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ENSAYO

Nicolás Gómez Dávila: Breviario de escolios

domingo 01 de julio de 2018, 19:34h
Nicolás Gómez Dávila: Breviario de escolios

Prólogo de José Miguel Serrano. Atalanta. Gerona, 2018. 296 páginas. 24 €.

Por Francisco Estévez

Resulta extrañamente paradójico que quien no ha tenido asiento cómodo en la historia literaria tenga hoy ya tópico el acercamiento, así la obra y figura de Nicolás Gómez Dávila, a quien se le exagera como misántropo aislado de la sociedad y abrazado a los libros como única salvación (“Sólo las letras antiguas curan la sarna moderna”) y acusado de reaccionario por aforismos como “los que defienden las revoluciones citan discursos; los que las acusan citan hechos”. El bogotano jugó a la perplejidad sin esquivarla, “La originalidad de una obra depende a veces de lo que su autor no sabe hacer. Hay una impotencia creativa”, y sin renuncia a lo implícito: “El tema del escritor auténtico son sus problemas; el del espurio, los de sus lectores”.

Este Nietzsche colombiano, según lo denominó Franco Volpi, quien lo emparenta con justica con los moralistas franceses, a saber, Montaigne, Pascal o Rivarol, atesoró más de 10.000 sentencias en su legado literario dividido en Escolios a un texto implícito (1977), Nuevos escolios a un texto implícito (1986) y Sucesivos escolios a un texto implícito (1992). Como resultado, una obra única e intrigante. La excepcionalidad del proyecto literario y su claro ejercicio estilístico pareciera tabla de salvación al escéptico: “No hay estupidez que una sintaxis elegante no redima”. Pero un sobrevivir nihilista y amargo: “El reaccionario, hoy, es meramente un pasajero que naufraga con dignidad”.

Los escolios surgen de la lectura en tardes y noche insomnes de su importante biblioteca. Notas y reflexiones sobre lecturas apuntadas a mano en libretas y después transcritas con modificación y selección que trasudan la voluntad clara y firme de asentarse dentro de la tradición (“La tradición no es texto sino manera de leerlo”). La primera y final pregunta que se realiza el lector y la crítica entera todavía hoy es a qué “texto implícito” se refiere la obra. La respuesta clásica ve a estos escolios como una glosa de la realidad entera, del mundo. Otra más conservadora consideraría texto implícito a toda la tradición literaria occidental, o en su versión más reducida, a la biblioteca de unos 30.000 volúmenes del propio autor colombiano. El texto podría ser el que generan estas mismas anotaciones al margen, es decir, que los propios escolios son o crean el texto con técnica puntillista: “Mis breves frases son los toques cromáticos de una composición pointilliste”.

Pero, atención la condición fragmentaria tan contemporánea pudiera ser solo en la forma y no en el fondo, lo cual nos llevaría a dar por buena la no existencia del texto implícito, el aforismo como única realidad. La paradoja y el calado de la introspección van más allá puesto que los escolios abundarán en negar su afán apologético, tan propio de la tradición aforística: “El lector no encontrará aforismos en estas páginas”. La impugnación a la modernidad entera queda, pues “El moderno es un fango que no logra modelar alguna” del que se sirviera el mismo Ernst Junger para reflexionar en Pasados los setenta. Franco Volpi o Álvaro Mutis han sido importantes valedores

Conviene felicitar esta antología, con un preciso prólogo de José Miguel Serrano, que permitirá a Nicolás Gómez Dávila estar a la mano de nuevos lectores. Si bien, mejor opción para el conjunto de lectores y la sociedad en general hubiera sido poner en circulación de nuevo la obra entera del santafereño, Escolios a un texto implícito (Atalanta, 2009) tiempo ya descatalogada, difícilmente encontrable en librerías de lance y a precios inaccesibles. Con todo y en cualquier caso, una felicidad poder releer al autor de máximas como: “El amor no es misterio sino lugar donde el misterio se disuelve”.

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