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TRIBUNA

Sabios y gobernantes

jueves 10 de mayo de 2018, 20:24h

A veces el ruido del mundo enmudece un instante, como para tomar aliento antes de incrementar su ritmo, y durante unas horas el pulso de los diarios se acompasa con el orden de lo cotidiano. La gente sigue naciendo y muriendo, nacidos del vientre materno o subrogado, asesinados, ahogados, exiliados por eutanasias o sedados contra el dolor. La epidemia masiva de depresión y aburrimiento de la población europea emite un lento suspiro y dispensa su cuota habitual de sufrimiento. Los partidos políticos acometen sus periódicas y profundas renovaciones tras las cuales sus estructuras intactas muestran rostros idénticos. El calendario futbolístico define el horizonte próximo de militantes, aficionados, simpatizantes y prosélitos. Crecen los índices de consumo y de deuda en las unidades de convivencia y en las familias. Pero la noche sigue al día y el nuevo día reproduce aproximadamente el día anterior. Es la bendición del impasse que apenas concede el tiempo nuevo. La modernidad es el tiempo de la revolución permanente, de la posición de la crisis como fundamento, y se agradecen los períodos fugaces en los que – aunque se anuncia – aún no acontece nada nuevo.

Entiéndase que no se trata nunca de la revelación del ciclo intacto de la vida: alimento, reproducción, descanso… porque nosotros comemos a deshoras, dormimos a ratos, nuestros hijos nos son extraños, nuestra vida colectiva resulta de la suma de egos solitarios. Y nunca, nunca dejamos de afrontar una tormenta de acontecimientos extraordinarios: elecciones libanesas, detención de opositores en Rusia, tiroteos y crímenes de todo género, evocación de Marx por el más poderoso capitalismo de Estado… acontecimientos que nos devuelven al galope desatado de la historia. Sin embargo esta convulsión constante concede a veces un remanso. La estremecedora corriente del tiempo presente, que ha enturbiado definitivamente el horizonte, a veces no alcanza a remover el sedimento pesado. No nos engañamos: el movimiento no permite el reposo de las partículas en suspensión e impide para siempre la bendición de un verdadero descanso. No alcanzaremos ya una vida clara, será nuestra vida siempre turbia por el vaivén temerario de la moderna agitación. A veces acontece, tan sólo, un efímero remanso. O lo soñamos. No está a nuestro alcance la gracia lograda de Aglao Psofidio. Según el Dios que hablaba en Delfos: el hombre más feliz de la tierra. Dedicado a su huerto en un ilusorio rincón de la Arcadia. Ilusorio.

Si una aceleración constante caracteriza en general el tiempo histórico, la modernidad irrumpe como una aceleración constantemente acelerada. Sus efectos se ofrecen en todas las dimensiones de la vida humana y están detrás de la proliferación exuberante de nuestros trastornos. Pronto ponen a prueba nuestra propia consistencia y los encontraremos tras nuestras más circunspectas filosofías. Hace tiempo que desconocemos origen y destino, hace tiempo que empezamos a preguntarnos qué somos, hace tiempo que ignoramos si somos. Hemos quedado reducidos a una voluntad frenética que se plasma en identidades precarias.

Es natural que aparezca, indefinida por supuesto, una necesidad de anclaje que no satisfacen manuales de autoayuda, fórmulas new age de solidaridad cósmica o espiritualidades secundarias… una respuesta mecánica consiste en la negación del cambio, en una impertérrita actitud de estatua: porosa, hueca, enucleada. Es la actitud del conservador vaciado. Pero hay que saber que tras el fragoroso huracán no han sobrevivido fundamentos intactos. Ni baluartes de roca, ni contrafuertes sellados: queda un panorama en ruinas barrido por el espíritu de una libertad desoladora.

En estas condiciones no parece posible gobernar el tigre al galope que cabalgamos y de ahí que resulten a menudo ridículas las predicciones de nuestros ingenieros sociales y sea comprensible el gesto atónito de los gobernantes. Pero no creo que nadie se equivoque: la pasividad de algunos es la contrafigura misma de la sabiduría. Más que con el desasimiento ante la trepidante velocidad de los acontecimientos, la inacción de los gobernantes españoles tiene que ver con su voluntad invencible de asirse al cargo. No puede verse en el rostro pasmado del presidente la serena quietud del sufí, del buda o del sabio sino su precisa contrafigura. Cuando despierte de su letargo pudiera suceder que se encontrara levitando, sin una tierra sobre la que asentar los pies, como una especie delirante de austro-húngaro.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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