Trae a la memoria este alegre y a pesar de todo melancólico texto -publicado ahora por primera vez en español-, del novelista norteamericano Mark Twain, autor de, entre otras novelas, Las aventuras de Huckleberry Finn, a otro póstumo del artista y también novelista Oscar Wilde, De Profundis. Si bien en el que nos ocupa esa melancolía proviene del fallecimiento de su hija Susy con 25 años, debido a una meningitis aguda, un hecho insalvable por más que el recuerdo se convierta en testimonio vital sin precedentes, mientras que la pérdida que acusa el también dramaturgo irlandés es la de sí mismo, por su encarcelamiento ante la comisión de delitos que confiesa como verdaderos. Ambos son textos épicos y últimos en los que aparecen pérdidas irreparables en virtud no solo de lo que se cuenta sino de cómo se hace mediante la catarsis.
Tal y como señala Ramón Aguiló en el prólogo, lo que trata de reivindicarse desde la pluma en primera persona de quién escribe o mira atónito el recuerdo en presente, es una mirada paternal a la propia infancia, porque ésta “jamás es un fin en sí mismo, su valor es siempre relativo e incluso es despreciada en su totalidad justo por lo que la caracteriza: la inocencia y falta de conciencia épica o heroica”. Y vaya si existe heroísmo en el proyecto, pues cuánto más desaparece el Twain al que el lector de novelas de aventuras está acostumbrado, más presente reaparece ese Samuel Langhorne Clemens hombre, un tipo estricto en su educación (“No eran meros aficionados quienes decían con razón ‘Ahórrate el bastón y malcriarás al niño’, juzgo yo”) que mira a Susy y su hermana Clara (también llamada aquí Bay) desde la cualidad que les son innatas, la de sus dos únicas hijas, reconvertidas en personajes vitales, en el sentido más puro y menos eufemístico del término.
De Susy se dice que es reflexiva e intelectual. De Bay que es más corajuda e intrépida y uno no tiene por más que sentir como ambas se complementan en las anécdotas que observan, los chistes (si es que lo son) que reinterpretan y los accidentes domésticos que una por culpa de la otra o viceversa, padecen o disfrutan. Entre estas anécdotas destaca el hecho de considerar a Clara con un talento innato para agarrar petardos en la mano encendidos sin que tenga miedo de quemarse, algo que Susy, por más que se puede pasar horas tocando el piano, mientras una parte de la casa familiar sufre un repentino incendio, es incapaz de hacer.
La novela deviene en testimonio y en diario, a través de la mezcla de materiales distintos (se utiliza un telegrama, alguna noticia del periódico, una redacción escolar de Bay y hasta un obituario periodístico de uno de los amigos de Samuel Twain), y no obvia tampoco el mundo literario al que el autor perteneció, de hecho, por una de sus casas, pasa nada menos que Rudyard Kipling antes de llegar a ser el gran autor que fue.
Otro de los rasgos vitales que llaman la atención es la gran cantidad de ayudantes y nodrizas que las niñas antes o después tuvieron. Destaca ese George que “podía meterse una vela encendida en la boca y cerrar los labios alrededor de ella”, un tipo éste dedicado en cuerpo y alma a ganar mucho dinero en diferentes apuestas. Y Patrick, cuidadoso y cariñoso ser que les enseñó a querer a los animales como a sí mismas. Ambos tan diferentes entre sí y complementarios con ellas como importantes en su educación.