Otro conejo grande y blanco, casi un perro de aguas o terranova, sale de la chistera. Desaparecen los peajes en las autopistas. España es, ha sido siempre, un bocadillo de jamón o ensaladera de tortilla con muchos huevos sobre cuatro ruedas. Felipe González lo entendió pronto, y no hay cursi que no te explique por lo menudo, la voz temblona y los ojillos cuajados en lágrimas, lo mucho que hizo el andaluz por mejorar la red de carreteras patria, el mapa de ir a los sitios, poder merendar en el arcén con la mesa de camping y la radio en sintonía nacional. Aznar lo cazó al vuelo, la importancia de las carreteras y los transportes, y así se lo entregó a Álvarez Cascos, su mano derecha y dóberman, que no le temblaba el pulso a la hora de llamar a subalternos a las cinco de la mañana para peguntar por un papelito o convocar reuniones antes del alba. Zapatero no se enteró del asunto, el muchacho vivía en otro planeta, no debía conocer ni las carreteras, callejuelas estrechas y deliciosas, del Barrio Húmedo de León donde yo me emborrachaba por lo barato (se come a base de las tapas) con Gamoneda. Pedro Sánchez sabe lo crucial de las carreteras, y así levanta barreras, llega una extraña barra libre, y el personal, la ciudadanía, esto lo agradece más que la paga extra del verano. Conoce España, que no te cueste un duro, Guía Campsa y tortilla, bocadillo de escabeche o jamón, luego da igual que no te muevas del sitio, el anzuelo ya está tirado a los mares…
No conviene profundizar demasiado en el asunto porque se presume puro electoralismo. Primero, peajes libres hasta acabar concesiones. Después, no todos los peajes sino solo los prioritarios. Al final, cuatro barreras en lo grueso del territorio nacional, una miguita, apenas nada, lo de siempre. El desarrollismo de los 70 era eso: conocer España, patear España, colonizar la Costa Azul, la del Sol, la Blanca y todas las demás. Salir de casa, aún por lo económico, era ser rico. Mientras la gente está en la carretera o en el Valle de los Caídos, con lo de Franco, tal vez no esté en la realidad. Las viejas cortinas de humo arropan, arrullan y calientan como antaño. Dice el señor Marhuenda –otro Francisco- que “Franco es el muerto más vivo de la historia de Europa, porque siempre se le está resucitando”. Veo bien que se saque al dictador de su sarcófago de oro y pleitesía: no es propio del tiempo demócrata, su familia no lo quiere allí y, en tercer lugar, en lo que a mí respecta, siempre la literatura como motivo principal de vida, Miguel Hernández y Federico García Lorca lo piden a gritos. Pedro Sánchez, que le veo la veta y venero de humorista, si fuese ágil, quitaría todos los peajes de España y pondría uno, de doble vía entre cirios, para acceder al Valle de los Caídos. Igual se triplican las visitas: cuando hay que pagar, la gente se mosquea, y muchos pagan, porque siempre se paga por algo y, como dan cuenta en los mercados de abastos, “lo barato sale caro”. El Caído se levanta, lo sacarán con pinzas, igual hay mucho baile rojigualdo de águilas por los contornos, pero la triste realidad es que todos los “youtubers” y “bloggers” de España no tienen ni puta idea de quién es ese señor. La historia, revenida, ya está muy pasada… Llorada, enterrada y, lo peor de todo, olvidada por el grueso de la población española, hija de la Transición.
El conejo blanco de los peajes -¡Me gusta!-resucita al gato encerrado, al león abatido, al bigotito cuartelario que es emblema de momia y sacristía. Franco, la primera vez que vio Viridiana con su santa, en pase privado en El Pardo, se lo dijo muy bajito a mitad de la cinta, con aquella voz atiplada y ciclán que tenía: “Carmencita, vámonos, que esto es para baturros”. La cultura cuartelaria –esa que Jaime Peñafiel ve connatural a don Juan Carlos; ajena no solo a lo literario sino a lo libresco- lleva a vivir ajeno a Francia, al surrealismo, a la vida compleja, a la complejidad artística, a la ducha fresca de la vanguardia en mitad de todos los corsés estéticos. Sigo, a mi aire, con Fortunata y Jacinta durante este mes de cambios rotundos, y allí se cuenta lo mismo sin pausa: “En este país, señor D. Juanito, no se protege a las letras. Yo, que he sido profesor de primera enseñanza; yo, que he escrito obras de amena literatura, tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un pedazo de pan a mis hijos… Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en Francia, ya tendría hotel”. La respuesta del interlocutor es el mejor final posible para este martes de cosquillas casi agosteñas, hedor a grey y sudores fríos: “Esto es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos que leen no tienen dinero?”. Maravilloso.