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En la celda de Roldán

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 21 de junio de 2018, 20:17h

Urdanga anda en la celda que fuera de Luis Roldán como el personaje de Hermann Hesse por la pensión o habitación cerrada de El lobo estepario: monstruo acorralado, círculo sobre círculo, desesperación concéntrica, bilis contenida. Luis Roldán, en calzoncillos y camiseta blanca de tirantes, sin afeitar, había dibujado en la pared frente a la cama un tricornio, algo mohoso, de donde salía una rosa con un capullo como el de King Kong. Urdanga, aburrido, sin perder el humor, dándole al carboncillo de seguido, ha continuado el tricornio hacia abajo con una macizorra que mete miedo, de las de ubres y no pechitos, los pezones duros como gomas de borrar y la media sonrisa de los hechizos más húmedos. No hay encierro que no sea erótico o literario. Quevedo, en León, con el agua llegándole a las rodillas, por lo que se quedaría cojo de por vida, le escribía –más literario que nunca- a un amigo del alma: “Aquí sigo, precedido como siempre por el rebaño pálido de todas mis enfermedades”. Los cursis apuntan: “Estar solo, día tras día, es muy duro”. Urdanga, leyó mucho durante el proceso penal a Sánchez Dragó, y sabe que despiojarse de la masa, la purificación hacia dentro, la soledad elegida aunque sea impuesta, es otra manera dandy de hacer cuentas con uno mismo mientras llegan los días de vino y rosas, a la vuelta de la esquina, ya sin barrotes ni olor a musgo tropical, donde el dinero volverá a darnos perfume y camisa limpia, de marca, junto a una gomina estupenda, realmente fresca, que ahora no da calvicie y embriaga.

“La justicia es igual para todos”, claro, cómo no. Urdanga –condenado por el Tribunal Supremo a cinco años y diez meses- está destinado a una cárcel de mujeres pero dispone de un pequeño módulo para hombres que llevaba cuatro años vacío. Lo que nos pasaría a usted y a mí, oiga, si nos entra una bilirrubina similar en sangre. Brieva, llevo días dándole vueltas, es un completo ludibrio, seguro que entre tantas fieras alguna se escapa, no digo extramuros ni para siempre, ya me entienden, unas horitas, y allí hay un vis a vis –de los de colchón de mucho ruido; los de Cela en la versión no expurgada de La colmena- en cada mirada larga, del color exacto del tomate frito, tal similar al menstruo recién salido del bote. El acalde de Brieva, chaparro y con visera, gafas de sol y jersey muy mohoso entre bolas, color chocolate o mierda, explica la situación frente a un bosque de micrófonos: “Todo esto es una birria a la hora de lo que vivimos con Roldán. Cuatro gatos, lo que se dice cuatro gatos. Aquello, lo de Roldán, sí que fue apoteósico de medios. Yo tenía quince años y lo recuerdo con mucho pormenor”. En Brieva (palabra-amuleto de las de Breton) hace mucho frío, algunos ya tienen miedo por Urdanga, pero en la majada riza el pelo fino, no hay por qué pasar temores, en la majada hay fuego del cuerpo a cuerpo, todo eso rejuvenece mucho, lo dijo Thomas Fuller y nadie le hizo caso: “Es una locura para las ovejas hablar de paz con un lobo”. Urdanga se pone las botas en frecuencia modulada: “Oleaje de ovejas, voz de avena” (Oliverio Girondo). El paisaje es cálido, por el ventanuco, cuando descansamos de la gimnasia, y allí en el horizonte de la estepa de Ávila, ya se ven acercándose a un hidalgo de los de lanza en astillero, de los de adarga antigua, acompañado de un gordo que seguro fue cajero en Banesto, y traen algunas noticias de la Corte, porque no acabar mal con el cuñado es lo fundamental, lo crucial de todo este retiro místico, más o menos espiritual, sabrosón y rutinario. Hay que guiñarle el ojo al pariente, aunque sea por debajo de la puerta, no sea que se enfade de verdad y nos fulmine sin retroceso, a lo bonzo, en esa crueldad azul que siempre rejuvenece, siguiendo a Rimbaud.

Cuando le han llevado la bandeja con unas costillas lechales de la zona entre muchas patatitas delgadas y amarillas, tipo McDonald´s, el ujier se le ha quedado mirando empalidecido, Urdanga se ha levantado y al recoger el monto ha dicho: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. El ujier, que no era tal sino otro paisano en boina y con jersey de bolas, ha querido acompañar el trago: “La cárcel más grande no está formada de rejas y barrotes sino de recuerdos negativos. ¡Libérese!”. España, España, tierra mágica, justicia para todos, prisión de flores y senos que no conseguirán acabar con el verano. Urdanga ha preguntado al mayordomo provisional qué es lo que pasa allí, en Brieva, de por qué tanto “cacao maravillao” en las duchas con tanga flúor del Primark. El hombrecillo, quitándose y poniéndose las gafas, cojitranco frente al asedio, ha vomitado en el acto más de cuarenta años de sabiduría presocrática mientras pasaba y pasa todavía la fregona sin prisa por los años y escuchando todo el rato a Luis del Olmo entre carraspeos: “Las mujeres que se portan bien rara vez hacen historia”. Urdanga, mucho más animado, mineralizado e hipervitaminado, casi se atraganta o marea pero muerde el hueso hasta hacerse sangre y fijar ancla. Los deportistas son “asín”: encestar, frente a toda lluvia o chaparrón, se conjuga en presente.

Diego Medrano

Escritor

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