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TRIBUNA

O te vas, o te quedas. ¿Qué prefieres?

domingo 01 de julio de 2018, 20:10h

Llega un momento en la vida que ésta llega a los derroteros de la pequeña cima de una montaña rusa, como aquella del trenecito del parque de atracciones del monte Igueldo en San Sebastián, desde donde se apreciaba toda la majestad aristocrática de aquel paisaje perfecto de tu juventud en que junto a tu padre tomabas aquella curva lentamente contemplando el mar Cantábrico, antes de descender de forma vertiginosa, estruendosa, hasta llegar a caer en el túnel que como una pequeña muerte te arrancaba del paisaje de la vida para volver a surgir plácidamente contemplando la bahía o más bien la pequeña estación de la llegada, donde había concluido aquel divertimento tan excitante como la propia vida, que en aquellos momentos comenzaba para mi precisamente en Euskadi, en la Bella Easo de mi abuelo paterno, de todos los Germanes. Aquel viaje de minutos intensos, peligrosos y de vértigo, iban a ser el símbolo de lo que es el tiempo de los hombres, la vida de los hombres y el de las mujeres, claro, para no ser tachado de machista.

Bien, pues llega el momento en que vas a comprobar como tus amigos más queridos, más cercanos, más íntimos, se van marchando al otro lado y acompañas uno tras otro los pequeños féretros, y contemplas dolorido como los van descendiendo uno a uno, con sus cuerdas los sepultureros, y arrojan después flores, y te vas en silencio estremecido. Y unos días más tarde ves que ya no están, que el puro te lo fumas tu solo en la placita junto a tu casa. Y ves la silla vacía y el silencio y lo árboles al fondo, y el Martini o el Schwepes de naranja, la limonada y las volutas del humo que se pierden y se evaporan como partes de tu vida que desaparece para siempre.

Y es así, cuando la vida se va haciendo muy larga y los huesos se van descolocando, y la cadera gira, y la rodilla, y se rompen las costuras de las hernias y los médicos te dicen que para qué operarte más, que no merece la pena, que estás para el desguace y que si te vuelven a rajar lo más posible es que no salieras nunca de ese hospital ya que “por querer estar mejor, aquí me tiene el señor doctor”: debajo de la lápida. Vamos que no seas iluso que te queda de vida la propina, lo que Dios quiera, y ahora sí, ahora de veras.

Te entra el pasmo, eso tan fastidioso que te hace pensar si merece la pena seguir o no seguir. Es cuando tienes tantos cócteles seguidos y tanta merendola y tantas citas, inauguraciones de exposiciones, estrenos teatrales, presentaciones de libros y fiestas concentradas en hilera y amigos que te están esperando en las iglesias, que no llegas a nada, a ningún sitio, y no es por el olvido sino por falta de energía para ir a cualquier cita.

Además de una gran motivación necesitas un concentración psicológica y física sin precedentes, y por supuesto una secretaria y dos criadas de aquellas que teníamos en los años cuarenta del siglo ya pasado. Por eso quedas con los amigos y con las gentes y con tus benefactores, y la verdad es que no puedes ni con tu alma…y eso que el alma pesa poco, pues es espirito puro.

Así a unos amigos los vas perdiendo en el campo santo, y a los otros en el mundo de los vivos pues estás entre Pinto y Valdemoro, entre la muerte y la vida, ya te vas situando en ningún sitio, espectro tendente al inmovilismo.

El trabajo de escritor lo sigues ejercitando, sentado, pensando, lápiz en mano o en teclado y pantalla luminosa del ordenador.

Así pues necesitarías una secretaria y dos criadas a tu disposición, como cuando eras pequeño o en plenitud de la vida; aunque para escribir, para esta profesión maravillosa solo necesitas, un lápiz y un papel y que tu mollera te siga funcionando.

Y bien; es en ese momento que piensas que lo mejor es largarte antes de que te pongan los pañales, los Dodotis y que te den de comer en una desgastada butaca de orejas junto a otros moribundos haciéndose sus necesidades, un suplico de vida mil veces peor que la propia muerte.

Ese es el tiempo, el paso del tiempo, la idea que Thomas Mann trataba con aquella belleza irreal de la literatura, pero también esta otra realidad tan cruda como pestilente, que te obliga a elegir: ¿ Qué prefieres la sepultura o seguir aquí más tiempo solo, fumándote ese puro y contemplando el bosque?.

Es curioso, pero decides que es mejor estar solo y que eres un privilegiado de tener la cadera que gira, la rodilla que entra, la hernia que se rompe, y bienvenido al desguace pues a pesar de todo es siempre mejor, mucho mejor, estar en esta vida conocida que penetrar ruidosamente con la brisa en la cara, en ese túnel de la montaña rusa del que no volverás a ver el mar Cantábrico, ni los ponis, ni la bahía inefable y el monte Urgull al fondo.

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