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Deja tu rosa en el fuego

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 11 de mayo de 2018, 20:55h

El maestro chino o japonés (no sé distinguirlo) de ayer, idéntico a Agustín García Calvo, ha llamado al periódico, ha conseguido mi número de teléfono y me cita en un bar de albañiles muy cansados porque quiere presentarme a su mujer. Allá me voy, a hacer reporterismo del alma, con mi abriguito todo abrochado y un clavel sobre la oreja, como si fuera a los toros.

Me presenta a su mujer: es igualita a una tetera, gordita pero no obesa, el cuello largo como una grulla y cierta coleta, aparentemente dura y fustigadora, casi un látigo, con forma de asa y decorada con una goma color fosforito de las que sirven para atar a los perros diminutos, chihuahuas y otras razas ratoniles del tamaño exacto de una pelota de golf. Me asegura, entre bostezos desmesurados y miradas largas, que es una experta en Ikebana: arte japonés floral; arte minucioso, detallista y que une belleza, naturaleza y paz espiritual. De nuevo el milagro, el libro de Amaia Arrazola (WabiSabi. Un mes en Japón)toma cuerpo y se hace real frente a mis fauces.

Me explica cómo hay un esquema para construir arreglos florales. Varias alturas marcadas de las plantas: “Shin” (Cielo), “Hikae” (Mi Cielo), “Do” (Yo), “Gyo” (Humanidad), “Tome” (Tierra). No se trata solo de una construcción decorativa sino de un método de meditación; el hecho de que las obras sean efímeras, además, provoca que sea un acto de reflexión sobre el paso del tiempo. Todo nace de una desafección: hace quinientos años y en el seno de la religión, un monje acabó harto de la manera despreocupada con que se dejaban las ofrendas florales en el altar de Buda. Intentó cambiar las cosas, generó una disciplina que hoy se estudia en medio mundo, no volvieron a dejarse las flores de cualquier manera en un altar. Es orden pero también belleza, la belleza del orden, algo muy complejo, una forma de vida.

Ella, pizpireta y con un gracejo casi andaluz o caló, muy lorquiano, por la forma en que mueve la cabecita, comienza a darme consejos literarios: “Sé un escritor a la manera de Juan JoséMillás, no un artista, sino como un orfebre o trabajador manual. Un electricista de las palabras, un fontanero de los adjetivos, un panadero de sintaxis intensas. ¡Alguien que trabaja con las manos!”. No digo nada, evito mirar de cerca sus rasgos y asisto a su deshago sonriente, como si no hubiera dejado el whisky por el descafeinado de máquina: “Que no ahoguen tu talento queriendo hacer de ti un marido o un padre. Que no te destruyan a golpe de responsabilidades: los niños, la casa, la factura del teléfono, el ir a comprar pan o papel higiénico todos los días… ¡Que el futuro de tus propias actividades no acabe por traicionarte!”.

No entiendo cómo este matrimonio de zumbados me quiere tanto. De repente él se altera, da un puñetazo sobre la mesa (nada zen) y me increpa en el idioma de los ofendidos, mejillas arreboladas y gesto firme: “¡Deja tu rosa en el fuego! ¡Bendice el continuo tartamudeo de la palabra haciéndose carne!”. Me voy sin pagar. No aguanto más planos, mapas y profecías acerca de un oficio que quiero mío y secreto, justo en los tiempos en los que todo el mundo prostituye todo y ni la intimidad ni la magia se respetan. No venderé mi secreto ni consentiré, en modo alguno, que lo hagan en mi presencia.

Me gusta Millás pero no me siento un mecánico ni un electricista de la palabra. La letra puede que sea la representación pero la alteración tiene que venir de adentro: no es todo trabajar con las manos sino escribir o sentir como si uno fuera manco de las dos. Compro una rosa y, al llegar a mi tebaida, la meto en un jarrón muy mono. La observo crecer, la oigo crecer, sonrío y me dan ganas de llamar a mis amigos para decirles que, a punto de cumplir los cuarenta, no hay más fuego sagrado que el agua fría del grifo.

Diego Medrano

Escritor

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