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Las cuatro erres rabiosas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 09 de mayo de 2018, 20:01h

Las cuatro erres rabiosas del periodismo lírico español fueron: Larra, Umbral, González-Ruano y Mesonero Romanos. Los cuatro escribieron desde la calle, sucios y limpios de pueblo, tocando la vida con la boca y la vista, con la vocación llevada como una forma de ver, de vivir y, en ocasiones, de beber. Habría una quinta erre, otro clásico, pero está vivo, aunque el título de su garita no puede ir en más sintonía con lo anterior: El ruido de la calle (Raúl del Pozo). Habría una sexta erre (Pedro Jota Ramírez) obsesionado toda la vida con una de las erres rabiosas (Larra) pero más todavía con el mando o jefe de esa furia (Andrés Borrego). Dos erres de las cuatro iniciales (Larra/Romanos) se llevarían a hostias y serían las antípodas del periodismo hoy: uno rebelde, atrevido, el otro taimado y profundamente pusilánime (me decía Javier Tomeo en Barcelona cuando presento mi libro Los sueños diurnos: “Todos mis artículos dicen que las vacas dan leche, cobro a fin de mes y no me meto en líos”). Vivir en la erre, si hay empuje, es despeinarse.

Otra erre distinta, ajena, francesa, el mayor clásico posible (Baudelaire) ocupó a dos de las erres rabiosas (Ruano/Umbral) al menos durante toda su vida. Hojeo y ojeo, lector a ratos, bebedor ocioso de descafeinado, el navajazo o puñal que acaba de salir en la pluma de la resentida de turno, Camille Mauclair: Vida amorosa de Charles Baudelaire (Wunderkammer Editorial). El debate es muy clásico: el artista grande, gigantesco, cuya vida privada o sentimientos dejan mucho que desear. ¿Están para hablar las cuatro erres rabiosas? Calla, calla, me diría alguien, no te metas ahí que estás empezando e igual te ponen el bozal antes del postre y eso, créeme, es muy jodido. Sólo una cosita. Vale, dime. González Ruano también hizo su fantástico Baudelaire (Austral) cuya dedicatoria no puede ser más hermosa: “A los hombres de personalidad bella e inútil; a los que devorados por apetencias inconfesables, ruedan cuesta abajo, lívidos y silenciosos, en la aguda noche del alma; a los aprendices de diablos con temor de Dios…”. Sigue así un buen rato hasta partir la pana con aquello de: “ (…) a los suicidas. A las esfinges. A los fantasmas. A los ángeles”. Brutal.

Baudelaire: amoral, con una primera novia prostituta (“La bizca”) quien, nada más conocerle, como buena alma caritativa, le deja dos regalitos muy guapos: sífilis y gonorrea. El orgullo llevado al mismo nivel que la rabia (dos erres más): la cabeza rapada y sin sombrero, por épocas, o bien melena tintada de verde, escándalo junto a las farolas y en los claros del bosque oscuro de la noche, donde no cabe retrasar los pasos o decir ay o mearse de golpe y echar medio litro. Baudelaire: escarpines de charol inmaculados e imposible combinación de colores en la indumentaria. Tan cerca, siempre, del susto como del volcán. “El dandy ha de producir siempre lo imprevisto”, dejó escrito Barbey d´Aurevilly (¡cuánta erre, madre mía, ahora sí que me echan!). Baudelaire de los bajos fondos de París siempre en compañía de droga, borrachos, prostitutas, y más, muchos más sospechosos habituales.

Lo dilapida todo, la herencia y la fortuna paterna, aquel viejo militar horroroso por el que escupía en la calle o ventoseaba en su presencia. Su familia le lleva a los tribunales y le arrebata algo más bonito todavía: la libre administración de su dinero. Dos, a partir de aquí, serían los únicos consuelos del alma hecha trizas: las ubres de la mulatona Jeanne Duval y la obra literaria de Poe, a quien considera maestro y venera. No está nada mal, con un amor de ocasión y un maestro muy querido, se puede llegar a conocer el infierno o lo que nos echen por delante. Jamás perdió la calle y, cuando le llegó la multa por Las flores del mal (libro inmoral y monstruoso, acusado de ofensa a la moral pública) siguió sonriendo en las barras rasposas (más erre, más, sin tregua…) como si no fuera con él.

Qué jóvenes son los niños reacios a hacerse adultos. Qué bello es vivir ajeno a una relación estable, entre putas a las que adoras y te bebes sus ingresos (lo dijo Cela: “Pagar es lo más barato”). Qué grato ser el primer crítico de arte de la edad moderna y el mayor poeta del siglo. Qué luz es eso de vivir y morir siempre ante el espejo, sin torcer el gesto, con la mano fría metida entre los pliegues del abrigo en busca de los metales nocturnos.

Diego Medrano

Escritor

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