María Hesse es una ilustradora en llamas, apoteósica, cuya juventud llena de prisa y diamantes ha dado a Lumen dos joyas:
Frida (más de treinta mil ejemplares vendidos) y ahora
Bowie (en colaboración con Fran Ruiz). Lleva el viento en la suela de los zapatos: no son libros sino disparos, sintetizadores de vidas en muy poco espacio, muy poco tiempo, donde el peligro se saborea como un caramelo más bajo los párpados encendidos de dulce pálpito.
Bowie raro y extraño (el del personaje Ziggy Stardust), familiar y aburrido (el padre, de la raza de los hombres cariñosos que a menudo se ponen tristes; el hermano esquizofrénico), astral y escasamente cerebral (había otro mundo ahí fuera que al acariciarlo producía cosquilleo eléctrico), fan imberbe de Little Richard (Tutti Frutti le hizo ver sinestesias, colores bajo realidades cotidianas), casi tuerto por una pelea (la herida del anillo que haría al ojo mutar de color), rebelde y suelto a partir de The Velvet Underground & Nico (“Era rock crudo y directo que hablaba de marginados: drogatas, homosexuales y prostitutas. Me fascinó”).
Mi preferido es un Bowie muy específico, excelentemente tratado en los dibujos palpitantes de Hesse: el de 1977, cuando abandona Los Ángeles para librarse de su adicción a la cocaína y de los espíritus demoníacos, cuando se muda a Berlín en compañía de Iggy Pop y el yonqui en rehabilitación de Jim Osterberg, poco después de haber frecuentado el budismo (conoce, en un relámpago, a Leonard Cohen entre monjes), justo después de su película El hombre que vino de las estrellas, en ese momento que define Hesse con dulzura de tigre andino o animal herido: “Había llegado el momento de cerrar los libros de ocultismo y volver al mundo de los vivos”.
Parece un chiste sino fuese tan real: “Iggy y yo teníamos problemas graves con las drogas. Para solventarlos nos mudamos a Berlín, capital mundial de la heroína”. Tres sombras en una ciudad oscura donde la roña alumbra y todos los gatos contagian tristezas venéreas. Jim camina catorce kilómetros diarios para recuperarse, Iggy pasa mucho tiempo en horizontal y David se pierde en las pequeñas tiendas de barrios de obreros extranjeros, curioseando un rato y otras buscándose de veras (sin tener que agarrarse a las farolas por el colocón). Mucha estopa hacia dentro: “Los inmigrantes, los cabarets y un muro de hormigón dividiendo la ciudad por la mitad: todo aquello era Berlín”. Tiempo de volver a ser un imán de calle y libros, sin pausa, permanentemente alerta y que da lugar al año mágico del fervor productivo, cuatro discos como cuatro mandarinas en el frutero: The Idiot, Low, Lust for Life y Heroes (mandarina negra y fea, fiasco comercial).
Berlín queda grabado a fuego en su mente, cambia de vida (se separa de Angie y su hijo, colabora con Eno en Lodger, le roba un músico a Frank Zappa, comienza a ver la droga en los amigos como deriva y a estar más seguro en el aprendizaje musical donde, según la doctrina zen, su arte debía salvar a otros y no a condenarlos). Después de Berlín es cuando se dice algo que todos nos decimos en momentos dados: “Vivir de mi pasado no era una opción”. Y habiendo tocado fondo, sin poder ir más abajo, le pasó lo que a las burbujas de champán, que sólo tocó subir y subir (17 millones de dólares paga EMI por Let´s Dance) hacia el éxito personal junto al cariño irredento entonces de dos ángeles custodios en el Nueva York de la época (John Lennon y Yoko Ono). Andando el tiempo, como acto seguido, pronto los éxitos teatrales (por El hombre elefante), la Suiza donde Queen y Freddie Mercury le mostrarían la magia minutísima de los mercadillos callejeros, el control absoluto sobre su vida, sin ya más barrancos de golfemia destructiva o testosterona de garrafa. María Hesse: hechizo constante al que dar, sin pausa, vueltas y más vueltas.