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TRIBUNA

Crítica y crisis

jueves 17 de mayo de 2018, 20:17h

Una pareja californiana torturó y abusó de sus hijos durante diez años. Es sólo un caso más, especialmente aterrador. Pero las violaciones crecieron en el primer trimestre del año en casi un treinta por ciento. Aparecen por vez primera en España zonas de riesgo a las que no llega la policía y donde rige un orden paralelo. Disculpen que confiese la impresión de que una violencia de fondo satura la vida cotidiana: actitudes pornográficas conviven con el maltrato verbal, común en las calles y las pantallas, hace tiempo que se olvidó toda delicadeza en nuestras relaciones y la norma es el exabrupto... Acaso sea la edad, pero ya no me parece extemporánea la exclamación sartreana: el infierno son los otros. Algunos dirán que es un atavismo inherente a la condición humana; pero podría tratarse de un efecto histórico relativamente reciente que tiene su aspecto ideológico.

En un proceso de constante negación de cualquier realidad, la crítica dialéctica ha ido arrojando un presente cada vez más indeterminado, potencial e íntegramente plástico. La crítica, renovada generación tras generación (“ser crítico” es el mantra que se repite incesantemente a nuestros jóvenes) ha arrojado una actitud de irreverencia ante cualquier dogma, principio o simple fórmula transmitida en nombre de la experiencia pasada. H. Marcuse formulaba el principio negativo de esta dialéctica: “Aquello que es, no puede ser verdad”. Cada uno, fundándose en su sola y afilada conciencia crítica, ha de construir el mundo en cada presente y a partir de sus propias fuerzas. El resultado era previsible.

La sospecha que ha recaído sobre todo saber, norma o costumbre heredada ha dotado de un matiz deplorable al viejo término: “tradición”. Ortega decía que el primer derecho humano es el derecho a la continuidad. Hoy una afirmación semejante sería juzgada, de inmediato, reaccionaria. Ser racional significa hoy ser irrespetuoso o irreverente. Acaso se concede, en nombre de la tolerancia, un respeto formal y abstracto que no oculta un desdén sustancial hacia todo el que confiadamente acepta un límite, un hábito recibido, un orden tradicional. El heredero debe ganar su herencia a través de la crítica, que es el mejor modo de perderla.

En la escuela se nos da a conocer la vía amplia del pensamiento moderno, esa Era de la Crítica que desemboca en Nietzsche, Freud y Marx (cuyos epígonos pueblan las aulas) como un frente de liberación de toda férula, dominio o sujeción. ¿Conocemos el peligro de esta absoluta liberación? No derribes una barrera si no sabes por qué la han puesto, no te deshagas de un principio heredado si ignoras su razón de ser, acaso resulte tu frágil protección frente al mal o al error. Acaso la destrucción de esas formas heredadas nos esté dejando indefensos ante potencias incontroladas.

El rechazo de toda idea que no haya pasado por el cedazo de nuestra propia razón tiene algún sentido en el terreno de las ciencias físico-matemáticas y es allí donde inicialmente brota esa exigencia. Acaso haya sido el matemático R. Descartes el primer promotor de esa puesta en duda de toda verdad heredada. Su propio nombre ha desaparecido de los manuales de física contemporánea una vez que su mecánica quedara desechada por la crítica. En el terreno de las ciencias físico-matemáticas la verdad tiene un sentido absolutamente actual. Pero es completamente otro el caso de los saberes antropológicos, fundamentalmente históricos. Saberes cuyo formato requiere de una confianza en el venerable carácter de la tradición. Naturalmente estos saberes están completamente en retirada y son innumerables los lamentos por el ocaso definitivo de las llamadas Humanidades.

Pero el hombre no es propiamente una realidad físico-matemática. Es en su dimensión histórica donde radica su singularidad. Despreciada la historia con el rechazo de la tradición, el hombre queda hundido en su genericidad zoológica y, de algún modo, empieza a parecer tan sólo un animal más. La educación y la convivencia adquieren el tono de la domesticación y la gestión económica, casi diría agropecuaria. Es un espejismo, sin duda, porque no es posible semejante regresión, pero sí cabe un envilecimiento que, pese a todo, jamás se deshace íntegramente de los determinantes de la dimensión histórica específicamente humana.

Es entonces cuando el Estado se erige necesariamente en administrador y única barrera de contención ante el despliegue de una barbarie teñida de matices zoológicos. Pero el Estado, con toda su potencia es incapaz de construir los vínculos que servían a la constitución personal, es incapaz de tejer la más tenue fibra que aúne las voluntades humanas. La brutalidad en el trato entre los sexos y la violencia desatada en la matriz familiar son signos de la destrucción de la raíz comunitaria de la vida humana. No puedo dejar de pensar que es un efecto desolador de la Era de la crítica. Mao lo expresa mejor que Marcuse: “Creemos en la dialéctica, así que no podemos dejar de estar a favor de la muerte”.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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