Más de quince libros lleva Alberto Manzano sobre el bardo errante y ahora, de modo tan imprevisto como insólito, llega el definitivo: Leonard Cohen y el zen (Luciérnaga). Manzano se sabe, por fin, en el camino de la verdad: “¿Cuántos millones de palabras he debido errar escribiendo sobre su astucia, su genialidad, su paradójica persona? Sin saber lo que era, tuvo que ser todo lo que no era para hacerlo polvo y llegar a no ser nada, que es lo que realmente era. Tuvo que sentarse sobre la hoguera de su angustia y quemarla hasta hacerla cenizas. Pero ni siquiera eso era suficiente. Las cenizas tenían que quemarse completamente, aclararse hasta eliminar la mínima impureza y convertirse en un hermoso polvo blanco alzándose en el aire, como una buena canción, como un buen poema. Las cenizas de la experiencia”. Encontró en el zen su camino, convirtió la Estrella de David en un corazón unificado, transfigurando la punta de los vértices en las líneas curvas propias del corazón: “Quiso dejar de sufrir. Quiso dejar de elegir desear. Y fue salvado por la dulce fatiga”. Preciosa resurrección o catarsis.
Cohen se sentía frustrado por el éxito, el alcohol aumentaba la depresión, la tristeza le inmovilizaba, sólo conocía un lugar donde encontrar paz y silencio: el monasterio budista de Mount Baldy junto a su viejo maestro japonés Joshu Sasaki Roshi. El mandato que había gobernado buena parte de su vida (“Escribe algunas canciones que le gusten a la gente y sé un cantante”) no servía, dejarlo todo fue una aventura: “La vida en un monasterio es abrasiva. Es lo que dice la tradición zen: los monjes se pulen unos a otros como guijarros dentro de una bolsa, eliminando sus cantos por contacto mutuo”. La depresión (junto a alcohol, cigarrillos, anfetaminas, ansiedad) había sido el motor para sus versos pero ahora ya no servía, parecía cumplirse aquella profecía hecha por la prensa británica en 1971: “Con los discos de Leonard Cohen deberían regalar cuchillas de afeitar porque es una música para cortarse las venas”. La depresión, como sombra con la que se convive y no desparece, mostraba su peor cara, mordía tanto como intimidaba, no estaba tanto en la mente como en el cuerpo agotado.
Libros, muchos libros donde el bardo intenta salir del pozo, siempre en un cóctel Oriente/Occidente: Libro tibetano de los muertos, Apocalipsis de las revoluciones, El libro de los cambios, la poesía de Rumi y Kabir, la Biblia. Renuncia a toda su obra anterior, no ve un estilo verdaderamente confesional, presume tan solo de haberse “acariciado”, lo ve todo una mierda. Busca más que nunca el sentimiento real, el pensamiento real, la descripción real. Rechaza trucos y embelecos. Mira hacia atrás y se ve en la superficie de la emoción musical. Tuvo valor y capacidad pero evitó profundizar por culpa del miedo. Aspira a lo sencillo y quiere apagar el hambre feroz de su cuerpo. Mucho antes lo había intentado con la religión de los famosos: “El método de la Cienciología consistía en el desprendimiento de los traumas adheridos a la memoria celular que encadenaban a una persona a su pasado”. Nunca quiso tener hijos, la poesía de Attar y Rumi, algunos fármacos, paliaban parte de la herida. Quiere, por vez primera, poner en orden vida y mundo con su obra. Es monje pero también samurái.
Amar sin venda en los ojos, vivir ajeno a cualquier economía, tener tanta conciencia de la muerte como del heno recién cortado o de la mano que el viento acaricia. Deseo y renuncia, silencio y carcajada, hablar por medio de dibujos y café, psicología espiritual de la Cábala, la realidad siempre como símbolo, compromiso y disciplina, dolor y regocijo, el cuerpo piensa y la mente ocia, atención al detalle. Solo un objetivo: mostrar el corazón como el platillo de un mendigo. Cantos ventrales budistas y no dos cajas de cigarrillos. Lugar donde no existe el tiempo y a la túnica negra acompañan la Torá en una mano y una fotografía de mujer en la otra. Traducir lo esotérico en un gesto cotidiano, simplificar la escritura hasta lo esencial, austeridad e interior: “El loto que florece en el jardín es barrido al primer fuego. El loto que florece en el fuego permanece siempre”. Cuánto cuesta escapar del libro de Alberto Manzano, peto y espaldar de otra vida.