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Cuento de verano I (El esplendor de la eutanasia)

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 18 de julio de 2008, 21:50h
Me llamo José Luis Rodríguez Blanco y he llegado a esta ciudad atraído por su fama de hospitalaria; no he venido sólo a curiosear; traigo mis buenos dineros y espero pasarlo bien durante el tiempo de mi estancia en ella. Soy joven; mi calendario suma ya diecinueve años y a poco que la suerte me acompañe pienso llegar a nonagenario, como mi abuelo, fallecido hace unos días, que es de quien son o eran mis dineros. Estaba aún bueno y podía haber tirado unos cuantos años más, pero a mi ya me cargaba con sus carantoñas de chocho, sus rezos del Rosario ininteligibles, sus ojos casi ciegos y su continuo olor a orina, de modo que le empujé suavemente, no más de lo necesario para hacerle rodar por las escaleras. El golpe no fue grande, pero estaba ya muy cascado y no lo resistió. Descanse en paz.

En cierto modo era un viejo muy simpático. Contaba muy bien los momentos de su juventud heroica y sabía escuchar y preocuparse por lo que nos pasaba. Y hasta rezaba para ayudar a solucionar nuestros problemas. He conocido otros peores que he tenido que aguantar por no hallar la ocasión de enviárselos a Pedro Botero en la diligencia de la muerte. Es difícil entenderme; así me lo dicen frecuentemente quienes me tratan. No lo discuto; sus razones tendrán para decirlo. Yo, me veo normal y salvo la travesura de matar a algún viejo, puede decirse que no he hecho mal a nadie. Todos tenemos manías; quiero decir alguna manía. Hay quien odia a los gatos; manía absurda. Y sé de uno que burro que ve lo muele a vergajazos. Y esto último nadie puede poner en duda que es un verdadero crimen ecológico. Pues lo de los burros puede que ya no tenga solución.

Todos tenemos algo que nos caracteriza; quien más quien menos todos hemos venido al mundo a jorobarnos mutuamente. No vengo huyendo; esto quiero que quede claro; no soy un asesino. Toda mi familia sabe que fui yo quien empujó al abuelo; he llorado con ellos su muerte, muy sentidamente, por cierto. Duele no volver a ver a un ser querido, amado en otro tiempo. A lo mejor estoy diciendo verdaderas burradas, no lo sé. Yo pienso que todas las personas cuya edad supera la media nacional deberían contar con la posibilidad de atajar el tiempo e irse a freír monas al otro mundo. Seguir aquí como inválidos mirando al infinito y acariciados sólo por la brisa y la luz del sol no es nada ecológico. Vamos, que debería estar prohibido.

¿Que no es este un procedimiento muy ortodoxo? Puede que no lo sea, pero sería un descanso para todos los hijos, nueras y consuegras que sueñan con la herencia de sus padres y hermanos. ¿O no?

Otro detalle de mi carácter es que no aguanto a los dogmáticos y a los hipócritas. Si la hipocresía fuera declarada merecedora de la Pena Capital yo me ofrecería voluntario para ejercer de verdugo. Odio a los hipócritas con ganas; no lo puedo remediar.

También los niños que se ponen pesados me molestan la mar. Sé de un niño de cuatro años que no verá en su vida por el ojo derecho del restregón que le di en represalia a sus chillidos. ¡Cómo chillaba el maldito! Sabía que no estaba su madre para atenderle; pero, nada, él, llora que llora a grito pelado. Podía haberle pisado las tripas; sin embrago, me conformé con averiarle un ojo. Se había puesto la cara tan sucia de tanto llorar que daba asco verlo. Y no crean ustedes que se calló después de lo que le hice. ¡Qué va! Siguió llorando con más ganas. Con lo poco ecológico que es el ruido. Claro, que yo no le aguanté; me fui de allí desesperado, diciendo: “Ahí te quedas, maldito, muérete de asco”.

Les cuento todo esto porque tal vez ustedes sepan de algún lugar en el que puedan acogerme esta noche: una posada, una pensión, un hotel, algo, en fin que sirva de refugio. Nadie me persigue, repito.

Mi abuelo reposa en su tumba más tranquilo que una criatura; ahora sí que es verdaderamente feliz lejos de la inquina de la mayor parte de sus parientes, incluyéndome a mí.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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