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El yihadista de Vallecas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 22 de junio de 2018, 20:16h

Oscar Díaz gasta abrigos largos, maravillosos, de paño inglés, que suele combinar con chalecos de seda y fantasía, unidos a camisas muy blancas y botines de piel, con cremallerita, como los de Umbral y Gimferrer, que hace que llegue a los sitios primero por el sonido (toc, toc, toc) y luego por la presencia, siempre alterada. Su barba larga, su arete de pirata grande como el mundo en una oreja junto a sus ojos negros, carbón de miedo, hacen de él un poeta de la desintegración del lenguaje (Mallarmé, Lacan, Artaud, Guillén, Gamoneda) al mismo tiempo que pura piedra oscura o del temblar (algo de eso, recuerdo, llevaba colgado del cuello por medio de un privilegiado colgajo de piel buena y marina). Sólo en dos libros está sustentada su leyenda: Rosa hermética (Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, Universidad Popular) y El Sentir (Renacimiento). Es el poeta más raro y siniestro de la antología de modernos Nacer en otro tiempo (Renacimiento). Poeta de la disolución verbal, de la aparición espectral por boca de metro y del verso detenido, un extraño paladeo entre Leopoldo María Panero y la furia indómita de un Ginsberg o E.E. Cummings, donde el sermón es siempre imagen imposible y no hipertexto, donde el significante lleva más mecha y metralla que el significado, donde el adjetivo significa y no solo perfila el conjunto. Escribir al revés, sí, aunque cueste entenderlo.

Estudia Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, organizó con gran éxito los Encuentros Poéticos de dicho centro, donde se aplaudió de lo lindo a Luis Llorente y Xaime Martínez, a las diputadas podemitas Sofía Castañón y Laura Casielles, a un mundo pop muy simpático de la mano de Diego Álvarez Miguel y Ruth Llana. Su barba profética le dio fama de yihadista en Tetuán pero, por problemas de mujeres muy hermosas y muy difíciles, diamantinas y caníbales, pronto se mudó a Vallecas, donde sigue de yihadista falso, donde lo falsario de su yihadismo le hace siempre ir con el dni por culpa de los maderos y otros agentes del bien común a los que Díaz atemoriza con su silencio eremita de región y religión del hielo abrasador. Rosa hermética puso los pelos de punta a Luis Alberto de Cuenca, por oscuridad manifiesta y ese musgo de perversidad húmeda que es el alma entera de la caverna; con El sentir ocurrió un nuevo embrujo: el del encabalgamiento abrupto, el ritmo interno palpitante y las tonalidades silábicas que lo tienen todo de ausencia de nombradía, de lenguaje suelto y despeinado, de significante en busca de significado, de diccionario de uno mismo velado y vapuleado por esta mierda de tiempos ignorantes. Lee el vate EL IMPARCIAL a diario y me dice piropos que son para otros pero que yo imagino para mi solito: “La auténtica lírica del taladro es la de Agapito Maestre, los demás jugáis a la ceremonia de la confusión, donde lo mejor de vuestra apuesta es lo que no contáis”. Cuánta belleza en tan pocas palabras, si lo llegamos a contar todo, querido amigo, desbancamos al New York Times sin finta ni presunción alguna. Si lo contamos todo, nos detienen.

Nuestro yihadista de Vallecas, antes Tetuán, iba mucho por el Bukowski Club (San Vicente Ferrer, 25), bar de modernos y mujeres pantera. Allí pedía un combinado de ginebra con cola, levantaba en alto la ofrenda pascual, echaba un sorbo, abría suavemente los dedos y la copa caía al suelo como una bomba, hasta hacerse trocitos muy divertidos que él apartaba con la botaza sucia y embarrada, para estrépito y furia de la barra convulsa. Solía repetir la operación hasta en tres ocasiones seguidas, hasta que ya no le dejan entrar y aprendieron a no seguir los pasos de su peligrosa risa de bucanero por los Mares del Sur. Oscar Díaz anda con un morral cargado de libros hasta el borde, los roba a la velocidad de la luz, los lee en bares, va arrancando páginas y los expurga sin temblor de dedos ni naipes. Mientras devoraba un par de huevos fritos con chorizo en un figón de su Vallecas obrera, se le acercó una admiradora de la “Facul”. Tenía los ojos muy grandes, las tetas invisibles, el culo orondo y la boca desajustada, por culpa de unos caninos muy mal colocados. Le llevaba un florilegio más o menos ordenado de sonetos cursis o meapilas. El poeta echó un largo trago de vino, eructó en alemán, pasó páginas, leyó cuatro y, en dirección a los servicios, con los folios impolutos en la mano, le dijo a la pobre mujeruca levantando la obra: “Tengo tus letras delante, pronto las tendré detrás”. Qué miedito, uf, Oscar Díaz suelto por las esquinas madrileñas, con sus ganas de poesía, sangre y videncia incontenibles.

Diego Medrano

Escritor

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