sus penas. Su Movida madrileña no fue una quimera: Madrid ha muerto por algo se vende a cuatrocientos euros en lance.
Presentó mi correspondencia con Leopoldo M. Panero (Los héroes inútiles), algún poemario (El hombre entre las rocas) y la compilación de piojosos franceses (Diario del artista echado a perder). Su poema Un arte de vida (“Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,/ tu corbata de tarde, la carta que le escribes/ a un amigo, la opinión sobre un lienzo, qué dirás/ en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto/ de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero…”) configura toda su estética. ¿Lo mejor de Mamá? El ajuste con el padre bebedor, fullero y bribón, cliente habitual en Chicote.