España homologada y dialogante, parece dispuesta a dejarse estrangular con un lazo amarillo. Será como quieran los españoles. Gobernados por una coalición cuyo único fundamento es negativo, vivimos esta ardiente canícula entregados a los malabarismos de publicista del nuevo presidente del gobierno. Ninguna de las decisiones que ha adoptado puede criticarse en abstracto: en abstracto es plausible ofrecer puerto a un barco a la deriva poblado de inmigrantes, en abstracto es plausible dialogar con cualquiera, en abstracto es magnífica la igualdad que promueve el viejo nuevo ministerio, incluso puede admitirse que en abstracto la muerte es preferible a una vida llagada y dolorosa. Bastará determinar un punto cualquiera de estas decisiones para que su bondad abstracta resulte, por lo menos, problemática. La admisión de cierto número de inmigrantes de condición extraña es insoportable para la vida compartida de una sociedad, no sólo en términos económicos, y quien cante la igualdad abstracta de todos los hombres debería convivir bajo el mismo techo (ante la misma mesa y sobre la misma cama) con personas de una constitución histórica y cultural frontalmente otra. No digo que no sea posible o deseable, digo que es problemático. Si esto es xenofobia habrá que empezar a juzgar xenófobo el sentido común y la misma evidencia. Suele acudirse al aspecto económico, a cuyo respecto parece obvio que el acceso de contingentes numerosos a una economía con un 20% de paro no puede dejar intacta esa economía, empezando por la condición de los parados y de los trabajadores. Como los contingentes de turistas británicos o alemanes que, cargados de años, ha de soportar el sistema nacional de salud, no puede dejar de producir un efecto económico directo sobre el mismo, aunque tenga efectos positivos sobre el sector turístico.
Dialogar es siempre preferible, desde nuestra comprensión irenista y dulce de la vida, a pelear. Aunque a mi parecer, como dice Chesterton, lo único que puede oponerse a una buena pelea es que ponga fin a una buena discusión. El diálogo tiene un límite evidente y tratar de mantener la conversación del que proyecta agredirte contundentemente parece que excede los magníficos beneficios del diálogo, así como tampoco es posible el diálogo del que no acepta los fundamentos del mismo. Por ejemplo, no es posible dialogar si no existe una lengua común que permita el diálogo. La igualdad civil es un logro de las sociedades democráticas pero todo logro antropológico incluye pérdidas inexorables y parece oportuno empezar a calibrar los costes de la igualdad liberadora que ha ido calando la vida común de las sociedades modernas. Llevar esa igualdad al terreno elemental de la matriz constitutiva de la realidad antropológica, al terreno de la forma comunitaria de constitución de la vida humana (la unidad del parentesco o la familia) puede tener un efecto liberador y ecualizador de los individuos, pero parece arrojar una epidemia de soledad que empieza a mostrar sus efectos demoledores sobre la existencia de los ciudadanos europeos. La igualdad de género – que es a la que sirve el nuevo ministerio, que no parece que quiera convertirse en ministerio de una revolución que transforme nuestro modo de producción – tiene efectos sobre la misma demografía, enfrentada a una crisis sin precedentes que concluye con nuestro saldo demográfico negativo. La congelación de óvulos para propiciar la maternidad después de la vida profesional, la maternidad subrogada – alquiler de vientres – para satisfacer el deseo de ser padre al margen de la gestación y la vida compartida… no parecen soluciones sin aristas, sino esquinadas y cortantes. Los crecientes contingentes de inmigración, ante las tasas negativas de crecimiento demográfico, conducirían a una suerte de sustitución étnica. Y, en abstracto, poco importaría que los españoles del futuro tuvieran la piel más o menos negra o blanca, la cuestión es si esta materia antropológica abstracta permite semejantes ejercicios de ingeniería social o dicho de otro modo, lo importante es si esos ciudadanos futuros – blancos o negros – serán o no españoles. Pero en abstracto tampoco importa que lo sean, porque España no es – en abstracto – más que uno más de un catálogo creciente de estados nacionales.
En abstracto parece plausible dejar morir a quien padece una vida sufriente y afligida. Pero bastaría preguntarse por la posibilidad de hacer esa vida doliente una vida digna de vivirse, dotándola de la fortaleza y la dignidad que permitan afrontar el dolor. Fortaleza y dignidad que sólo pueden proceder de una atmósfera comunitaria. En vez de asumir sin más la decisión de suicidarse – de modo directo o asistido – podría buscarse el modo de alimentar la alegría de vivir de quien sufre una vida herida y atormentada.
Pero nuestro presidente es un hombre abstracto, no lo tome a mal pero podríamos decir que es un cualquiera, es decir, que puede ocupar en términos de una igualdad abstracta el lugar de cualquiera (digan lo que digan sus manos sublimes). Pero no es esto ponerse realmente en lugar del otro, sino todo lo contrario. Tanta abstracción inhibe la verdadera piedad, porque ésta supone la carnalidad específica y determinada de la vida humana que siempre es vida histórica y circunstanciada. El humano es un modo oscuro de nombrar al abstracto.