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La luminaria florentina

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 13 de junio de 2018, 20:01h

Walter Isaacson es el biógrafo de la modernidad, sus libros se leen en el metro, en el café, por la calle y, tras sus trabajos anteriores sobre Einstein, Franklin y Jobs, ahora llega un plano fuerte: Leonardo Da Vinci. La biografía (Debate). Se ha leído las 7.200 páginas de los cuadernos, ha penetrado en la inteligencia o luminaria florentina a camino siempre entre la ciencia y el arte, todo está contado desde una curiosidad extraterrestre absolutamente insólita para el siglo XV. Lo suyo fue, desde los inicios, un saber deliberadamente enciclopédico: zoología, anatomía, humanidades… el reto era observar la naturaleza y acercarse, sin disimulo, a los patrones que esta no dejaba de repetir. Así el discurrir del agua, por ejemplo, cuenta en el libro, lo podía comparar con los rizos del pelo y el flujo de la sangre humana.

Da Vinci, a título de pureza, conservó siempre la parte del niño, la curiosidad del niño, gestionada desde la imaginación y la fantasía. Fue siempre diferente (homosexual, herético, bastardo, vegetariano, zurdo, distraído…) y los modernos de su tiempo lo sabían, ello le impide ser tribal. Pone en relación Isaacson en alguna entrevista a Da Vinci con el Steve Jobs que en los años 80 escribe un anuncio para Apple en el siguiente tono: “Aquí están los rebeldes, los inadaptados, las fichas redondas en los huecos cuadrados… aquellos que piensan diferente”. Florencia, eso es, como el Silicon Valley de su tiempo. Subraya la tenacidad en Da Vinci: “No venía de una mente sobrehumana, a la manera de Newton, por ejemplo. Es una persona normal, que no tenía educación, y su creatividad partía de su propia voluntad. Es alguien que se ha hecho a sí mismo”. No acababa sus cuadros, no acababa sus escritos, estaba en permanente distracción, preocupado de una máquina voladora o de ver ángeles en el cielo, su rebeldía era la de no aceptar lo dado, la vieja sabiduría, cuestionar la autoridad y buscar a toda costa lo nuevo.

La competencia inmediata de Leonardo era Miguel Ángel: uno expansivo, el otro introvertido; uno alegre, el otro más tenebroso. Solo Leonardo combina arte, ciencia, ingeniería y humanidades: el saber era siempre superarse, llega al “sfumato” por medio de la ciencia y no del arte, “La última cena” se basa en su conocimiento del teatro, dieciséis años estuvo con “La Gioconda”, y en este trabajo hay todo un estudio de los músculos, en este caso de la cara, cuyo corolario serían los miles de trabajos sobre anatomía que hizo con anterioridad (la mejor colección, a este respecto, es la de la reina de Inglaterra, bajo cuyo sol Isaacson se bate). El secreto del biógrafo parece antiguo o contrario a los tiempos pero he ahí todo su éxito: acudir siempre a las fuentes originales. Acude a los códices escritos por Leonardo (el “Codex Leicester” en propiedad de Bill Gates, los dos que custodia la Biblioteca Nacional de Madrid, etc) y se ve siempre un periodista trabajando desde métodos académicos. La luminaria de Florencia, el inadaptado de Florencia, teoriza mientras establece analogías, y ese es el taller desde donde Isaacson saca su mayor oro. Ha recorrido medio mundo, saqueando archivos y colecciones privadas (Florencia, Madrid, París, Milán) para llegar al testimonio primero sin adulterar, a la primicia de las primicias, que es siempre una notita con un cerco de vino o cerveza, a veces lo que parece chocolate o el café de tu tiempo, por la que empezó todo. El caso es no temblar frente a la riqueza (26 millones de euros pagó Bill Gates por las 72 páginas del “Codex Leicester”) cuando se tiene delante y fotocopiarlo todo con la mente en plan barullo, para luego ir desmenuzando y contándolo por lo menudo. No deshumaniza, no ve a sus personajes tocados por un rayo ni dotados de un don divino, por eso, ya está dicho, lo leen tanto en el metro y en los bancos del parque, en un cóctel de ciencia y creación artística que es todo un Tetris. No solo cierra la vida, también la obra, y así todo encaja.

Diego Medrano

Escritor

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