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NOVELA

Paul Theroux: Tierra madre

domingo 03 de junio de 2018, 18:32h
Paul Theroux: Tierra madre

Traducción de Mariano Peyrou. Alfaguara. Barcelona, 2018. 648 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. El gran escritor norteamericano renovador y maestro de la literatura de viajes, se adentra en un intenso viaje interior, en el que, con trasfondo autobiográfico, ajusta cuentas con su propia familia, y en especial con su madre ya fallecida. Por Paulo García Conde

Hay una norma no escrita que nos previene de difamar o menospreciar a alguien que ha fallecido. Tenemos interiorizado que es de mal gusto echar pestes sobre los muertos, más aún si estos son recientes. Tierra madre es un rotundo ejercicio de lo contrario. La motivación de su escritura es la venganza, un acto de expiación también. Porque Theroux resistió durante años la tentación de convertir su estilográfica en metralleta y disparar contra todo miembro de su familia. En especial, contra su madre. Contra la tierra madre.

En las muchas páginas que componen este retazo de autobiografía (por más que quien la haya escrito se esconda sin esmero bajo el seudónimo de JP), el reconocido escritor estadounidense se centra en la etapa de su vida que más ligada está al ámbito familiar. Si bien menciona otros episodios más conocidos, como sus divorcios o la distante relación con sus hijos, nada eclipsa el protagonismo del tema central: el horror de pertenecer a una familia numerosa, desequilibrada y subyugada por una figura autoritaria y a la vez frágil, que Theroux se empeña en demonizar, y que a lo largo del relato se oculta tras la efigie de la madre. El narrador evoca con sucesivos saltos temporales los años de la infancia y aquellos que considera como su ocaso particular. En los primeros, realiza una descripción de sus hermanos y de sus padres capaz de crear la necesidad de comprobar si no se trata más bien de una caricatura. En los últimos, se destapa la faceta más pusilánime del autor, su acto más derrotista.

La del protagonista es una familia cuyos vínculos se han establecido por medio de los chismorreos, los comentarios lapidarios de unos contra otros, y la prudente gestión de secretos personales y de terceros. Así al menos lo cuenta el escritor, sin privarse de hacer hincapié en ello. Todos se quieren, todos se odian; algo que, a grandes rasgos, podría llegar a aplicarse a cualquier familia corriente. Pero en cuanto ahonda en los comportamientos, en los diálogos reproducidos por cada integrante de este grupo tan excéntrico, se pierde cualquier referencia que los pueda enmarcar en campos genéricos.

Un padre tranquilo y callado pero absorbido durante una etapa por un papel que debe representar en un minstrel show (pieza de teatro en la que los actores blancos se pintaban la cara y se caracterizaban como negros para burlarse con extravagancia de los afroamericanos); un hermano de inquietudes artísticas similares a las del narrador pero a quien conviene no ofender o llevar la contraria nunca; otra hermana carente de personalidad propia que se pega a la figura familiar que más le conviene en cada momento. O la madre, la omnipresente madre. Un ser tildado de despiadado, de cruel, al que durante la mayor parte de la obra vemos limitado a esbozar sonrisas tan maliciosas como inofensivas, a quien vemos revelar secretos que hacen un supuesto daño irreparable a pesar de conocer su modus operandi y prever cualquiera de sus acciones desde la primera página.

Para Theroux, el acontecimiento que impulsa esta confesión es la muerte de su padre. Tras haber tomado la decisión de alejarse del hogar, al parecer la mejor de su vida, decide reunirse con los demás en el lecho de muerte del progenitor. Sin embargo, tras la desaparición de este, decide quedarse. Cerca de su madre, muy cerca. Y a pesar de insistir, línea tras línea, en que lo que más desearía es estar lejos de ese entorno tóxico, de esos familiares que detesta, no lo hace. Ni siquiera corta vínculos cuando muchos de ellos lo ofenden. Y aparecen una serie de descripciones que, por mucho que puedan ser contrastadas, resultan no solo improbables, sino inverosímiles. Cuesta digerir el enfado radical de su hermano Floyd al enterarse por su madre (siempre su madre) de una relación sentimental que Theroux pretendía mantener en secreto. Un cabreo que va más allá del distanciamiento, y de la lógica media que a cada ser humano le toca gestionar a lo largo de su vida.

Las situaciones que se relatan crean un efecto muy certero: no resulta complicado contemplar al séquito de hermanos como a un grupo de niños que jamás llegó a madurar. Las escenas de la infancia se solapan con las de la madurez con una naturalidad tan pasmosa como aterradora. Uno podría llegar a pensar que si en esto consiste ser adulto, si en esto consiste tener una familia, bien deberíamos temer la posibilidad de llegar a conocer de primera mano ambos conceptos. No obstante, aun con todos los rasgos que convierten a estas personas en personajes imperecederos, es posible llegar a empatizar con ellos; con alguno, al menos.

La sencillez y honestidad con que se describen todas sus vivencias familiares rebelan al protagonista como un cobarde, como un perdedor, como un hermano mediocre y un hijo medroso. Pero son estas características poco habituales a la hora de desnudarse en autobiografías y memorias, mucho menos contadas con tanta naturalidad. A pesar de justificarse, de erigirse en víctima por decreto propio, el punto de vista del narrador es tan cristalino que no hay manera de caer en engaños. Podemos tomar parte y sentir la necesidad de protegerlo, de brindarle nuestra comprensión; podemos también ratificar que todo lo que ha vivido o sufrido ha sido fruto de su carácter, de sus decisiones y de unas costumbres que, al parecer, son cosa de familia.

Nada de esto eclipsa lo enunciado al comienzo de estas líneas. La publicación de Tierra madre ha visto la luz una vez la progenitora, la anciana recluida en la soledad de su casa a quien nadie quiere visitar pero todo el mundo visita sin excepción, se ha ido del mundo. Theroux ha plantado cara a ese dicho, a ese pacto tácito por el que se establece que hablar mal de los muertos es cosa ruin y miserable. Queda claro que, en este libro, el primer objetivo era precisamente el contrario. Ajustar cuentas con quien ya no está vivo.

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