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El egoísta más generoso

miércoles 06 de junio de 2018, 20:30h

Edgar Neville de Romree fue madrileño castizo, golfo y aristócrata. Su abuelo sí fue inglés e ingeniero, el título de conde de Berlanga del Duero le daba distinción y tapaba un poco la papada tipo babero, la obesidad expansiva, la risa de bucanero y las imprescindibles cortesías alcohólicas a las que seguían las gastronómicas. Fue miembro destacado de “La otra generación del 27” –la del humor- y es bueno nombrarlos a todos porque nunca se hace: Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Agustín de Foxá, Fernández Flórez, Tono, Mihura, López Rubio, Álvaro de Lagilesia, Mingote, Enrique Herreros, Evaristo Acevedo y Julio Camba. Ahí está el núcleo duro. A Neville, obeso y disparatado, Gómez de la Serna lo pintó de la siguiente manera: “La primera impresión de Neville es nefasta. El niño mimado ha salido de su cochecito y se dispara. Se ve que está criado con biberón de leche de elefanta traída de la India. Después se van encontrando sus buenas cualidades y un talento con atisbos rutilantes. Edgar es hijo del siglo XX. Le tenemos miedo porque nos propalará, nos admirará, nos desafiará”.

La edición es una joya, ilustrada y compacta, diamante pleno bajo el agua, vitalismo elegante y hedonista, cínico sentimental y egoísta abnegado, epicúreo estoico y amante de lo oscuro y lo cruel: Cuentos completos y relatos rescatados (Reino de Cordelia). En su juventud fue delgado, esbelto, campeón de hockey internacional y empezó en dandy en Hollywood, un puestazo para escribir diálogos para las películas en versión española que comenzaban a realizarse por medio de Metro Goldwyn Mayer Studios. Su gran amigo por entonces fue Chaplin, después vuelve a Madrid (1933) y consigue fama con el estreno de una comedia (Margarita y los hombres) junto a una adaptación de Fernández Flórez (El malvado Carabel). Dirige La señorita de Trévelez de Arniches (sería con el tiempo Calle Mayor de Bardem), sus artículos en La Ametralladora le dan más éxito y dinero, se marcha a Roma y rueda Frente de Madrid basada en una novela propia (donde empieza Conchita Montes). Come a lo bestia, bebe sin tasa, se ingresa en la clínica de nutrición del doctor Jiménez y por las noches escapa a La Zamorana para quitarse el hambre. Llega sudando a mares, pide un solomillo todavía sin sentarse, el camarero le pregunta si lo quiere con guarnición y él, sonrisa de oreja a oreja, responde muy serio: “Sí, sí. Como guarnición póngame unas chuletitas de cordero”.

En sus encierros clínicos guarda bajo la cama latas de fabada, latas de perdiz o callos, latas de garbanzos y cocidos. Si iban a visitarle, por teléfono, rogaba con anterioridad: “¿Vas a venirme a verme? Pues haz el favor de traerme un abrelatas”. Con la primera dieta, con el papelito, le dijo a su médico: “¿Todo esto es bueno tomarlo antes o después de las comidas?”. La obesidad, el sopor, sus películas de los años cuarenta y cincuenta proyectadas por televisión (El último caballo, La torre de los siete jorobados, Domingo de carnaval, La vida en un hilo) le dan humor y el movimiento que su cuerpo (un fardo) no tenía. No le gustan nada los niños, a los que llama “esos locos bajitos”, definición que después otros se apropiaron como todo en España, sin pedir permiso. En una ocasión, mientras dormía la siesta en su chalet de La Granja, entra apurado el mayordomo para interrumpirle abruptamente: “Señor conde, su hijo Rafaelito está trepando por un balcón de la fachada y se puede matar”. Neville fue sucinto: “¿Para eso me despiertas? Todavía me queda otro”. Isabel Vigiola, señora de Mingote, fue secretaria de Neville y cuando los niños correteaban por el chalet de forma desaforada y vociferante le decía mirándola sin parpadear: “Átalos”.

Se pintó a sí mismo de modo privilegiado: “Yo no he sido nunca demasiado revolucionario ni ahora soy demasiado conservador. De joven se es escéptico del presente y optimista del porvenir y luego se es escéptico del presente y también escéptico del porvenir, con lo cual puede uno quedarse en una posición egoísta y antisocial. Pero la verdad es que no quedan ganas de dar batallas, después de haber dado tantas en todos los sentidos”. Puede que tuviera razón Ramón, sí, y fuera ese niño que se dispara desde el cochecito al mundo, sin temor y con amor, irónico y sentimental, asqueado del mal burgués y su hipocresía. Le encantaba el flamenco, se marcaba con buena entonación unos verdiales o tarantas, y entonces le salía una poesía muy de barra: “El novio es muy diferente al marido, es un marido disfrazado de bueno”, “Convivir es el arte de vivir con las gentes que no se puede vivir”, “Sé bueno con todo el mundo y generoso, pero sobre todo con los ricos, porque los pobres no te pueden probar su agradecimiento”.

El libro, el tocho de Reino de Cordelia, es toda una literatura, pleno talismán y tesoro, páginas de oro y mucho ingenio. López Rubio le conoció como nadie y así nos lo pinta: “Neville fue el más romántico de todos nosotros y el egoísta más generoso que jamás conocí. Lo importante para él era él mismo y como siempre ocurre llevó a su obra su melancolía, su desencanto, la sonrisa de una desilusión”. Siempre pasa igual con los grandes: lo importante es para ellos la diversión y todo lo demás está de paso, es mero “tempus fugi”. A las invitadas, siempre mujeres, en su chalet/mansión de Alfafar, Valencia, les metía una calavera fría y rota, todo un bicho, entre las sábanas para que la conocieran por los pies. Con los primeros gritos, entraba en el dormitorio e ilustraba: “Era de mi abuelo. El primer conde de Berlanga del Duero”.

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