Desde Podemos hasta Ciudadanos y buena parte de los medios de comunicación, en especial las dos televisiones amoratadas, andan como perdidos. Las declaraciones de los políticos y los tertulianos más encabritados tenían un denominador común: atacar a Rajoy. Y con eso ya estaba el trabajo hecho. Albert Rivera subía como la espuma, Pablo Iglesias agitaba a las masas, Rufián escupía la mucha rabia que le corroe, los cuatro o los seis presentadores de turno se relamían cuando algún colaborador insultaba al entonces presidente del Gobierno. Se han quedado desvalidos.
Desde hace hoy justo un mes, corretea por La Moncloa Pedro Sánchez. Y ya nada es igual. No importa que Torra se mofe de él; ni que urda una vergonzante excarcelación de algunos criminales de ETA para amarrar los cinco escaños del PNV; ni que acuerde con Pablo Iglesias nombrar presidente de RTVE a un militante antimonárquico, a un periodista desconocido que ha borrado miles de tuits contra España y la Constitución; ni que vaya a subir los impuestos con el riesgo de desbaratar el crecimiento económico; ni que utilice la web de la Presidencia del Gobierno para pavonearse y solo para pavonearse. ¿Qué más da?
Lo importante es que va a sacar a Franco del Valle de los Caídos, va a aprobar la ley de eutanasia, va a dialogar de tú a tú con los golpistas catalanes, acoge a los migrantes que le sobran a Merkel por un plato de lentejas y aparece ante el mundo como el nuevo defensor de la Alianza de Civilizaciones. Y lo que menos importa y más complace a sus palmeros es que gobierna con 84 raquíticos escaños, tras haber perdido por goleada las dos elecciones generales a las que se presentó. Pero echó a Rajoy.
Cuando comenzó la transición democrática, los viejos comunistas confesaban que vivían mejor contra Franco. Porque, con razón, su valiente oposición a la dictadura les transformaba en héroes y por ello muchos terminaron en Carabanchel. Se sentían satisfechos de vivir en la clandestinidad, porque luchaban por conquistar la libertad. Pero cuando se instauró la democracia en España, después de brindar con champán el día que murió Franco, se quedaron sin guión. Pues de pronto, salieron de debajo de las piedras ingentes demócratas de toda la vida que coparon escaños y prebendas varias, pese a que muchos habían vitoreado al dictador en la Plaza de Oriente.
Ahora los que vivían contra Rajoy tiene que inventarse cada día algún titular. Todavía se regodean con la contienda entre los candidatos del PP y ya andan buscando dossiers en las cloacas para lanzarse a la yugular del que salga elegido presidente. Aún mandan a sus avezados periodistas de investigación a Santa Pola para pillar al registrador de la propiedad comiéndose un arroz con bogavante con un aparejador en un claro ejemplo de corrupción.
Pero sufren porque Rajoy no ha nombrado presidente de RTVE a un fascista analfabeto dispuesto a arramblar con la democracia, ni ha sacado los tanques a pasear por la Diagonal (como muchos pronosticaban), ni le ha puesto la alfombra roja a Merkel ni ha babeado ante Macron, ni puede ya aprobar esos injustos, nefastos y antisociales Presupuestos que ahora en manos del Gobierno Frankenstein se han convertido en el maná. Y es que, los de entonces ya no somos los mismos.