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Nido de víboras

lunes 11 de junio de 2018, 20:12h

La literatura es y será siempre fogoso nido de víboras. Hace tiempo Juan Manuel de Prada lo explicaba de modo sucinto: “El aplauso de los contemporáneos es soborno. No te aplauden porque seas bueno sino para llevarte al huerto”. Luego ya, entre lechugas y tomates, si no se les da lo que piden, por supuesto, comienzan las faenas de aliño y lidia al natural. La política, el arte, todo centro de poder, no difiere demasiado de las buenas o malas letras… la fratría, al modo clásico, brilla por su ausencia; aquí el personal va a lo suyo, el apetitito rige y la vida obliga.

José Esteban, Pepe Esteban, el mayor estudioso de la bohemia literaria (imprescindible su sistematización de tal género durante la segunda mitad del XIX y primera del XX en Diccionario de la bohemia, cerca de veinte años de trabajo y seiscientas páginas), saca uno de sus muchos títulos luminosos, raros, sabrosos, exquisitos: Duelos y duelistas españoles (Reino de Cordelia). Militares, políticos y periodistas (muchos literatos entre estos últimos) fueron los sectores históricos que más se batieron: algunas veces por asuntos amorosos, del simple “yogar” (cuyo uso gramático Cela recomendaba en lugar del tan indiscriminado “follar”) pero muchas más por tema profesional, pecuniarios, un amplio y variopinto etcétera.

Fue el último vestigio del trasnochado romanticismo español: “En España la costumbre de los duelos continuó junto con otras muchas que iban desapareciendo de Europa, a falta de una fuerte corriente modernizadora que la eliminara, es decir de una clase media industrial lo bastante fuerte como para tener puntos de vista propios”. Duelo a sable, florete o espada; duelos en otra crucial antología española: El duelo de honor. De Casanova a Borges (Alba Editorial).Una práctica que llegó a ser vicio, el vicio de batirse, y que es proscrita legalmente a finales del XVIII, con la Ilustración, pero que llega hasta principios del XX: Salvador Allende, sin ir más lejos, se bate a pistola (con muy mala puntería) con un compañero de escaño. Poco faltó en nuestro hemiciclo, con algún que otro tiro por refriegas históricas, tantos años de sudores compartidos entre sus señorías.

Añade el editor: “Los buenos duelos, los decentes, debieran ser por honor, pero de todo ha habido en la fauna de las letras españolas, siempre tan dispuesta a la originalidad. Blasco Ibáñez se batió con el teniente Manuel Alastuey porque le impidió entrar en el Congreso de los Diputados. Y el titán del duelo fue Valle-Inclán, pese a que logró evitar uno entre Gómez Carrillo y Pío Baroja. El autor de Luces de bohemia en su juventud pretendió batirse en duelo con el periodista mexicano Victoriano Agüeros, director de El Tiempo, porque no le facilitaba el nombre del autor de una carta que consideraba injuriosa. Se batió en 1896 contra el también escritor Julio López del Castillo y en 1899 su disputa a bastonazos contra Manuel Bueno en el Café de la Montaña le costaría un brazo”. No fue una herida directa, sino el gemelo que infecta la herida hasta la ulterior gangrena y corte, conviene añadir, porque luego los estudiantes se hacen la picha un lío.

Pepe Esteban (los ojos más audaces del Café Gijón durante años) escribe desde la electricidad, la prosa ágil e irónica. El duelo –apunta Esteban- es generalmente exhibicionismo y vanidad hasta que el público acaba por cansarse. Está muy bien contado el de Manuel Fernández y González, el famoso folletinista quien según Antonio Espina: “era un tipo de fantasmón, charlatán, agresivo y vanidoso, como siempre los ha habido en nuestra grey literaria”. Está muy bien contado el de Gómez Carrillo con Louis Bonafoux, periodista del Heraldo de Madrid: “hombre que no gustaba de paparruchas y que despreciaba a aquel botarate, escarramán y perdonavidas, con alma de apache y sin criadillas para serlo” (Gómez Carrillo le envía los padrinos por tales lindezas impresas, a lo que Bonafoux, todo un dandy, contesta: “Digan ustedes a ese que no me bato. Pero si me molesta mucho, le buscaré y le meteré una bala en el recipiente de las tonterías, lugar donde otros llevan la cabeza”).

Nido de víboras, ay, mordiscos al quite en lugar de besos, tan calurosos en invierno como en el ferragosto, cada vez más próximo, y que Valle-Inclán, antes de ser manco, explicaba muy didáctico: “¡El mundo es una controversia!”. También lo vio muy bien Gracián: “A menos palabras, menos pleitos”. Mi parecer –se lo digo muy bajito, ahora que estamos solos y nadie nos oye- es siempre y en todo lugar el de Temístocles (el general ateniense): “Pega, pero escucha”. Si puede ser también primero, por si acaso. Ahí está la madre de toda la estrategia. La resolución práctica de tan entreverado jeroglífico.

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