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TRIBUNA

Vigencia de José Ingenieros

miércoles 23 de mayo de 2018, 20:28h

Pese a que su nombre se vincula a un par de libros que en otras épocas fueron leídos con devoción -me refiero a El hombre mediocre y Las fuerza morales-, obras que delatan un frenesí casi adolescente en sus títulos, el nombre de José Ingeniero se ha ido casi excluyendo de los catálogos editoriales. De manera paradojal, algunos lo atribuyen a que esos ensayos son atemporales y se inscriben en todas las épocas (o en ninguna), y son ajenos a un tiempo histórico concreto. Lo cual, dicho con otras palabras, quizá quiere significar que han envejecido, caducado, o son meramente románticos. Injusto y lamentable error. Casi como decir que De la serenidad del alma o De la brevedad de la vida, los entrañables escritos de Séneca, han pasado de moda.

Nacido en Sicilia, en 1877, como Giuseppe Ingegnieri, y muerto en Buenos Aires en 1925, el que conocemos como José Ingenieros, llegó a la Argentina con sus padres siendo niño y se instalaron en la ciudad de Buenos Aires. Desde muchacho, corrigiendo pruebas de imprenta, se entendió con los libros y la lectura. ​Don Salvatore, su padre, que era periodista e impresor, solía encargarle traducciones de italiano, francés e inglés, incluso de libros enteros. Pero su vocación primera fue la medicina, especializándose en psiquiatría. Luego, con un incontenible sentido de curiosidad, incursionó en psicología, criminología, farmacéutica, sociología, filosofía, literatura y teosofía, aportando siempre mucho de su talento a esas disciplinas.

Además de sus intereses puramente científicos y sociales, también tuvo, desde muy joven, interés por el estudio del ocultismo y los fenómenos parapsicológicos, aunque después se apartó de esas entelequias. ​Su amistad con Leopoldo Lugones lo impulsó hacía las ideas socialista; juntos fundaron y dirigieron el periódico La Montaña, que autodenominaron “socialista revolucionario”.

Iniciado el siglo XX, sus ideas en el campo de la política, no impidieron que la Academia Nacional de Medicina lo premiara por su trabajo Simulación de la locura (tesis editada después en un libro). También por su aporte, lo nombraron jefe de la Clínica de Enfermedades Nerviosas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. En 1909 fue elegido presidente de la Sociedad Médica Argentina​ y delegado ante el Congreso Científico Internacional. Ese viaje a Europa, le permitió completar sus estudios científicos en las universidades de París, Ginebra, Lausana y Heidelberg.

En 1914 se casó con Eva Rutenberg en Suiza; aunque el noviazgo se había iniciado en Buenos Aires. Del matrimonio nacieron cuatro hijos, Delia, Amalia, Julio y Cecilia. A través del pensador argentino, Héctor Pablo Agosti, autor del libro Ingenieros ciudadano de la juventud (uno de sus principales divulgadores de la obra), un cierto apasionamiento juvenil por los textos de José Ingenieros me impulsó a conocer su familia. Traté primero a Delia, que había seguido los pasos de su padre y era médica; después, Borges me presentó a Cecilia, que tuvo con él en sus años mozos una relación sentimental (el famoso cuento “Emma Zunz”, está dedicado a ella que le reveló el argumento). Eva Rutenberg, la esposa de Ingenieros, lo sobrevivió por casi treinta años. Julio, era coreógrafo y Amalia abogada y grafóloga. Conservo gratos recuerdos de esa familia muy unida al estilo siciliano.

En ese inicio del siglo XX, apoyado en los principios de Auguste Comte, cuando la razón y la ciencia empezaban a ser guías de la humanidad, y los problemas sociales y morales eran analizados de una manera pragmática, podemos afirmar que José Ingenieros fue un representante destacado del pensamiento positivista; sobre todo en aquellos años de su mayor producción literaria. También fue uno de los fundadores del socialismo en la Argentina, aunque no participó orgánicamente en la actividad partidaria. Sus ensayos profundizan una línea de pensamiento relacionada con los temas éticos y morales, aspectos ambos que Ingenieros veía íntimamente relacionados. Esos conceptos fueron inspiradores de la juventud latinoamericana que realizó la Reforma Universitaria en 1918 y lo nombró “Maestro de la Juventud de nuestra América Hispánica”. Sus trabajos sobre la identidad argentina tuvieron gran influencia sobre varias generaciones del continente. Pero fue su libro, Evolución de las ideas argentinas el que marcó, sin duda, rumbos en el entendimiento de la nación y su decadencia política.

Ingenieros no fue lo que actualmente se denomina “sociólogo”; más bien se podría calificarlo como un estudioso y un ensayista crítico. Sus textos acerca de la sociedad de su época ayudaron a abrir el diálogo sobre un sinnúmero de aspectos morales y éticos de la Argentina; discusión que se originó en diversas corrientes de opinión política de la época como el socialismo, la masonería, el comunismo, el anarquismo y el liberalismo, y que derivó en la inclusión, transformada por cierto, de esos principios en vastos movimientos sociales que prosperaron después, tales como el Radicalismo y el Peronismo, que monopolizan la política argentina hasta el día de hoy.

En sus Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía (1918), afirma la existencia de un “residuo que califica fuera de la experiencia”, que no es algo sobrenatural, trascendental o absoluto, aunque tampoco algo ininteligible o incognoscible. Ese residuo es para Ingenieros, algo no infranqueable para el conocimiento humano, sino precisamente el objeto de una metafísica, como disciplina esencialmente distinta de la filosofía tradicional; se trata, según lo desarrolla, de una nueva forma, que se ayuda de la lógica en sus razonamientos, y que se caracteriza por su universalidad, antidogmatismo y objetividad.

Entre sus obras, todas ellas de gran influencia en su momento, destacan además de las mencionadas la Simulación de la locura en la lucha por la vida (1903), Sociología argentina (1908), Principios de psicología genética (1911) y El hombre mediocre (1913), que fue quizá la de mayor influjo en la juventud hispanoamericana. Ese apasionado ensayo, junto a La evolución de las ideas argentinas, marcó rumbos en el entendimiento nuestro desarrollo histórico como nación.

Ingenieros no fue un hombre que careció de sentido del humor. Con otros amigos fundó La Syringa, una suerte de grupo divertido, que se encargaba de propinar bromas a veces subidas de tono. Por allí pasaron Rubén Darío, Alfredo Palacios y don Jorge Guillermo Borges, padre del escritor. Me contó Borges que el entonces joven y ambicioso poeta chileno Vicente Huidobro fue víctima de una broma incómoda. Lo hicieron viajar a Buenos Aires para recibir un premio definitivamente inexistente.

Enemigo de la vejez corporal, confesó en un texto que esperaba tener la dicha de morir antes de envejecer. La invocación parece haber sido escuchada. Me contó Delia, que enfermo de una sinusitis lo vio salir nervioso de su casa y maldiciendo por no haber podido enfundarse el sombrero en su cabeza hinchada. Tenía 48 años cuando falleció.

Con cierta liviandad, no faltan aquellos que de manera imperativa, critican que sus conceptos han envejecido. Es probable que en lo referido al estilo enjundioso y juvenil tengan algo de razón, pero en lo conceptual, a pesar de los demasiados años transcurrido, la vigencia de José Ingenieros es indiscutible. Los mediocres sin fuerzas morales no cesan de reproducirse y siguen hostigando a la sociedad. La corrupción más infame está presente y, aunque nos duela reconocerlo, carecemos de líderes éticos con genuina condición humana.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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